Mapa_de_las_estrellas-414329724-largeCronenberg filma una sátira sobre Hollywood. En principio, poco se le puede cuestionar a esa descripción genérica de la película. La presencia de Carrie Fisher, princesa Leia caída en desgracia, hija de Debbie Reynolds (habían pensado en darles a una y otra los papeles de Ellen Burstyn y Linda Blair en El exorcista), autora de Postcards From the Edge, construye puentes obvios con Recuerdos del abismo, adaptación de las memorias de la actriz que dirigió Mike Nichols y protagonizaron Meryl Streep y Shirley McLaine entre otras. En sus mejores momentos a uno le hacía recordar los grand guignol desatados que Bette Davies, Joan Crawford y otras viejas glorias del Hollywood sonoro filmaron en su decadencia, mezcla de telenovela y talk show salido de una película de Almodóvar. Pero durante la mayor parte del tiempo uno asistía a una especie de psicodrama naturalista catártico. En la de Cronenberg está el mismo mundo vacío de esa película, bastante más cristal y menos colores chillones y peinados ochentosos pero la misma imbecilidad, las mismas mujeres blancas, rubias, frígidas, de piel gastada y cerebro quemado. Como los mundos de Cronenberg no se ajustan nunca estrictamente a los parámetros del realismo superficial, su Hollywood es un Hollywood raro, remoto, acaso de ciencia ficción. Las estrellas del título no sólo son las del star-system actual, más devaluado que nunca, y tampoco las que miran románticamente dos pibes al final, sino parte de la constelación ridícula, helada y deforme del director. Aún sin dejar de ser una sátira, el objeto de ella acaso sea más vasto que el de la otrora meca del cine.

Es más probable que Sunset Boulevard, película de Billy Wilder sobre algo parecido a eso que llamamos Hollywood pero de hace 65 años, sea un precedente más cercano a esta película, con la voz de ese muerto que nos contaba la historia desde el más allá. Acá también hay fantasmas, entidades más bien extrañas al mundo material de Cronenberg, que no son fantasmas del pasado glorioso del cine, fantasmas con pedigreé sino, más bien, fantasmas de infantes, de nonatos para la pantalla, que acaso muriéndose consigan pasar a la inmortalidad berreta audiovisual, como le promete un chico estrella a una nena moribunda en el hospital que visita como parte de su agenda de prensa. Porque en este Hollywood de Cronenberg, en el que se filman más series que películas, hay unos chicos precozmente monstruosos y hasta literalmente deformes según la posición de la cámara, púberes con más fama y dinero que sus padres, contrahechos perdidos en un mundo que gira fuera de órbita, apoyándose en chantas cuyas terapias consisten en hacerle mentar episodios traumáticos a sus pacientes mientras le meten un dedo en el orto -como ya se lo hicieron a Robert Pattinson en Cosmópolis– con la voz suave y meliflua de John Cusack. Su mujer, Olivia Williams, llora desnuda en una bañera llena de agua desde un picado impiadoso que deja ver una osamenta lavada y consumida. El cine de Cronenberg consuma siempre una especie de fascinación ósea existencial. El vacío lo llena todo y sólo el monstruo sangriento y viscoso de algunas de sus películas, o esa entidad morbosa y vital que existe cuando la violencia estalla y dura lo que esta tarda en apagarse, pueden llegar a distraernos de la sólida nada que le sirve de soporte, de las paredes blancas de los condominios de sus primeras películas, de los escenarios de película porno barata, de la obsesión por saber de muchos de sus personajes que sólo conduce a la locura.

maps-to-the-stars-2En la mas bien convencional Recuerdos del abismo, televisiva salvo por las estrellas protagonistas, los cameos de otras tantas y algún travelling o grúa ostentoso, los personajes todavía podían resultarnos familiares, hasta cercanos. Las discusiones entre Meryl Streep y Shirley McLaine tenían la capacidad de recordarnos las protagonizadas por nuestras madres, tías, abuelas y suegras, y su estatus socioeconómico el de algún rastacuero argentino contemporáneo que veranea en Miami, se tuesta en cama solar, alcanza el cielo del prime time y lo mantiene durante treinta o cuarenta años. Los mundos y personajes de Cronenberg en esta película no dejan de ser versiones extrañas de aquellos atravesados por su imaginario enraizado en los subgéneros, su sentido del humor judeo-canadiense y su distanciamiento de cineasta de autor europeo moderno que no tiene problemas con ponerse a filmar una farsa no demasiado pretenciosa.

Si en las viejas películas de Cronenberg a una mujer, que no estaba interpretada por cualquier actriz sino por una estrella del porno, le salía una pija en la axila, o si un virus alborotaba a los chetos de un country vertical poniéndolos a coger donde fuera y finalmente devorarse, en las últimas dos sólo queda el ritual de un dedo clínico, más o menos legal, metido en el orto como metáfora superficial del agujerito sin fin que succiona las almas de personajes aburridos, y de un procedimiento autoral si no agotado, mecanicista. No sé si Cronenberg las filmó en piloto automático, pero esa impresión es un daño colateral de la homogeneidad autoral. Como Polvo de estrellas (los creadores del título local están perdonados sólo si pensaron en la porquería al ponérselo) es mas narrativamente accesible que las abstracciones discursivas y teatrales de la anterior, tiene chances de ser mas «popular» entre la clase media urbana, y no estaría nada mal que lo fuese. Como la sátira, además, comporta una posición moral critica, más posibilidades tiene todavía de ser efectiva entre un público que no ha visto sus películas más «comerciales», porque ese lugar de enunciación nos eleva por sobre el objeto criticado, nos rescata y nos aparta de lo contaminado, por más imágenes “fuertes” que incluya. A esta altura de la vida y obra de Cronenberg y del siglo que le da contexto, casi no hay efecto en sus nuevas películas que pueda ser comparado con el contracultural que causaban sus primeras y rústicas. En la segunda mitad de los 80 y primera de los 90, con Pacto de amor y Crash, consiguió renovar la representación del malestar en la cultura, y con la trilogía protagonizada por Viggo Mortensen llegó el placer o lo más cercano al placer -esa minucia saludable para un cineasta del goce- a su filmografía; irónico y cómplice placer, pero evidente.

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Se me ocurre que otra forma de ver esta película sería a través de Julianne Moore, esa mujer con una de las caras más extraterrestres del cine, una piel blanca hasta la translucidez, rasgos duros que los años volverán áridos, pecas estruendosas, pelo lacio de niña criada para ser princesa que ha terminado siendo la reina de una compañía de fenómenos que incluye a otro despiadado estilista de la burguesía estadounidense y la sociedad de consumo como Todd Haynes, para quien compuso las amas de casa alienadas de Safe y Lejos del paraíso; el trágico más robusto del cine estadounidense contemporáneo, Paul Thomas Anderson, para quien fue emperatriz de la gran comunidad porno de Boogie Nights y la joven esposa del padre moribundo en Magnolia; esos amorosos misántropos de los hermanos Coen, menos peligrosos y más queribles que los Irons de Dead Ringer, para quienes fue la hija resentida de Lebowsky, vikinga castradora y parodia de la artista conceptual feminista; y Robert Altman, que en Ciudad de ángeles la tuvo parada desnuda durante una eternidad, monologando frente a la cámara a la altura de su pelirrojo matorral. Actriz genital entonces, ideal para directores que encuentren en la desnudez un trazo expresionista, una evidencia insustituible de la potencia física cinematográfica, un artefacto conceptual y hasta una alegoría materialista.

Polvo de estrellas (Maps to the Stars, Canadá / EE.UU. / Alemania / Francia, 2014), de David Cronenberg, c/ Julianne Moore, John Cusack, Carrie Fisher, Robert Pattinson, Evan Bird, Mia Wasikowska, 111′.