Para hacer bien el amor hay que venir al sur: Las hijas del fuego, por Constanza Grela

Las hijas del fuego es la última película de Albertina Carri, y al igual que en sus trabajos anteriores el resultado se vincula en varios aspectos con su biografía. Ese es el punto en común entre películas tan diferentes como: Los rubios (2003), Géminis (2005), La Rabia (2008), Cuatreros (2016) o su reciente estreno. En esta oportunidad, el film es un fiel reflejo de la militancia política de la directora. El producto es una obra que subvierte el género pornográfico, que es por antonomasia falocentrista y machista. En su lugar tenemos mujeres que lo toman todo. El núcleo de la película es la   mujer y su goce: mostrarlo, estudiarlo, compartirlo, observarlo, disfrutarlo.

Película de mujeres, sobre mujeres, hecha por mujeres, para mujeres… y hombres. Apenas nos detenemos en los créditos de inicio observamos, que es una película conformada prácticamente en su totalidad por mujeres elenco, dirección, guion, casting, sonido, fotografía, y la lista sigue. Esto es claramente una decisión política: desterrar la mirada masculina de una película esencialmente feminista. Carri, en Las hijas del fuego, refleja de todas las maneras posibles que no necesitamos a los hombres, ni para gozar, ni para producir, ni para realizarnos.

Las hijas del fuego pone en imagen todo aquello que habitualmente no es representado en el cine. Se propone romper con esos sistemas que -como dice la voz de una de las protagonistas- nunca cambian. La historia narra el encuentro entre dos mujeres, luego tres, cinco, incontables. Montadas en una camioneta recorren el sur de Argentina, ese viaje es el escenario perfecto para compartir el deseo y contagiar el placer, para mostrar las infinitas formas de amar y para enseñar que no hay límites ni reglas. La narrativa se propone constantemente no etiquetar y no dictar sentencias. En abundancia lo que vemos son: cuerpos, territorios, paisajes, sexo, erotismo, ensoñación, orgias, mar, rio, fluidos. Si bien hay poco dialogo, el mismo no es necesario porque está reemplazado por la presencia de los cuerpos que lo dicen todo. Hechos, no palabras. Sin embargo, las potentes imágenes a las que nos enfrentamos son acompañadas, en ocasiones, por una narración en off, esa voz son notas en el diario de un personaje, pero también aparecen como una declaración de principios de la directora. El film se presenta como un ensayo épico sobre las relaciones humanas, emocionales y sexuales. El condimento metafórico y la atmósfera onírica que sobrevuelan la totalidad de la película favorecen la apertura a nuevos mundos, porque el arte tiene en esencia una fuerza creadora ilimitada, que permite generar nuevas hipótesis sobre lo que se cree ya establecido.

El universo de Las Hijas del fuego está gobernado por mujeres, quienes se acompañan, se complementan y apoyan en todos los aspectos de la vida, por lo que la aparición de los hombres es muy secundaria. De todos modos, la historia le da lugar a la participación de los hombres en dos oportunidades: tenemos a un maltratador y a una banda de machirulos que no hacen más que tildar a las chicas de “tortilleras”. Aunque puedan parecer muy estereotipadas estas secuencias, tristemente es el rol que muchos machos juegan en nuestra sociedad.

Carri reflexiona sobre como desarmar el género pornográfico, ese género que nos enseñó a coger de una única forma posible, donde lo que prima es la satisfacción y la mirada del hombre. Desde los inicios del cine existe la pornografía, pero siempre tomo a la mujer como objeto de goce masculino, y nunca la contempló como sujeto que desea y que goza. En Las Hijas del fuego, el eje está justamente en la mujer como sujeto, con toda su individualidad y carnadura. Se ocupa de mostrar mujeres que gozan. Esas mujeres que el cine nunca mostro EXISTEN y quieren coger como todo el mundo lo hace, de mil maneras diferentes y en todos lados. Con esta propuesta, Carri saca al goce femenino de la reclusión perpetua. Los cuerpos gozosos están ahí, con toda su contundencia y peso. Las escenas no son sugerentes o elípticas, son explicitas y el goce es el protagonista.

Esa fascinante exacerbación en la mostración quizá sea la razón por la que los grandes diarios y algunas revistas de cine la ignoran. Por ahí, aunque parezca algo superado, todavía los escandaliza ver concha con concha. ¿Por qué? Me pregunto, además, por qué algunos se dedican a medir la duración de una práctica sexual. ¿Por qué necesitan establecer una norma sobre cuánto debe durar el sexo en la pantalla? ¿Acaso lo único que conocen es el sexo “normalizado” que enseñan las grandes producciones cinematográficas? No encuentro respuestas.

Como si no fuera suficiente el gesto político de la directora que coloca su ojo sobre aquello que ha sido ignorado, imprime a sus personajes una alegría y una libertad pocas veces vista. Acá no hay cuerpos sufrientes, no hay discriminación, no hay minorías, esto supone una marca distintiva y rupturista respecto de la representación del universo LGBTIQ, que la mayoría de las veces refleja las tragedias y situaciones adversas por las que tienen que atravesar los personajes. Nuestras hijas del fuego son felices ilimitadamente, están en estado de éxtasis continuo, y esa alegría es sumamente contagiosa. Creo que la decisión de Carri de devolverle la felicidad a las mujeres es sumamente consciente, y se impone como un guiño revolucionario. Agradezco poder ver lesbianas felices en el cine, porque somos felices.

Las Hijas del fuego constantemente se deshace de los rótulos que intentan colocarle: ni road movie, ni porno, ni posporno, ni erótica, nada le calza. Inútil es introducir rótulos o etiquetas en una película que desafía todo, como inútil resulta encasillar el sexo y el deseo. La película se posiciona como una obra militante feminista, que busca derribar las sólidas bases de la cultura machista. Ofrece una renovada mirada del presente y de los cuerpos, dejando atrás los inútiles juicios moralistas.

 

Las hijas del fuego (2018). Dirección: Albertina Carri. Guion: Albertina Carri, Analía Couceyro. Dirección de fotografía: Soledad Rodríguez e Inés Duacastella. Elenco: Carolina Alamino Barthaburu, MijalKatzowicz, Rocío Zuviría, Wanda Rzonscinsky, María Eugenia Marcet, Ivanna Colona Olsen, Mar Morales, Érica Rivas, Cristina Banegas, Sofía Gala. Duración 115 minutos.

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