Anoche volví a ver El milagro de Morgan Creek, de Preston Sturges (la foto corresponde a Hail the Conquering Hero por otra razón). Creo que después de los primeros diez minutos no pude reirme ni siquiera una vez. No recuerdo, en realidad, si alguna película de Preston Sturges me hace reir. En líneas generales, las comedias no me hacen reir. Y la ferocidad del humor de Sturges no ayuda. Sí, sí, uno puede reirse de las instituciones, de los vanidosos al poder, pero el asunto es que todos estamos en manos de esa gente y, peor aún, que todos nosotros somos esa gente, esas instituciones. Las películas de Preston Sturges, al igual que las de Berlanga, están llenas de multitudes caóticas que hablan a la vez y se mueven en bloque. Los encuadres abigarrados revelan una precisa organización del aparente desorden audiovisual. Entre otras sutilezas, sus películas cuentan con algunos de los más extensos y complejos planos secuencia. Sólo que no lucen porque no filman el vacío y el silencio, que es una forma de filmar el plano secuencia en sí, sino la acción verbal de unos personajes que nos distraen de la destreza técnica. Elegancia moral de la discreción, que le dicen. También, funcionalismo narrativo.