pchorro_aficheLa segunda película de Andrea Testa, Pibe chorro, se alimenta de diferentes formatos. Sin perder su estatuto de documental, la inclusión de diferentes recursos (no necesariamente cinematográficos) como el recitado, la entrevista, la cobertura de una noticia o el testimonio la convierte en un rompecabezas visual al que de, a poco, el espectador proveerá de sentido. O no. Los poemas recitados por Vicente Zito Lema, tan oscuros como pomposos, no sólo irritan, sino que también parecen ir en contra de los objetivos de la directora, al relegar a los protagonistas (los llamados pibes chorros) a un espacio de exclusión y determinación social negativos. No son pocos los minutos de película que ocupa Zito Lema con sus recitados escalofriantes. Esa decisión estética quizás se justifique por su lucha social como poeta, activista y docente.

Hay otras intervenciones ante la cámara de Testa que resultan más convincentes y efectivas. La más importante sin duda es la de Mecha Martínez, integrante de una organización popular que combate en distintos niveles: en reclamos por trabajo y dignidad social, por alimentos ante las puertas de supermercados de capital extranjero y ante casos de violencia policial. Es, además, madre de Gaby, uno de los protagonistas del documental. A diferencia de otros protagonistas de otros documentales, la imagen de ese chico (que puede condensar la de muchos otros) se construye por alusiones y elipsis. Incluso la imagen fílmica de Gaby no proviene de la mirada de la directora, sino de un grupo de jóvenes del barrio 22 de Enero de La Matanza con el que trabajaba el equipo de Pensar con las Manos. Además de reflexionar y cuestionar el comportamiento de la policía bonaerense, los adolescentes aprendían a manejar cámaras portátiles y a analizar las “imágenes sociales” (desde ya negativas) que los medios de comunicación ayudan a perfilar de los pobres. Ese registro, espontáneo y amateur, capta la sonrisa del chico.

Gustavo Gallo, abogado defensor de menores, explica en la película por qué los chicos no pueden ni deben ser judicializados. Él y la socióloga Ana Laura López, de la Cátedra Libre de Derechos Humanos, señalan lo que toda la 564cce79b9a40_380x253población de la Argentina sabe: los pobres son las víctimas favoritas del sistema penal. «Penal -indica López- viene de pena. El sistema judicial gradúa la cantidad de dolor que el Estado inflige a los condenados.» Esa palabra, «condenados», atraviesa Pibe chorro de principio a fin: Zito Lema, Martínez, Gallo la insinúan o la mencionan explícitamente. Testa, sin embargo, pelea contra la condena social: en imágenes técnicamente sucias, con ruido y movimientos bruscos, filma las acciones de las organizaciones populares a la luz del día, en avenidas, ante la entrada vigilada del Carrefour de Avellaneda o en reuniones de madres de jóvenes desocupados, presos o captados por el narcomenudeo.

Una imagen que promedia la segunda mitad del documental es la más elocuente de la película y por la que Pibe chorro merece verse. En un plano que progresivamente se volverá aéreo, Testa muestra en la pantalla la división social, acaso la grieta duradera que los responsables prefieren ocultar. De un lado de un muro, la miseria achatada y polvorienta de los barrios pobres; del otro, la construcción de mansiones custodiadas, rodeadas de arboledas y lagos artificiales en un country del conurbano bonaerense.

Pibe chorro (Argentina, 2015), de Andrea Testa, c/Gustavo Gallo, Silvia Viñas, Vicente Zito Lema, 78´