6491-mandarinas_168Me cuesta utilizar la palabra “mensaje” cuando escribo sobre cine. La trato de esquivar. Quizás porque me remite a algo aleccionador o a una enseñanza profunda. Pero en este caso lo haré porque es bastante claro hacia donde apunta Mandarinas, una película antibélica naturalmente sensible.

Zaza Urushadze, director y guionista, nos cuenta la breve historia de una convivencia que, a simple vista, parecería imposible: Ivo, un viejo carpintero estonio que vive tranquilo en su cabaña, aloja en su hogar a un checheno y a un georgiano, los dos únicos sobrevivientes de un enfrentamiento que tuvo lugar a pocos metros de la cabaña entre los dos bandos de la guerra de Abjasia (1992). Junto con su amigo, vecino y socio Margus, quien posee hectáreas llenas de mandarinas, los tratan de curar. Todo pareciera indicar que, una vez que estén recuperados, sentados a la mesa uno frente al otro, se sacarán los ojos, sobre todo por la actitud hostil del checheno. Pero no. De a poco se van ablandando con la ayuda de Ivo, quien parece ser la persona más buena del mundo.

A primera vista ese mensaje del que tanto yo rehuía parece claro: a pesar de nuestras diferencias somos todos iguales, dejémonos de joder. Transita lo evidente que subyace a esa historia que tiene como trama el mantenimiento -durante días- de esta convivencia entre dos enemigos. Con el tiempo lograrán darse cuenta de que todo por lo que peleaban, uno mercenario y otro por voluntad patriótica, no sirve de nada si se van a matar los unos a los otros.

Logra emocionar si se posee un ápice de sensibilidad. Pero no dura mucho porque la película no es más que eso, además de los logros actorales a la hora de interpretar los cambios emocionales y de actitud de los personajes. Esa emocióntangerines-29655-g2, como los conflictos entre naciones, como otras guerras que llegaron y otras que no tuvieron fin, es más bien efímera, prevalece bajo la ternura que llegan a despertar los personajes, desde la transformación del odio destructivo a la esperada reconciliación de los combatientes, pasando por la desinteresada hospitalidad del humanitario Ivo. Sin embargo no va más allá de eso, deja la sensación de que teniendo esa historia se podría haber explorado otras posibilidades y no hacer que todo resulte obvio, tanto desde el punto de vista narrativo como reflexivo. Es por eso que el mensaje termina siendo agua, no posee la profundidad -a pesar de ser un tema trascendente- que pretende tener.

Lo que sí sobrevuela el universo de la historia es el anonimato de los muertos en combates, convertidos en números para estadísticas, sin conocer todo el drama imaginable que se agita p or fuera de la diégesis. Drama al que se alude recurriendo al conocimiento previo sobre este tipo de guerras que, de alguna manera, con sutilezas, se ve en escena, detrás de la inocencia de un carpintero y un cultivador en un campito viéndose envueltos en un conflicto armado que aparentemente los descoloca de su rutina. Sin embargo, esa idea de la tolerancia, del diálogo, de la convivencia, la paz… como ideas centrales de un mensaje que, debido a un condicionamiento actual, no dejan de sonarme a los livianos spot de la TV Pública 2016.

Aquí puede leerse un texto de Esteban Valesi sobre la misma película.

Mandarinas (Mandariinid, Estonia/Georgia, 2013), de Zaza Urushadze, c/Lembit Ulfsak, Elmo Nüganen, Giorgi Nakashidze, 89′.