Un tipo con pinta de alemán en una película europea de la segunda mitad de los ’60 que usa polera con cuello alto y redondo debajo de un saco beige es un perverso. La Justine de Jesús Franco obedece a este axioma, si es que no lo funda. Esta adaptación de Sade establece una relación notoria con el cine de la Hammer gracias, en principio, a la presencia ocasional y ceremoniosa de Christopher Lee; pero también a la morosa ritualidad de los planos; a la concepción maliciosa del espacio como trampa, trocando en este caso los castillos góticos atiborrados de objetos amenazadores y laberínticos pasadizos por arquitecturas modernas cuyo funcionalismo confortable desampara a la protagonista y resulta aún más temible que la helada piedra medieval; y al exacerbado cromatismo, fuertemente simbólico y abstracto. Nada de sexo explícito, nada de gore, mucho rigor formal, contaminaciones hábiles del sueño y la vigilia o de realidad y representación, y un grandísimo uso del scope homologado a un ventanal cuya cortina el psicótico de la película no cesa de abrir y cerrar todo el tiempo que dura un plano tan extenso como ancho es el encuadre y sádica la instancia de violación narcótica que se avecina.