bergman con nykvist, thulin y ullman en gritos y susurrosbergman con ingrid thulin en gritos y susurros+Pretendía Jung que la Tríada marca el ritmo, pero el Símbolo es la Cuaternidad. Dios Padre, Hijo, Espíritu Santo… y Diablo. Menos pretencioso, Alejandro Dumas escribió Los tres mosqueteros, que son cuatro: Athos, Aramis, Portos, y D’Artagnan. Dostoievski, más angustiado, escribió Los hermanos Karamázov (Dimitri, Iván, Aliosha), pero por ahí andaba Smerdiakov, medio hermano de los otros por parte de padre, finalmente autor del parricidio que soñaba el terrible Iván. Y entre el dolor indecible y la esperanza Ingmar Bergman construyó su obra maestra Gritos y susurros con tres hermanas –Maria, Karin y Agnés- y sumó a Anna, mucama y enfermera piadosa que completaba ese cuarteto inolvidable.

Algo debe de tener el cuatro.

Jersey Boys, la última de Eastwood, menta el número. Está el conjunto musical The Four Seasons, cuya trayectoria la película presuntamente describe; están las cuatro estaciones obvias de Vivaldi (que un personaje hace explícitas), y están los protagonistas de la banda, que son tres al comienzo -Frankie Valli, Nick Massi y Tommy DeVito- y al final cuatro, cuando se suma Bob Gaudio en una de las secuencias más bellas y emotivas.

Jung hablaba de la “persona”, la disposición hacia el exterior, la máscara con la cual en el teatro griego se representaban las peripecias de los personajes y sus tribulaciones, y del “alma”, la disposición hacia el interior (de ahí Persona, de Bergman, donde una actriz –la máscara- era atendida por la enfermera Alma). Traducido: el hombre tiene una máscara hacia fuera y una disposición distinta hacia dentro. Eastwood siempre fue actor. El uso de la máscara ha sido una constante y una herramienta de su oficio, la máscara con que representaba la vida de personajes ideados por otros. Después se hizo director, es decir autor, y comenzó a mostrar su alma. Durante años fue, como actor y director de sus películas, la máscara y el alma de sus personajes y de sus obras. Desde hace unos años, salvo la excepción de Gran Torino, Eastwood ha transferido la máscara a otros actores, guardando para sí el papel de stripper de su disposición íntima hacia los otros, el mundo y sí mismo.

JERSEY BOYS

Jersey Boys muestra las cuatro estaciones, no explícitas, de la vida de Eastwood. El mundo de los gangsters durante su formación (los años treinta, tan llenos de gangsters también en el cine, donde transcurrieron sus primeros años de vida); los pasos primerizos en el mundo del espectáculo, con ilusiones y fracasos reiterados y lejanos éxitos pasajeros en la televisión (por eso, un plano de sí mismo en aquella serie en blanco y negro y pantalla diminuta); el éxito hacia la fama y los dólares que no fueron apenas un puñado a través de la industria fílmica, primero en Italia y luego en Hollywood, y finalmente el éxito casi individual como director; en la película, claramente, el suceso del grupo The Four Seasons primero, y luego, para levantar una deuda, la notoriedad de Frankie Valli como solista.

Estas cuatro estaciones de/hacia el exterior tienen su complemento en las cuatro estaciones hacia el interior. Eastwood revela, nos revela, las cuatro fases de su alma profunda: el artista del mundo del espectáculo que no puede parar, esencialmente Frankie Valli; el autor/director representado por Gaudio, también productor y músico (como Eastwood); el tipo común que desea mandar todo al demonio y volverse a su casa a disfrutar de su familia (Nick, el que abandona la banda)… y finalmente Tommy, el simpático y terrible diablo capaz de poner a los demás y ponerse a sí mismo en peligro de vida artística y física (Eastwood sabrá los motivos de su vida real, como seguramente sabe de esa constante de su obra y que en Jersey Boys vuelve a aparecer: la culpa y búsqueda de redención por su relación con sus hijas, no con los varones).

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Películas así no las hace, no las puede hacer, una persona que no tenga una larga vida atrás, y que no tenga una visión de sí mismo –intelectual y/o emocional poco importa- cuando la hojarasca del éxito o del fracaso ya ha pasado. Es una película para los otros, pero sobre todo para sí mismo: el mejor camino a recorrer si se pretende llegar al prójimo. Si el prójimo no quiere verlo, como ha sucedido aquí, o prefiere basurearlo como ha sucedido en USA, no es culpa del artista sino de los tiempos que corren, tontos y adolescentes, motorizados por el imperio del norte (todos los imperios son y han sido del norte).

El final, el espléndido final de Jersey Boys –el que va de los monólogos a cámara hasta el número musical- es el 8 y medio emotivo y vital de Eastwood. Están todos convocados, todos los personajes de la película y todo lo que representan. En la aquiescencia está la fiesta. Con ellos, con todos ellos, Eastwood ha hecho su vida y también su obra. Y con nosotros, que lo mínimo que podemos hacer es estar allí, en nuestro lugar.

Porque la coda esta vez es mía: toda la presuntuosidad que acabo de escribir oculta mi risa y mis lágrimas presentes durante toda la visión de la película, desde el comienzo hasta el final, alternada y a veces simultáneamente, como cuando el cine era el cine y las dos máscaras de las emociones se unían en el alma para ayudar a la sabiduría del corazón.