Un libro de tapas verdes guardado en la guantera de un auto. Un pasaporte a la aventura y una patada de realidad. De esto se trata Green Book (Peter Farrelly, 2018), una película coescrita por el actor Nick Vallelonga sobre la relación que unió a su padre, Tony Lip, con el músico afrodescendiente Don Shirley en los Estados Unidos del 62. Tony (Viggo Mortensen), de ascendencia italiana, vive en el Bronx junto a su familia y es contratado por Don Shirley (Mahershala Ali) para que oficie de chofer en su gira por el picante sur de los Estados Unidos.

A primera vista, es esa asimetría con la que los protagonistas están construidos la que define el corazón de la película: Tony es italoamericano, nacido y criado en el Bronx, lo que en estas latitudes se conocería como “tener barrio”. Vive con su familia y trabaja a tiempo completo en el cabaret Copacabana, que cierra por refacciones y es en ese ínterin en el cual se desarrolla la película. Pertenecer a una minoría y vivir en un barrio bajo no excluye a Tony de prejuicios, rasgo que queda a la vista al mostrar que prefiere tirar dos vasos a la basura antes que compartir vajilla con dos trabajadores afrodescendientes que llegan a trabajar a su casa. Por otro lado tenemos a Don Shirley, un eximio pianista que toca para ricos y tiene estudios universitarios (Shirley se graduó como psicólogo, de ahí su apodo Doc), que se propone recorrer el sur profundo con un chofer que oficie de protector cuando la situación lo amerite. El virtuosismo como intérprete le garantizó a Shirley una posición acomodada, sin embargo esto no basta para hallarse inserto en los Estados Unidos de 1962. Ambos personajes, absolutamente antagónicos, deben atravesar infinidad de incomodidades que develan los estragos de un conflicto social que al día de hoy conserva sus resonancias: el supremacismo blanco.

Como es de esperar, a lo largo del film podemos ver como estas dos posiciones tan opuestas se complementan y desarrollan una entrañable amistad. Es de vital importancia a lo largo de esta road movie la presencia del Libro Verde, una guía que circuló entre 1936 y 1967 que compila hoteles, restaurantes, bares y estaciones de servicio a lo largo del país en los que se da atención a individuos de raza negra. Es destacable la solidez y la simpleza con la que es retratado este conflicto en memorables escenas que evitan el golpe bajo pero ilustran de manera clara situaciones apremiantes atravesadas por los ciudadanos negros, sin distinción de clase social. En cada lugar, Shirley es tratado con una apabullante hipocresía que lo celebra como artista y al mismo tiempo lo excluye como persona, obligándolo a toparse con bravucones que se niegan a preparar un escenario para su show, a utilizar una casilla destartalada como baño apartada del elegante complejo en el cual debe hacer su espectáculo, a hospedarse en hoteluchos de mala muerte o incluso a negarle una mesa para sentarse a comer en uno de los elegantes espacios donde toca el piano.

La película no profundiza, pero solapadamente menciona el prejuicio de ser homosexual. Shirley es sorprendido en el vestuario de la pileta de un lujoso hotel y reprendido al nivel de la infantilización por el personal policial, y por el propio Tony. En cada una de estas situaciones es Tony quien acude a su ayuda, por momentos resolviendo elegantemente, pero en otros, preso de sus impulsos, profundizando el conflicto. El paternalismo de la figura de Tony por momentos resulta sofocante.

El mayor acierto de la película es sin duda la interpretación magistral de los actores principales y la construcción de la narrativa, que avanza desplegando un conflicto en directa ebullición. El punto en el que la película decae, y evidencia un discurso que a las claras resulta demodé, es en su constante necesidad de corrección, lo cual genera que hacia el final el relato termine volviéndose vago. Tony vuelve a su casa y a su vida familiar, donde lo espera la contingencia de un sistema en el que se desliza con maestría. Para él nada cambia. Lo único que Tony cosecha a lo largo de su viaje es un gran amigo, un hombre de raza negra que gracias a sus modos y a su refinamiento pareciera “comportarse como un blanco”. En ese abrazo final de los personajes, es Shirley quien sigue perdiendo. Don Shirley sigue siendo un hombre negro buscando la aceptación en un entorno blanco. Un hombre que por vez primera logró reflejarse en la mirada de otros afrodescendientes cuando su auto se descompuso en la ruta. Un grupo trabajando a destajo en una plantación sureña en el medio de la nada, para el cual la figura de Don resulta una ensoñación incomprensible. Durante segundos dos mundos complejos y distantes quedan suspendidos en el silencio de lo que no se puede asimilar. Shirley siguió su ruta, pero él tampoco tiene la culpa ni la respuesta a un sistema del que emana una brutalidad injustificada y que sigue sin ofrecer respuestas sensatas al recrudecimiento social. Green Book es solo una película, pero su austero final sabe a poco si lo que se intenta es surfear las aguas de un conflicto que sigue latiendo por su vigencia.

En tiempos de reaparición de consignas como el Black Lives Matters y movimientos en defensa de los derechos civiles, esta película funciona como excusa para replantearse largo y tendido lo que en el mundo occidental sigue significando normalizar un status quo basado en el privilegio de algo tan incongruente como una sentencia fundada en el color de la piel, el sexo o la clase social. Sin embrago, a no pecar de ingenuos: como el camino al infierno está plagado de buenas intenciones, el discurso de odio no excluye tampoco a Nick Vallelonga, quien recientemente tuvo que disculparse por un comentario antimusulmán que propinó en 2015 en la red social Twitter, disculpas que debió extender incluso al mismo Mahershala Ali, cultor de esta fe. Tal vez este remate sirva de reflexión para encaramarse en la búsqueda de nuevas voces y puntos de vista, o por lo menos hacer el ejercicio de imaginar lo qué hubiera pasado si en lugar de habernos puesto en los zapatos de Tony, hubiesen sido los ojos Shirley los que trazasen la historia.

Acá puede leerse otra crítica de la misma película.

Green Book: Una amistad sin fronteras (Green Book, Estados Unidos, 2018). Dirección: Peter Farrelly. Guion: Nick Vallelonga, Brian Hayes Currie, Peter Farrelly. Fotografía: Sean Porter. Montaje: Patrick J. Don Vito. Elenco: Viggo Mortensen, Mahershala Ali, Linda Cardellini, Sebastian Maniscalco. Duración: 130 minutos.