13-Sins-Poster-High-Resolution1Llaman a esto terror, llaman a esto comedia, pero no es ni lo uno ni lo otro. Es más bien un thriller descuajeringado, hiperbólico; una película ansiosa por atender muchas cosas a la vez, sólo para terminar endeudándose como su protagonista. Quizás a alguien le cause gracia las extravagancias que las misteriosas llamadas telefónicas le proponen a su protagonista, o le diviertan las toneladas de sangre de un cercenamiento de brazo entre ex compañeros de escuela (para cine gore, los invitaría a divertirse con la filmografía de Lucio Fulci), o la ceguera obtusa de la novia de su protagonista, cuya falta de perspicacia, más que causarnos gracia, insiste en exacerbar el inverosímil hasta el punto de perder (por fin) toda empatía y contradecir una moral que hasta ese instante prevalecía, derrocando lo construido: la presencia del mal en la raza humana y la ambición desmedida por el billete que desencadena nuestra bestia interior. Pudo ser una película oscura, inestable sí, pero más coherente. Daniel Stamm nos regala un final vergonzoso que contradice su creación.

Los créditos de 13 pecados exponen la principal dificultad a la que se enfrenta, pretende tener resonancia política y algo que decir sobre el racismo, el gobierno, el ensimismamiento y la cercanía entre lo público y lo privado en la era del monitoreo, la corrupción policial, los indigentes y los asilos, la feroz competencia del mercado laboral y el fármaco-dependiente sistema de salud. Pretende ser tomada en serio, pero es una película indecisa, insolvente, sin ego. Demasiado temerosa para tocar esas fibras y lograr poner en relieve cierta lucidez política en función de su diégesis esquizofrénica y sus ideas demasiado licuadas.

Luego de un prólogo en el que un veterano profesor de universidad cuenta unas chanchadas enfrente de una refinada audiencia para luego terminar cortándole un dedo a una de las presentadoras del evento, se introducen unos créditos en los que se aprecia un complejo entramado de alambres que conectan diversas geografías y fechas, unidas por calaveras y dólares, sobre un mapa de antaño. Una red de poder y corrupción parece haberse extendido desde tiempos remotos (el mapa hasta parece uno pirata). Más adelante, a través de un periodista que investiga el caso, nos enteraremos que todo parece haber comenzado con los romanos, y que la Iglesia estaría implicada. Prometedora premisa. Pero luego la película nos lleva a Louisiana y, mensajes de voz mediante, presenta a nuestro protagonista, Elliot Brindle, optimista de quizás poder saldar definitivamente sus múltiples deudas a raíz de un promisorio ascenso laboral que lo tiene confiado para su futuro casamiento en las vísperas de su paternidad. Elliot es un loser ; como tal, no sólo no obtendrá su ascenso sino que será despedido, quedando en una situación desesperada, con la posibilidad de perder el seguro para los cuidados ambulatorios de su hermano deficiente mental y en medio del desalojo de su padre racista, viudo y malhumorado, dispuesto a vivir con él y su futura esposa. Ante esta situación límite, una anónima llamada telefónica que ofrece grandes sumas de dinero sólo por cumplir trece desafíos, parece una opción viable e irresistible. El primer desafío de este juego de reglas precisas, consiste en matar una mosca por $1.000, el segundo es por $3.622 y consiste en comerla. Pero luego la cosa se torna más complicada, inmoral, peligrosa. Claro que los beneficios de este juego son inmediatos, el dinero entra en la cuenta bancaria del jugador en el instante mismo en que sus logros se efectúan, lo que a Elliot le resulta primordial y excitante. Sobre todo conociendo el monto final, 6.2 millones de dólares.

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13 pecados es la remake estadounidense de la tailandesa 13 Beloved (2006), de Chookiat Sakveerakul, que sin ser grandiosa es muy superior o al menos tiene las pelotas para hacerle comer apasionadamente heces a su protagonista en un refinado restaurant, además de tener un uso de la comedia más efectivo, una lograda vertiente dramática y un desenlace donde lo íntimo y lo público encuentran un raccord mucho más auspicioso y oscuro; también tiene una cohesión narrativa con lo brindado en el resto de la película, ahí donde 13 pecados hace agua y le da sentido a su título.

Lo que sorprende de una película tan fallida como esta es que las actuaciones estén muy logradas; Mark Webber y su hermano de ficción, Devon Graye, hacen un gran trabajo. El pobre Webber hace un esfuerzo suprahumano por salvar una película que no lo contiene jamás. Los experimentados Ron Perlman y Tom Bower también acompañan con altura, aunque los giros argumentales que sufren sus personajes sean de lo más previsibles. Queda en evidencia que el tortazo es para el director y co-guionista, el alemán Daniel Stamm, por su incapacidad para utilizar los amplios recursos que tuvo a mano para hacer una película realmente tensionante, oscura y cómica, para sacar provecho de sus múltiples giros argumentales en pos de un relato que ambicione menos escalada emocional, política y familiar, donde se construya mejor la identificación con los personajes para conseguir efectivamente ser una película chiquita, política si así lo desea, pero más enigmática, grotesca y liviana.

13 pecados pretende decir mucho sobre nuestros tiempos, cuando lo mejor hubiera sido que se  entregara a jugar y no aludir siquiera a la figura de J.F. Kennedy con tal sobriedad y solemnidad, en este degradé ambicioso de tonalidades que de a ratos quiere ser gore, luego comedia, policial, drama, para inevitablemente caer en el ridículo.

13 pecados (EE.UU., 2014), de Daniel Stamm, c/ Mark Webber, Devon Graye, Tom Bower, Rutina Wesley, Ron Perlman, 93’.