Todos tuvimos un tío, un vecino, un amigo de los padres, que nos parecía graciosísimo de chicos y que al recordarlo o volver a verlo de más grandes se nos revela algo zonzo. Debemos estar viejos porque los creadores de Televisión Abierta y Cupido tienen cada vez más cara de tío. En 86 minutos dedicados al tema logran no decir nada sobre el asado.

El asado es una comida sucia, profunda, de grandes cantidades y no muy adaptable a los esteticismos; se chupan los huesos y se explora el sabor del animal hasta las vísceras: cuenta Borges que su padre lo retó por haber comido chinchulines y riñones, comida de negros y esclavos. La dinámica del asado es la de la fiesta; los invitados llegan prolijos, con una limpia botella bajo el brazo, se empieza degustando el vino en copa con comentarios finos y picando quesito con la punta de los dedos; se termina con el pantalón desabrochado, entre los huesos y la grasa de un cadáver desguazado, cantando la marcha de San Lorenzo.

Cohn y Duprat no pasan de la picadita. Toman un poquito de esto y un poquito de lo otro con la puntita de la cámara sin enterrarse en nada. Encuentran uno que habla del bife, uno que hace chorizos, otro que cuenta la historia del asado de tira, un yanqui que cocina carne en Argentina, lo ponen a Samid a hacer sus eficaces morisquetas, agregan un planito frontal con espacio sobre la cabeza de un matarife, un gringo que tiene una parrilla sobre la ruta, un psicoanalista que habla, claro, de pitos. De cada uno saca algún comentario simpático, un atisbo de información básica, una salida, con suerte, ingeniosa.

El narrador es el Negro Álvarez, un tipo gracioso, el contador de Don Abraham, posiblemente el mejor cuento (chiste es otra cosa) de la historia argentina. La elección no parece mala, pero lo que se impone es la falta de trabajo con la voz en off. No hay matices, aprovechamiento de los tonos, cambios de ritmo, parece un alumno de quinto grado leyendo lo que le mandó la maestra. Cada tanto aparece una puteada descolgada, falta de gracia, retacitos de conciencia de que a esa voz le falta un golpe de horno.

La falta de trabajo se nota desde el primer minuto, cuando sobre el plano de una vaca el narrador dice que “los salvajes cazaban vacas sueltas en la llanura”. Más allá de que, fuera de un ambiente reaccionario, no escucho llamar “salvajes” a los indígenas americanos desde 1985, lo que está mal es la información: a las vacas las trajeron los europeos, no andaban sueltas por la pampa. Esto podría no ser un problema si esa voz se hubiera trabajado como un personaje que pudiera decir eso, pero justamente lo que le falta es trabajo, ni elige la neutralidad informativa ni amaga con configurar un personaje con vida propia.

Pero el problema es de base y tiene que ver con que la mirada de los directores se cierra sobre ellos mismos. Salta a la vista que a Cohn y Duprat no les importa el asado ni los personajes ni nada, solo sus propias humoradas y burlas que apenas son algo más que chistes internos. Si uno dice burla piensa en los documentales de Néstor Frenkel, la cuestión es que Frenkel está fascinado por sus personajes y por los ambientes que muestra, por eso va hasta el fondo, encuentra riquezas, matices. Cohn-Duprat no profundizan porque no hay nada sobre lo que les interese profundizar, ni siquiera sobre su narcisismo adolescente. El narcisismo ha sido carne de grandes directores, pero solo cuando se enfrentan con él, lo diseccionan, se lo expone abiertamente, sin resguardos. Todo sobre el asado se queda en la burlita, como cuando prolonga el corte después del canto del hijo del choricero (recurso que ya estaba gastado cuando lo usó Frenkel en Los ganadores). El pibe es peculiar, su seriedad y su camisa abotonada hasta el cuello llaman la atención, pero esta particularidad no se relaciona con nada más en toda la película, no se inscribe en ningún relato ni desarrollo. Salvo en unos pocos casos, cada escena es autónoma y vive de su insignificante particularidad, de lo que les llama la atención a los directores en el instante. El mejor ejemplo de esto es el asado en la casa pituca donde una empleada pone la mesa o sirve la comida. Mientras escuchamos a Álvarez hablando del encuentro se cuela un plano clandestino, “robado”, de la empleada comiendo sola en la cocina. No hay duda de que las relaciones personales entre las empleadas domésticas y sus empleadores son un tema que da para mucho (Empleadas y patrones, argentina, y Cuidado, resbala, española, son dos documentales que tratan el tema), pero acá el comentario está descolgado, al paso, un plano que salió en el momento y que parece decir algo, pero en realidad no dice nada ni tiene que ver con nada, se queda en la curiosidad, en el comentario hacia adentro. Es la impostación de la agudeza.

El momento más logrado es el de Tuca haciendo quince segundos de silencio hasta decir “nada” cuando le preguntan qué le diría a la gente que no come carne. Si bien la función es la misma que la de entrevista a la vegana, hacerse el vivo con un supuesto saber sobre la vida despreciando al no carnívoro, ese “nada” también puede leerse como respuesta literal: no le diría nada, que haga lo que quiera.

Por momentos esta liviandad y falta de profundidad se vuelven cobardía y canallada. Entre las curiosidades que sobrevuelan la película aparece un joven payando a favor de las tradiciones entre las que además del asado está el matrimonio como la unión exclusiva entre un hombre y una mujer y la fobia a los transexuales. El chistoso desprecio por el vegetariano es un rasgo que puede compartir un conservador con un progre, pero la homofobia es patrimonio del conservador, al menos en su variante explícita. Los dos directores son típicos ejemplos de un liberalismo urbano del que no podemos sospechar que carezca de respeto por la diversidad sexual. La escena juega a dos puntas. Los directores quedan a salvo, cualquiera que los conozca sabe que ellos no son homofóbicos y que hay una ridiculización del cantor que es parte de su sentido del humor habitual. Pero la película está en Netflix, apunta a un público masivo que puede meterse a ver un documental sobre el asado sin saber nada. Si ese público es conservador nadie le dice que el payador es un hijo de puta, puede sentirse perfectamente representado sin ninguna incomodidad. Haciéndose los boludos, los directores se ganan cinco estrellitas de Netflix cosechadas entre propios y extraños.

Finalmente, hay que decir que en cualquier asado de fin de semana se gusta más del asado que en Todo sobre el asado. Hasta en el más pobretón se profundiza más sobre los cortes, la forma de asarlos, los fuegos y las brasas, el alcohol, el ritual. Todo sobre el asado no abre mundos, no explora, no siente. Si creen que no se puede hacer eso hablando de carne, vean (R)evolución de la carne -también está en Netflix-: hay pasión por el bife y las ganas de comerte uno te duran varias semanas. En cambio, Cohn y Duprat logran hacer una película sobre el asado que no da ganas de comer asado.

Todo sobre el asado (Argentina, 2016). Dirección: Mariano Conh, Gastón Duprat. Guion: Andrés Duprat. Duración: 75 minutos.