Alain (Vincent Lindon) sale de prisión luego de cumplir una condena de 18 meses por tráfico de drogas. La primera imagen de la película es la del protagonista viajando, y su cara denota un profundo malestar. Está volviendo a la casa de su madre, Yvette (Hélène Vincent), para reanudar la utopía de la vida en libertad. A la vieja la vemos por primera vez en la cocina de la casa y de medio perfil a la cámara. Lo que cobra peso en el cuadro es su rodete bajo y canoso, signo tajante de la madre omnímoda, espiral que apresa y cerca toda voluntad humana. Su pelo suelto solo se hace visible en el mismo espacio y en la misma situación un par de veces a lo largo de la película: Yvette mirándose al espejo en el cuarto de baño.

Con el correr del relato terminamos comprendiendo que aquel gesto de pesadumbre en la cara de Alain no atañe a su experiencia en prisión. La displicente relación entre ambos se expone desde la primera escena que comparten y se mantiene a lo largo de toda la película con un nivel de desapego que resulta exasperante, incluso quebrando con gran sutileza la lógica clásica del uso de los planos. Donde comparten un espacio las distancias se vuelven abismales, y cuando se encuentran separados el montaje pareciera reunirlos como si se tratara de un plano/contraplano en el que la palabra se sustituye por el lenguaje corporal. En un momento, mientras Alain se encuentra cenando en la cocina, su madre lo hace en el comedor. Ella mira la tele y él enciende la radio. Inmediatamente Yvette sube el volumen del televisor en una clara señal de autoridad. Estas y otras mínimas acciones son precedidas por miradas dirigidas hacia el espacio donde se encuentra el otro. Pero Alain en realidad ya no está, ni acá ni allá. Ni con ella ni con nadie más.

El dominio maternal, ejercido desde una sádica pasividad, ni siquiera puede ser mermado mediante la tragedia latente. Alain descubre que su madre tiene un tumor cerebral avanzado e intratable como así también su decisión de someterse a una eutanasia, o suicidio asistido, en una clínica Suiza. Apareciendo en el relato un cuadro semejante puede surgir en el espectador (más crédulo) la esperanza de una reunificación entre madre e hijo, pero lo que en un principio se podría entender como un amor contenido o expresado mediante la violencia en un par de situaciones, termina convirtiéndose en un descarnado vacío afectivo. Todo lo que Yvette hace surge desde el muy consciente mecanismo de la culpa, y en algún punto uno hasta puede llegar a sentir que su enfermedad y su resolución a morir forman parte del artilugio. Alain ya está muerto, tal vez desde el fallecimiento de su padre, al que su madre lo compara en los peores instantes repitiendo la misma frase, porque sabe que nunca será un hombre libre, ni siquiera cuando le toque perderla.

El único horizonte prometedor de rescate emotivo toma la forma de una hermosa mujer cuyo nombre resulta por demás significativo: Clémence (Emmanuelle Seigner). Sin embargo será otro falso ademán bondadoso. La vergüenza por su pasado, instalada desde unos pocos pero efectivos y desdeñosos comentarios maternos, es la causante del fracaso amoroso. La castración psíquico-emocional a la que Alain es sometido (seguramente desde siempre) impacta por lo evidente de la orquestación femenina, pero se vuelve más potente gracias a los intentos del protagonista por implantar una masculinidad a fuerza de una actitud inconmovible, coraza que se va cayendo de a pedazos ante nuestra mirada. El ritual de la muerte, que nunca se nombra al igual que el amor, se va desarrollando con un ritmo agonizante, lento, por momentos estático, y la escasa utilización de la música impide que la emoción, si acaso existe, estalle. Gran ironía la del título que refiere a la estación en que todo renace.