Robert-bridges-of-madison-county-22687264-704-396Esto es lo más personal que puedo escribir, por la sencilla razón que no hay nada más profundo y personal que una lágrima derramada, pero a la vez que escribo estas primeras líneas, también tengo el impulso de suprimirlas, de cortarla con el prólogo. Porque cualquier texto introductorio al fascinante universo de llorar en y con el cine puede sonar a justificación. Y realmente no tengo empacho, pudor o prurito en reconocer que lloré, lloro y lloraré con y por las películas, aunque nos educaron para otra cosa que no eran lágrimas, congojas ni emociones. El imaginario colectivo no le toleraba al “varón” ninguna de esas cosas y, si alguna de esas sensaciones nos pasaba cerca, entonces había que bancársela “a lo hombre”, apretando los dientes y tragando fuerte. Después, por fortuna, elección, azar o lo que fuere, o una combinación de todas esas cosas, tomamos otros caminos y todo (nos) cambió. El cine fue uno de esos caminos.

El asunto es complejo: ¿por donde empezar? ¿Enumerar? ¿Hacer listas? Hay tantas y tantas escenas emocionantes que tranquilamente puedo hacer diez listados distintos y ninguno perdería ni una pizca de verdad. Empiezo en forma un tanto caótica: el grito mudo de Pacino en El Padrino 3; la muerte del inmenso Cagney en la escalinata de la iglesia en Héroes olvidados; el final de Toy Story 3 cuando Andy le regala y le describe cada juguete a Bonnie; cuando William Hurt encuentra la foto de su esposa fallecida en Cigarros; los diez primeros minutos de Up; el final de El cuentero de Fellini; ese pasillo de Juan Moreira; el final de Gatica y, por supuesto, y volvemos al principio, el final de Cinema Paradiso, con todos los besos robados juntos y el hermoso tema de Morricone detrás. Lo que también lleva a preguntarnos qué parte de la emoción es adjudicable a la música y qué parte a lo que sucede. Y eso me lleva a una de las escenas que más me conmueven de la historia del cine, que también tiene música de Morricone: Erase una vez en América.

Los cuatro (¿pre?) adolescentes y el niño han mostrado todo lo astutos que son y se han ganado sus buenos morlacos. Están felices y se han vestido para la ocasión: trajes para los jóvenes disfrazados de adultos y el niño sin disfraz: elegante pero niño al fin.Van los cuatro caminando con paso seguro y el pequeño Dominic adelante, haciendo algunos pasitos de baile: algunos alegres, algunos ridículos. Les es imposible disimular o contener tanta felicidad. Ese corretear alegremente le salva la vida a los otros cuatro porque le permite a Dominic avisarles que Bugsy, el enemigo de la pandilla, viene hacia ellos. Los cuatro adolescentes huyen, intentan guarecerse, se ocultan. Ellos saben el peligro que enfrentan, pero Dominic no. El corre, pero no huye. En su mundo no hay armas ni existe la muerte, y va a morir sin entender lo que ocurrió. Sus últimas palabras son “Noddles, me resbalé”. Como si ese balazo que termina con su vida y que el confunde con un resbalón fuera un avatar más de eso que, hasta quince segundos antes, era un juego. Noddles va a cobrarse esa sangre inocente en sus manos a un precio altísimo: su libertad. Y cuando uno apenas puede parar las lágrimas por la muerte del pequeño Dominic, Leone hace una (conmovedora) jugada maestra: con una sonrisa y unos gestos infinitamente tristes Noddles ingresa en el presidio dentro del camión carcelario. Frente a la prisión, contra un muro callejero, sus tres compañeros de andanzas y su amigo Moe lo van a despedir. En el ademán de despedida de Noddles también se está despidiendo de su niñez y adolescencia. No hay palabras, apenas una melodía más triste todavía.

De todas maneras, si tengo que nombrar a los dos cineastas más capaces de prodigar emociones profundas en estos últimos años, no lo dudo: Peter Weir y Clint Eastwood. El australiano Weir es un caso tan curioso como bello: filmó, sin exagerar, varias obras maestras y otras tantas excelentes películas (exceptúo de estos calificativos a Sin miedo a la vida), y su paso de Australia a Estados Unidos en ningún momento significó resignar esos condimentos notables de su cine: la confrontación cultural (su tema dominante), inclaudicable sentido estético, misterio y emoción. Y acá llegamos, elijan el momento que ustedes prefieran: la sombra de la mano de Truman tocando al decorado y golpeándolo después; el caminar que se convierte en carrera precipitada de Kelly McGillis yendo hacia Harrison Ford en Testigo en peligro; la preparación de los cadáveres antes de ser arrojados al mar y la misa donde se los despide en la extraordinaria Capitán de mar y guerra; las muertes de The Way Back.

Todos ellos, momentos tremendamente emotivos, pero comparto mi podio personal de emociones weirianas:

1. Tan olvidada, tan poco vista, tan incomprendida y tan excelente, Matrimonio por conveniencia tiene algunos momentos que si no llorás nunca te vas a morir de un infarto. No por buena salud sino por ausencia de corazón. La escena donde Depardieu aporrea el piano para después despachar un poema, un texto, una ¿plegaria? sobre niños pobres es una de ellas. Y hacia el final, la desconfiadísima empleada de migraciones interroga a Andie MacDowell sobre su “marido”, le pide que hable un poco de él. MacDowell empieza a hablar y durante su relato pasan cuatro cosas: ella se emociona, le transmite la emoción a la empleada de migraciones, descubre al mismo tiempo que nosotros que ama profundamente a Depardieu, y nosotros lloramos por todo esto y porque en el montaje paralelo sabemos qué pasó en el otro interrogatorio.

2. Una afirmación arbitraria es decir que, de haber estado vivo, Howard Hawks habría filmado Una tormenta perfecta (de paso, otra película muy emotiva). De la misma manera me animo a decir que, si hubiera estado vivo, John Ford habría filmado el final de Gallipoli. Con adagio de Albinoni o sin adagio (prueben a verla sin sonido y me cuentan) la potencia emotiva de Gallipoli sigue inalterable: por la demencial e inútil carrera de Mel Gibson; porque todos los habitantes de la trinchera saben que van a morir pero el pudor, la dignidad, la entereza con que Weir los filma hacen que sea imposible contener las lágrimas. Un soldado escribe unas últimas líneas a su esposa, una mano en el hombro para un compañero, un reloj colgando de un puñal clavado en la trinchera, acaso un recuerdo familiar, un abrazo mudo, nada de histeria, sobria resignación de los que van a caer por metralla de los invisibles turcos. Y un director que no olvida y, para que nadie olvide, logra un film inolvidable.

3. Si hay una película que provocará discusiones por los siglos de los siglos es La sociedad de los poetas muertos. Puedo aceptar que la elección de Robin Williams no haya sido la mejor y que la película tiene algunos deslices inusuales en el riguroso Weir, pero también es innegable que es un film absolutamente consecuente con la obra del australiano y con las lágrimas y emociones que brotan de sus imágenes. Todo el tramo que va desde el sacrificio de Neil (quedará para otra vez analizar por qué los muertos o las víctimas de las películas de Weir suelen tener un sentido sacrificial), pasando por el momento en que le dan la noticia a Todd y la posterior caminata en la nieve, es de una tristeza agobiante. Y para explicar por qué el final, con todos los chicos subidos a los bancos es “mi” momento de lágrimas, tendría que caminar en el pantanoso terreno de la vivencia personal, tendría que contar que padecí muchas situaciones de arbitrariedad en mis primeros dos años de secundaria en un colegio que era una especie de microclima de la dictadura y que me la banqué sin lágrimas (un poco por eso que conté al principio) ni protestas pero con nudos en la garganta que eran auténticos nudos corredizos. Por eso, bastantes años después, lloré de emoción por el acto liberador de subirse al pupitre y rebelarse contra lo establecido. Porque de esa manera también estaba llorando por ese pendejo atribulado que, en su momento, no supo reaccionar. Ni llorar.

¿Y Clint Eastwood? Una obra inmensa y extraordinaria: por complejidad temática, por sobriedad narrativa, aunque sus películas son cualquier cosa menos “simples”, y también porque muchas de sus películas logran conmover con una intensidad inusual en medio de tanto cine descafeinado, golpes bajos o efectismos despreciables. Si bien encontramos durante sus primeros veinte años de cineasta películas excelentes y de tristeza profunda como Honkytonk Man, Interludio de amor (providencial emisión por cable hace unos años) o Bird, es el período posterior a Los imperdonables donde Clint produce lo mejor de su filmografía y donde se sacude definitivamente cualquier pudor y vuelca sobre nosotros su extrema sensibilidad.

Repaso: el final de Jinetes del espacio, el recorrido sorprendido y emocionado de Laura Linney por sus propias fotos en Poder absoluto, la confesión de Eastwood al muchacho chino en Gran Torino y, sobre todo, la escena bajo la lluvia de Los puentes de Madison, prodigio de montaje, y ya que nos entregamos al regodeo lacrimógeno (¿o nadie retrocede una escena que lo hace llorar para llorar de nuevo? El que esté libre de “pecado” que tire el primer pañuelo), Clint, Meryl, la lluvia, la palanca de la camioneta y el semáforo: con esos elementos y dominando todos los hilos de su arte, Eastwood nos deja en el mismo estado de conmoción que alguna vez tuvimos, debajo de alguna otra lluvia.

Nunca lo sabremos, pero ¿qué hubiera pasado si Un mundo perfecto se hubiera filmado antes de Los imperdonables? El consenso sobre la obra de Clint, ¿sería el mismo? Mi relación con Un mundo perfecto tal vez excede al cine. Tiene que ver con otro tipo de cosas aunque, por supuesto, también es una película extraordinaria. ¿Qué es lo que me emociona tanto de esta historia? No podría explicarlo sensatamente, pero esa mezcla de Tragedia, de universo tenazmente injusto, de notable novela americana, de destinos truncados y hasta de comedia o de películas de aventuras que Eastwood destila hace que verla se convierta casi, casi, en un estado de ánimo. Y porque Costner emociona, en esta película y en muchas otras. Hay en su Butch una Verdad inigualable. Es.

Salís emocionado, muy emocionado, del cine. Esa emoción se puede convertir tranquilamente en euforia. La película estrujó tus sentires más profundos y después de la función salís a comerte la cancha, pero hay películas donde la emoción puede no ser eufórica sino aniquilante, de las que salís pulverizado y sin consuelo. Sentís en el cuerpo miles de agujas de hielo que te atraviesan todas juntas. A ese tipo de películas pertenece esa obra maestra de la desolación que es Million Dollar Baby. Es imposible no conmoverse con el calvario, con el Via Crucis de Maggie (Hilary Swank en estado de gracia), aunque todas las señales de la película, desde su primer plano en pantalla,  nos digan lo que va a sucederle. Somos felices con sus alegrías y con sus triunfos, pero hasta ahí, porque vemos lo que está por venir y, por eso, también sufrimos con su agonía. Pero, cineasta de una audacia insólita, Eastwood se reserva algo que resignifica todo lo emocionante que tiene la película. Para justipreciarlo hay que volver a Poder absoluto.

En esa película, su hija Kate (Laura Linney) ha sido agredida como forma de llegar a Luther (el propio Clint). La han despeñado por un barranco y salva su vida, pero su rostro está lleno de magulladuras y raspones (aunque Clint la dibuja pura y perfecta en el último plano de la película). Mientras descansa en su habitación de hospital, el asesino del servicio secreto va a terminar lo que comenzó. Luther lo impide y le advierte al sicario lo que le va a ocurrir cuando le inyecte el resto de lo que contiene la jeringa con la que impidió el crimen de su hija. Luther acompaña con su propio cuerpo el derrumbe del asesino que pide algo de lo que carece: piedad. Y Luther/Clint responde: “ya no me queda”, y hace lo que tiene que hacer. Kate despierta y balbucea/pregunta por su papá. Plano del otro lado de la cama con Luther arrodillado, que en Clint no es sólo un hombre arrodillado sino un penitente, pidiéndole a su hija (“a su querida”) que duerma. Lo que me resulta profundamente emocionante es que en Million Dollar Baby, años después, también en una habitación de hospital y también con una hija de por medio, con sangre de su sangre, Clint/Frank va a poder recuperar esa piedad perdida cuando tenga que cometer el acto más doloroso del mundo. Algo así como un círculo de piedad.

Aquí pueden leer un intercambio de correos electrónicos sobre el tema entre Eduardo Rojas, Gabriela López Zubiría, Marcos Vieytes, Paola Menéndez, Nuria Silva, Ignacio Izaguirre, Pablo Ventura, Gabriel Orqueda y Andrés del Pino.