Que la inocencia te valga: Casa Propia, por Victoria Lencina

El sueño de la casa propia se ha vuelto una ambición inalcanzable en la Argentina de los últimos años. Alquilar, según encuestas realizadas por la Federación de Inquilinos Nacional (FIN), se convirtió en una situación permanente que arrastra consigo la maldición de destinar casi la mitad del sueldo. El deseo de independizarse, de ganar mayor autonomía, de tomarse sus propias libertades pareciera hacerse imposible al chocar contra la piedra de ver departamentos más o menos dignos cuyo valor, además de pretencioso, suma la promesa de usureros aumentos semestrales. La idea de la casa propia entonces pareciera una broma de mal gusto ya que el sueldo, en estos tiempos devaluado, no aumenta ni por asomo al mismo nivel que esos alquileres. ¿A quién no le pasó?

El director Rosendo Ruiz, sanjuanino de nacimiento y cordobés por adopción, pone al descubierto en Casa Propia las contradicciones humanas entre el deber ser y el querer ser. La película sigue de cerca los conflictos de Alejandro (Gustavo Almada), un profesor de secundaria que ronda los cuarenta años, que vive con su madre y que desea independizarse. La frustración no tarda en llamar a la puerta desde el preciso momento en que su sueldo magro solo le permita contemplar, cual perro de Pavlov, departamentos que no podrá alquilar o que se presentan como una fantasía de Disney en formas de maquetas escolares.

En el personaje de Alejandro se aglutinan más sentidos que la fórmula inexorable de la crisis de los cuarenta. Este profesor de clase media-baja tironea de dos cuerdas contrapuestas: por un lado, quiere ganar autonomía y consolidar una relación formal con su novia; y, por otro lado, el deber ser lo obliga a ocuparse de su madre, quien padece cáncer de pulmón, situación que lo enrosca en una espiral de ansiedades y desdichos con su hermana que finalizan por alejarlo de su meta principal. En el medio de estos dos extremos aparece desgraciadamente el tema de la insatisfacción, lo que se puede y no se puede concretar con el paso del tiempo.

Si bien el guion de Ruiz no abunda en sobreexplicaciones, sí nos hace testigos del estancamiento económico y moral en el que se haya su protagonista. El universo social de Alejandro está integrado por su madre, su hermana (con la que discrepa constantemente por el cuidado materno), su novia (con la que mantiene un vínculo agrio), un único amigo y sus alumnos de la escuela (con los cuales pareciera ser verdaderamente feliz). El padecimiento interior de este protagonista se debe a una serie de factores: la imposibilidad de concretar el proyecto inmobiliario y tener que reincidir en el hogar materno, no haber podido materializar durante sus años de juventud el sueño de escribir un libro (destino que sí pudo conseguir su amigo), el tormento incesante de las peleas y reconciliaciones con su pareja (quien además tiene un hijo fruto de un matrimonio previo) y el hecho de mantener múltiples relaciones sexuales sea con prostitutas, una compañera de trabajo y/o, casualmente, con su novia.

La magia de Casa Propia reside en la grandilocuencia de narrar los distintos matices que va experimentando un hombre común a medida que se topa con una serie de obstáculos económicos y sociales que lo exceden y que simplemente no puede controlar. El protagonista podría ser considerado un antihéroe parco y gris, sin embargo, en sus acciones la ficción y la realidad argentina se funden de tal manera que la empatía e identificación con lo que le sucede es más fuerte. La virtud de Ruiz en esta película se halla en la solidez con la que va trazando cada una de estas peripecias sin recurrir a pirotecnias narrativas, revelaciones inquietantes o sensacionalismos sorprendentes. De este modo, el cine cordobés demuestra que tiene mucho más mostrar que solo paisajes de una tierra.

Casa Propia (Argentina, 2018). Dirección: Rosendo Ruiz. Guion: Rosendo Ruiz y Gustavo Almada. Elenco: Gustavo Almada, Irene Gonet, Maura Sajeva, Mauro Alegret. Duración: 83 minutos.

Comparta sus opiniones