the-kindergarten-teacher-posterNira (Sarit Larry) es una maestra de jardín de infantes en el Israel contemporáneo que, casi como una revelación, descubre un día que uno de sus pequeños alumnos tiene un talento especial para la poesía. Si bien su descubrimiento parece casual, en realidad es fruto de su permanente estado de alerta. Como la cámara de Nadav Lapid (Policeman), que nunca termina de disimularse en su recorrido por ese universo que invade, la mirada de Nira es como un radar humano, sensible a cualquier detalle extraño a ese universo cotidiano que ella parece tener tan bien organizado. En los primeros minutos de la película le lee a su marido unos versos que ha apuntado con esmero en un cuadernito azul y le habla de Yoav (Avi Shnaidman). Yoav es un nene rubio de 5 años al que su padre tiene un poco abandonado, mientras se dedica a ganar plata, y pone al cuidado de Miri (Ester Rada), una niñera morena que quiere ser actriz. Sabemos por ella que durante el doloroso divorcio de los padres (que terminó con el traslado a Boston de la madre junto a su amante, aunque el nene afirme una y otra vez que está muerta) el tío le leía poesías sobre desengaños amorosos y que algo de eso parece haber estimulado el despertar del genio del nene. En ese relato interrumpido por la concreción del flashback asistimos al primer indicio del “don” de Yoav que Nira registra desde el fuera de campo. Miri llega a buscarlo al jardín y, mientras la maestra y su asistente acomodan la sala y recogen los juguetes, entra apresurada pidiendo una birome. Luego sale al exterior –la cámara lo hace con ella- y se sienta frente al nene mientras éste camina ensimismado por el arenero, recitando unos versos casi como un autómata. Ella toma nota sin demasiada gravedad, pero el contraplano nos muestra a Nira mirando con atención el suceso, casi como anticipando su descubrimiento. El tiempo vuelve al presente con su marido, y el lugar que asumirá la película queda confirmado: Lapid jugará formalmente con la subjetiva y el punto de vista para asegurarnos que estamos inmersos en el desajuste de Nira, que su mirada teñirá la imagen y que su espiral obsesivo será el “tono” de la película.

l-institutrice_portrait_w858Lapid atiende al estado emocional de Nira, y a su progresivo enrarecimiento a medida que se acrecienta su obsesión por el talento de Yoav, con una dosificación calculada de información: su matrimonio estable y convencional se revela aburrido y rutinario, la ausencia de sus hijos ya adolescentes se traduce en una reveladora crisis de mediana edad que da pie al propio interés en la poesía, al coqueteo con su profesor, al extrañamiento en la fiesta del hijo y sus compañeros del servicio militar, a la escena del baile desencajado luego de la frustrada lectura de poesía. Cada uno de esos elementos parece indicarle a ella, en la misma medida, que su vida no tiene otro sentido que “proteger” la poesía de Yoav y que el reconocimiento del talento es patrimonio de los pocos sensibles que resisten en este mundo cínico e injusto. Así, su firme creencia en ser la guardiana de esa gema amenazada que es Yoav lentamente va cobrando materialidad en la imagen, que se torna difusa y desenfocada. La escena reveladora es aquella en la que Nira decide ir a ver al padre indignada porque nadie parece darse cuenta de que ese chico es un futuro Mozart de la poesía. Luego de su infructuosa visita al tío, descreído ya de sus veleidades artísticas y ganándose unos pesos en un diario como corrector, Nira finalmente es recibida por el progenitor en su lujoso restaurante. Desde el momento en que le ofrece un whisky nos queda claro que al tipo no le interesa la poesía sino la guita, pero para confirmarlo se lo dice a ella con todas las letras. Lo interesante es que el discurso suplicante de Nira, en el que llega a decir que a Mozart lo educaron duques y reyes que estimularon su genio y lo percibieron a tiempo mientras el talento de Yoav podría extinguirse para siempre sin un tutor que lo preserve, culmina con la acusación de robo a la niñera –ella usaba como propias las poesías de Yoav en sus castings- y su despido telefónico. En el instante en que el padre despide a Miri vemos cómo un intenso brillo invade los ojos de Nira, reflejo de un gozo que encuentra fundamento en la convicción de que, pese a que su familia representa las patas de un Estado militarizado y represivo (el marido es ingeniero aeronáutico y el hijo es futuro oficial del Ejército, además de ella representar una educación institucionalizada), en su corazón se alberga la vocación poética tan combatida en esa actualidad deshumanizada.

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Así, la consistente desatención de Nira al resto de sus alumnos, a su marido y su familia, la designación de Yoav como el elegido durante la canción del hanukkah, el estímulo rayano en la psicosis de la creación poética, y el posterior secuestro del chico en un resort de 5 estrellas como salvataje desesperado del artista frente al materialismo circundante, ponen de manifiesto esa idea que escena a escena se vino macerando. Porque ¿qué significa, después de todo, proteger la poesía? ¿Publicarla? ¿Recitarla en un grupo de lectura cuyos integrantes el mismo Lapid retrata como unos freaks extravagantes al borde del ridículo o la autoindulgencia? El mundo que anhela Nira, el del mecenazgo y el cultivo de una sensibilidad artística percibida sólo cuando ocurre en los círculos adecuados, no es muy diferente del que parece delinear la película. El proceso creativo en Yoav emerge de la nada, como fruto de una inspiración trascendental que no encuentra lazos con el entorno ni raigambre narrativa. Que los poemas sean los escritos por el mismo Lapid en sus años de infante también afirma que el juego con la cámara y la identificación es una mera diversión mientras su real pertenencia es con el mundo del artista amenazado. Él se piensa como ese chico que enfoca en el último plano, el que gestiona como un autómata-adulto su propia liberación y que no necesita más que ser dueño de esa libertad que los duques le habían garantizado a Mozart.

Aquí puede leerse un texto de Eduardo Rojas sobre la misma película.

La maestra de jardín (Haganenet, Francia/Israel, 2014), de Nadav Lapid, c/Sarit Larry, Avi Shnaidman, Lior Raz, Ester Rada, 119’.