“El peronismo fue una barrera para los judíos y para mi padre” plantea Shlomo Slutzky desde la voz en off a los pocos minutos de comenzar Perón y los judíos. Y a esa afirmación le agrega una pregunta que parece ser decisiva, clave: ¿esa barrera era infranqueable? Es esa pregunta la que recorre el documental de principio a fin, no como un intento de descifrarla –acaso porque se sabe de la imposibilidad-, sino como una columna dorsal que permite describir la sinuosidad de las relaciones entre Perón y la comunidad judía. Esa pregunta queda escondida detrás de otra, más personal, menos académica si se quiere, pero que funciona como un punto de partida –y un posible cierre- del relato: pensar si su propio padre fue lo que el peronismo ha dado en llamar “gorila”. Lo interesante es que mientras la primera pregunta abre un panorama de relación colectiva que abarca diferentes miradas, la segunda se vuelve más restrictiva y limitada, pero en la que los elementos que se ponen en juego en una influyen en la otra.

Uno de los amigos de la mesa que comparte Slutzky en un bar de Buenos Aires en el que empieza la charla relacionada con el peronismo y los judíos, señala con cierta practicidad –no exenta una dosis de malignidad irónica- que el peronismo resulta un hecho fácil de comprender en función de las ganas que cada uno tenga de situarse en un lugar determinado frente a ello. Pero cuando otro señala que su padre era un radical yrigoyenista y que incluso desde ese lugar nunca pudo entender a Perón, empieza a resultar claro que el camino no es en verdad tan sencillo.

Lo que hace Slutzky a partir de ese momento es salir a la búsqueda de las miradas que le revelen las características de la relación entre Perón y los judíos argentinos. El método que asume es el del contraste. Como si su recorrido como entrevistador estuviera signado por un continuo ir y venir de una posición a otra, y sumergiera al espectador junto con él mismo en las aparentes contradicciones que va encontrando y que no son más que un reflejo algo más complejo de aquella idea expresada por el amigo en el bar. Es Gerardo Mazur, el primero de los entrevistados, el que plantea esa contradicción que llevaba a la imposibilidad de resolver la cuestión de Perón para los judíos. Situado en una concepción socialista, la imagen de Perón implicaba un choque cultural imposible de resolver: de un lado estaban los desarrollos sociales y laborales puestos en práctica y, por el otro, el hecho inaceptable de aceptar la llegada de criminales nazis al país. En ese planteo aparecen, de manera resumida, las ideas centrales que definen el ideario peronista y el anti-peronista: el Perón con inquietudes de tipo social y el Peron más cercano al fascismo y el nazismo.

Pero lo que demuestra Slutzky es que no todo es tan sencillo como parece, y que incluso las palabras de Mazur solo pueden ser tomadas como un (nuevo) punto de partida. Porque a partir de allí, lo que se sucede es una contraposición que oscila entre la afirmación de la mitología como realidad y su confirmación como una idea construida, como un refuerzo de un prejuicio nunca desmontado (casi como un espejo del prejuicio negativo que se había construido sobre el judío).  Si de un lado se encuentra el trabajo de Uki Goñi y la conciencia de una parte de la comunidad judía sobre el ingreso de miles de jerarcas nazis, por el otro está el resultado de una Comisión que solo registró 180 ingresos o la idea de que no fue algo creado en la Argentina, sino que formó parte de una estrategia de la Cruz Roja. Y a ello se le opondrá la escasa ayuda para sacar a los judíos de Europa en plena guerra, mientras la Argentina recibía en los mismos años miles de inmigrantes italianos.

Lo que aparece como estrategia del documental es la puesta en diálogo de esas miradas contrapuestas. La del judío sensibilizado con el autoritarismo peronista que derivó en el “miedo a hablar” porque provenía de la Unión Soviética, como señala Abrasha Rotemberg. Y la del que no sintió la persecución y que observó el progreso de los judíos en los años del peronismo como señala Julio Schlosser. Unas y otras van estableciendo esa complejidad que el documental busca porque sabe que la pregunta original no tiene una respuesta fácil. Pero, por sobre todo, que busca porque no se quiere contentar con la respuesta que implique ponerse a un lado o al otro. En ese salto continuo por sobre la grieta abierta en la comunidad judía, lo que encuentra Slutzky es, además de las posturas opuestas, el ambivalente movimiento que el propio Perón realizó como política hacia la comunidad. Descubre que la comunidad fue esencialmente refractaria a Perón, para quienes el “detalle” del ingreso de los nazis era una equivalencia con el antisemitismo. Y lo fue al punto de convertir al barrio de Once en el único lugar en que el peronismo no pudo imponerse en las elecciones de 1952. Lo interesante es que en el territorio de la política aplicada por el propio Perón aparecen los elementos que permiten situarse a uno u otro lado. El impulso dado a la OIA como contraparte de la DAIA es vista por Juan José Sebreli como una estrategia que Perón utilizaba continuamente en relación con lo que se presentaba como oposición. Herman Schiller va más allá al señalar que los que estaban en la OIA no representaban a la comunidad judía y que fueron finalmente utilizados para perseguir a los opositores al peronismo. Es en ese tramo en el que el planteo político del documental se hace más fuerte, en tanto genera una contraposición entre el discurso y los hechos que por lo menos establece la duda. El discurso absolutamente contrario al antisemitismo en la OIA –y que algunos de los opositores rescatan como tal- tiene como contracara la persecución desatada sobre los comunistas –muchos de los cuales eran precisamente judíos- a partir de 1952. Pero quizás sea en los momentos en que la banda sonora retoma un par de discursos del propio Perón, montados sobre una serie de imágenes que parecen desmentirlos –en especial, el que hace alusión a la postura contraria al personalismo mientras se observan todas las obras bautizadas con el nombre del presidente-, donde lo que queda plasmado es la imposibilidad del diálogo.

Imposibilidad que se vislumbra en la charla en la que se enfrenta alguien del público con los hijos de Pablo Manguel, respecto de la actuación de éste en el pasado. La persistencia de Slotzky sigue siendo la de demostrar la posibilidad de encontrar una instancia superadora, una síntesis que permita reunir las dos posturas en algo que deje atrás las divisiones comunitarias. Lo intenta hasta el final, cuando reúne en el Museo Evita a Raanan Rein y Abrasha Rotemberg, donde se establece un diálogo amable pero que cuando intenta una mayor profundidad se asoma al fracaso y a las posiciones que parecen imposibles de ceder a un lado o a otro.

Más que el mérito innegable de poner en una línea histórica las dificultades de la relación entre la comunidad judía y el peronismo –proyectando incluso las ambivalencias de Perón hacia el interior de la comunidad-, el logro mayor es el de trascender esos límites. Porque a fin de cuentas, Perón y los judíos funciona como un espejo de la sociedad argentina toda, en la que sigue prevaleciendo el lugar que adopta cada uno en relación con Perón como líder y con el peronismo como ideología o movimiento. En ese recorrido que mezcla las “historias oficiales” con los mitos más o menos comprobables, Slutzky habla del peronismo como divisoria, como parte aguas de una sociedad y de un tiempo histórico, que todavía no se puede –quizás porque no se quiere- resolver.

Calificación: 7/10

Perón y los judíos (Argentina, 2019). Dirección: Sergio (Shlomo) Slutzky. Guion: Shlomo Slutzky  y Malen Azzam. Fotografía: Ezequiel Simone y Tomer Slutzky. Montaje: Emiliano Serra. Entrevistados: Sergio (Shlomo) Slutzky, Raanan Rein, Abrasha Rotemberg, Herman Schiller, Gerardo Mazur, Juan José Sebreli, Alberto Manguel, John Manguel y Mike Manguel, Duración: 72 minutos. Disponible en Cine Ar Play.