Por Marcos Vieytes.

Que hayan estrenado Post Tenebras Lux durante las vacaciones de invierno es una coincidencia significativa, por no decir un acierto de los responsables, si no una magnífica ironía involuntaria que esta crítica no ha de rebajar a ditirambo o abucheo. La de Reygadas no sólo es una película con chicos, sino también una película infantil.
El recurso de los bordes biselados del plano es más propio de un nene al que le acaban de regalar un juguete y lo lleva a todos lados, aunque no sepa por qué ni para qué lo hace, que de un cineasta configurando la estrategia conceptual de su película.
La primera vez que se lo percibe con claridad coincide, precisamente, con la subjetiva de una nena de no más de tres años y, después del entusiasmo inicial que provoca junto a una fotografía gracias a la cual todo parece poder tocarse, lo asimilamos sin demasiada molestia ni asombro (la coartada sensorial no deja de ser nunca eso, sofisma que apenas desvía la atención del argumento).
No creo, tampoco, que desdoble la mirada de modo persistente. Tengo para mí, en cambio, que refuerza su centrado, pocas veces atraída luego hacia los bordes por una puesta en escena que abunda en perspectivas con punto de fuga central. El mejor efecto se produce cuando hay un movimiento estable de la cámara –travelling o paneo- y el recorrido genera en el marco del plano una percepción ondulada del objeto que pasa por él. El extrañamiento de la percepción, sin embargo, se limita a esa táctica y no desbarata radicalmente lo que no es otra cosa que la narración –bastante convencional para un público más o menos avezado- de la crisis neurótica de un burgués (no la de un hombre, porque el personaje no llega a tener la consistencia expresiva necesaria para hacernos sentir el sufrimiento de una persona), instancia a la que algunos directores de América Latina llegan con 50 años de atraso y ni siquiera consideran la posibilidad de abordarla incluyendo, no ya anclándose en, el discurso político (como sí lo hicieron, por ejemplo, los franceses e italianos durante la década del ’60, claro que para eso hay que echar mano del marxismo), sino sólo el socio psicológico más o menos maquillado.

Hay, eso sí, estampas de la alta sociedad dibujadas con trazo grueso, pero hasta los personajes de clase social y cultura de origen distintas a las del protagonista son emanaciones suyas, vampirizados por el alter ego del director, quien, al modo de Tarkovski en El espejo, ocupa el lugar del padeciente o del agonista, con una variedad tan menor de herramientas y una estrategia tan pobre, o lisa y llanamente nula, que trueca la ambición espiritual de aquel, elitista hasta la metafísica, por la adherencia a un chiche técnico que llamaría ‘objeto trancisional’ si no creyera que, de esta película a su próxima, lo único que va a cambiar Reygadas es el color del sonajero.
Les recomiendo no ir al baño durante los títulos iniciales porque correrán el riesgo de perderse al diablo, como casi me pasó a mí. Su aparición es una de las cosas más lindas e irrisorias de la película (se parece mucho a la Pantera Rosa), junto con la escena en que el burgués -¡ese perverso!- lleva a su mujer a una sauna para verla coger con otros, y en lugar de entrar a la habitación Duchamp, se mete en la Hegel, aunque esta última es más bien involuntariamente ridícula en su afán voluntario de ridiculizar a otros.
A pesar de tan mal chiste, y al margen de la competencia cultural que presume en el espectador al que está dirigido, la escena me despierta tres reflexiones que enumero en orden de interés, acaso extensibles al resto de la película: no se percibe placer -¿o alegría?- en los personajes; la combinación del tedio con que fueron configurados y el enfático formalismo visual, dan por resultado una película cuya seriedad nunca puede ser tomada en serio del todo; la excitación del espectador aumenta en la medida en que el objetivo de la cámara se acerca al descubrimiento -o recuperación- del deseo por parte del personaje femenino; el último plano de la secuencia establece una relación posible con el arte precolombino -y con el rol de la Madre Tierraen él- que eclipsa todo lo demás y sería interesante constatar si tiene algo que ver con la concepción visual del resto de la película.