¡Qué bonita vecindad!: Sobre El insulto, por Carla Leonardi

El insulto, dirigida por el libanés Ziad Doueiri y nominada al Oscar en la categoría de Mejor Película Extranjera, nos transporta a la candente conflictividad étnica en los países de Medio Oriente. La acción se desarrolla en Beirut, capital del Líbano, donde primero conocemos a Tony Hanna (Adel Karam), a quien lo vemos participar activamente en un acto del Partido Católico de su país. Luego lo encontramos junto a su esposa Shirine (Rita Hayek), quien cursa un embarazo bastante avanzado y le propone mudarse a otro lugar en el que puedan contar con mayor espacio, ante el inminente nacimiento. Tony se niega rotundamente, con cierto enojo, dando muestras de entrada de una posición rígida e intolerante a las diferencias.

Tony vive en un barrio en el que se ha dado asilo a refugiados palestinos y donde el Estado está realizando obras para mejorarlo y urbanizarlo. En este contexto se presenta en su domicilio Yasser Salameh (Kamel El Basha), capataz de la obra, para solicitarle reparar el drenaje de su balcón que sobresale de manera ilegal. Tony se niega al arreglo e incluso rompe el que se había realizado sin su permiso. Ante ese exabrupto, Yasser le contesta con el insulto del título: “Maldito idiota”.  A partir de entonces, Tony se muestra ofendido y exige de Yasser una disculpa, que este se niega a darle. El episodio se magnifica aún más cuando Yasser se presenta junto a su empleador en el taller mecánico para brindar las solicitadas disculpas, pero una provocadora declaración de Tony (“Ojalá que Sharon los hubiera matado a todos”) genera que Yasser reaccione de manera violenta, quebrándole dos costillas.

Lo que enseguida queda situado, al ser Yasser un refugiado palestino, es que lo que motiva el conflicto no es la cuestión edilicia sino la conflictividad étnica que se da en Medio Oriente respecto de la “Causa Palestina”. Los palestinos exiliados de Israel van girando en busca de refugio y oportunidades en diversos países de la región, donde no son recibidos sin resentimientos ni resquemores. Llegados a este punto, la situación entre Tony y Yasser irá in crescendo porque, para colmo, Tony no guardará el reposo adecuado por sus lesiones e insomne, una madrugada, realizará fuerza en su taller mecánico desvaneciéndose. Socorrido por su esposa embarazada, el coletazo desemboca en un nacimiento prematuro, con riesgo de vida para el bebé. Golpe bajo, por demás innecesario, que justifica que Tony lleve su caso hasta los tribunales, donde toma estado público, despertando revueltas sociales que derivan en un intento de solución entre vecinos por parte del mismísimo presidente.

Al conflicto social, el director suma una pata judicial circunscripta a la misma familia: Wajdi Wehbe (Camille Salameh) es un abogado de un prestigioso estudio que ha defendido en ciertas causas al Presidente del Partido Católico, es pro-israelí y toma la defensa de Tony; su hija Nadine (Diamand Bou Abboud), partidaria de la defensa de la Causa Palestina, defiende a Yasser bajo la estrategia de la legítima defensa porque las palabras de Tony ofendían a su identidad. A eso agrega un pasado de rencor y venganza que conecta altercado e insulto con un maniqueo conflicto de clase.

La película baja línea de manera insistente y subrayada dando a entender que nadie tiene el monopolio o el privilegio del sufrimiento, como parecería que lo demandan los palestinos. De todos modos, instala ciertas preguntas: ¿es posible comparar el sufrimiento  singular de un sujeto con el sufrimiento singular de otro? ¿Se puede comparar ser un refugiado en la propia tierra que perdió una posición de clase con ser un refugiado en tierra extranjera que nunca tuvo ninguna oportunidad? ¿Qué es moralmente más reprochable: un insulto de palabra que ofende al ser identitario o un golpe físico?

En este punto me interesa diferenciar varias cuestiones: la segregación, la agresividad y el odio. La segregación es discursiva, depende del hecho de que para formar y cerrar el conjunto nacional de los libaneses tiene que quedar alguien excluido de dicha totalidad: el palestino. La agresividad es esa tensión que se exterioriza con el semejante, con ese otro que, en cierta medida, soy yo y del que busco diferenciarme, del que busco su reconocimiento; sin embargo, la agresividad está regulada simbólicamente, se manifiesta en el plano de las palabras, de un juicio o de un deporte reglado. El odio, en cambio, no es discursivo, ni tiene mediación simbólica alguna, sino que apunta a la destrucción del ser del otro, a hacer desaparecer ese modo de goce del otro que es mi semejante, que es diferente a mi modo de gozar y que no se puede soportar.

Tanto el insulto de Tony como la agresión física de Yasser se manifiestan en el plano de la agresividad. En el caso del Tony, se trata específicamente de una injuria, de un insulto que apunta al ser del otro pero que se manifiesta en el plano de la palabra, con toda la carga simbólica que le es propia. Y aquí podemos tomar las palabras del propio Yasser: “Él dijo Ojalá”. Sabe que se trata de una expresión de deseo, no de un acto consumado. En el caso de Yasser, podemos leer un pasaje al acto, donde no media la palabra (al estar alterado emocionalmente) y apunta a agujerear en lo real del golpe al otro en sí mismo, a la fijeza que tiene esa frase injuriante, pero de ninguna manera apunta a la muerte del otro. La muerte funciona para Yasser como límite.

El insulto es una película que parte de buenas intenciones pero al virar al terreno judicial se empantana narrativamente, no logra eludir los golpes bajos, los subrayados y la explícita pretensión de un mensaje aleccionador.

El insulto (L’insulte, Francia/Bélgica/Chipre/Líbano/Estados Unidos, 2017). Dirección: Ziad Doueiri. Guion: Ziad Doueiri y Joelle Touma. Fotografía: Tommaso Fiorilli. Edición: Dominique Marcombe. Elenco: Adel Karam, Kamel El Basha, Rita Hayek, Camille Salameh, Diamand Bou Abboud. Duración: 112 minutos.

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