maborosiEsto se está volviendo insalubre. Debe ser mío el problema, porque vengo haciéndolo desde hace diez años e, intensivamente, hace casi tres. Encima, al comienzo de 2014 ya teníamos El lobo de Wall Street y El desconocido del lago, las dos mejores de año y dos de las mejores de lo que va del siglo. Por si fuera poco, me toca ver dos estrenos con pianito el mismo día.

Pianito: a) dícese de las protuberancias longitudinales de asfalto deliberadamente dispuestas a intervalos regulares en rutas o carreteras para obligar a disminuir la velocidad de los vehículos; b) dícese despectivamente del solo de piano que acompaña escenas, cuando no la totalidad de una película, insípidas y/o sentimentales que no se atreven –o no saben cómo- ser melodramáticas y naufragan en agua de borrajas o irritan con su timorata reiteración; c) dícese del procedimiento por el cual un ciudadano debe registrar sus huellas dactilares al ser procesado por el poder judicial.

El que aparece en De tal padre, tal hijo tiene perdón, el de Papeles en el viento no (además de que por lo menos varios de sus personajes deberían tocar el pianito). El de la película japonesa está fuera y dentro de la diegésis: uno de los nenes lo aprende por mandato familiar, y aunque la película de Hirokazu Koreeda jamás se valga de ese instrumento con la casi imperceptible pero siniestra ironía con que Kiyoshi Kurosawa filmaba la vida familiara japonesa contemporánea en Tokyo Sonata, su uso dentro y fuera de la anécdota fomenta una nada novedosa ni profunda pero prolija discriminación perceptiva y analítica.

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El de Papeles en el viento merecería peor destino que el sufrido por el de la esposa de Buñuel, al que su marido hachó en un momento de bronca. Su estandarización como fondo sonoro de prolijas películas más o menos costumbristas parece de otra época, aquella en la que una clase social en ascenso con complejo de inferioridad hacía estudiar piano o danza clásica a los hijos porque pensaban que así alcanzarían brillo o trascendencia. Tan en desuso no debe haber quedado si alguien como Juan José Campanella volvió a valerse del ballet cómo ideal de sueño comunitario perdido en Luna de Avellaneda, prima hermana incestuosa de Papeles en el viento, o si persiste en las institucionalizadas y humanistas ficciones familiares japonesas[1].

Al tercer pianito de la semana lo escuché en Foxcatcher, la más interesante de las tres. Como las otras dos, que sea el rasgo distintivo musical de la película implica pertenecer a un conjunto de puestas en escena convencionales en el mejor de los casos, nunca brillantes, irresponsablemente ideológicas en el peor (la vomitiva Papeles en el viento). El pianito de Foxcatcher, sin embargo, interesa porque la película elige el silencio, la voz baja, ruido ambiente casi nulo de aislamiento en gimnasios grises a fines de los 80 o en estancias endogámicas, la callada soledad de dos de sus protagonistas, impotentes en más de un sentido.

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Cuando ese ya de por sí conservador recurso sonoro aparece, se hace notar. En la escena donde acompaña el discurso nacionalista patricio del personaje sobre el escenario histórico donde se levanta su mansión uno no sabe todavía si tiene una función afirmativa o irónica, y esa temprana duda alimenta el interés por averiguar cuál es la postura de una película abiertamente política más allá del abordaje psicológico de la situación que une a los tres hombres que la protagonizan. Más tarde oiremos una música ambiental de parecido tenor en los documentales institucionales financiados por el magnate -empresario de industrias químicas y traficante de armas legal, uno de esos tipos que forman parte de la corporación financiera militar que maneja Estados Unidos y muy probablemente también de ese 1% que concentra la riqueza del mundo- y entonces ese uso inicial se vuelve ligeramente crítico, acaso un lamento por la decadencia de una idea matriz o fundadora sino más bien un comentario escéptico o resignado acerca de su pureza original.

Aquí pueden leer una crítica de Papeles en el viento por Gabriel Orqueda.

[1] Maborosi: Un nene aprende a ser hombre con el padre, / una nena a ser mujer con la mamá, / sin que yo sepa exactamente en qué consisten / una y otra cosa. / Me tranquiliza ver que en la película / hay quienes parecen saberlo sin alardes, / con algo que llamaría naturalidad si no fuera / porque hoy esa palabra arrastra consigo / cierto desprestigio no sé si exagerado o justo. / Comprobar que el suicidio es un tropo recurrente, / integrado, fundador incluso de esta ficción que podemos / llamar, sin inconveniente mayor, bucólica japonesa, / me inquieta un poco, diría que bastante.