Atención: Se revelan detalles del argumento.

 

¡Ojalá fuera un sueño

muy largo y muy profundo!

¡Un sueño que durara hasta la muerte!

Yo soñaría con mi amor y el tuyo.

“Es un sueño la vida…” (Gustavo Adolfo Bécquer)

En su última película, Luna, una fábula siciliana (Sicilian Ghost Story, 2017), los directores italianos Fabio Grassadonia y Antonio Piazza, oriundos de Palermo, vuelven a tejer –como ya lo habían hecho en su película anterior, Salvo (2013)- una historia articulada a la idiosincrasia de la isla de Sicilia, es decir, la mafia. Este segundo largometraje fue la película de apertura en la Semana de la crítica del Festival de Cannes y se presentó en la sección Panorama del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata de este año.

Historias acerca de la mafia conocemos muchas y especialmente recordamos la magistral saga de El padrino de Francis Ford Coppola, de manera que lo que aquí interesa no es lo que se cuenta sino forma en la que se lo cuenta. Y es ahí donde reside el gran acierto de los directores. La película se inspira en un hecho real que recién se revela al final. Se trata del caso de Giuseppe Di Matteo, un niño de 12 años que fue secuestrado durante casi dos años por la mafia con la intención de evitar que su padre, desde la cárcel, colaborara con la policía. Giuseppe finalmente fue asesinado, siendo su cuerpo disuelto en ácido con el fin de desaparecer sus rastros. Ante esta impactante historia, los directores podrían haber incursionado en el género documental o en la ficcionalización del caso desde el género de gángsters o policial, pero eligieron un camino que los aleja de cualquier pretensión de emular la realidad. De hecho deciden no advertir con la clásica leyenda de“Basada en hechos reales”, y construyen un mundo de ficción propio y que funciona con perfecta autonomía respecto de la realidad. De esta manera hibridan géneros como el melodrama, el terror y el fantástico, a la vez dotan a las imágenes de una carga estética y simbólica que abre la lectura a múltiples intertextualidades.

La película comienza con la cámara sobrevolando unas oscuras rocas, que se tiñen apenas por el brillo del sol, para luego dar paso a la oscuridad de la profundidad del agua desde la que ascenderemos siguiendo la luz hacia la superficie. Allí el agua toma la salida de un bebedero en el que se reclina un púber en su camino de regreso de la escuela. Este comienzo marcado por un carácter de extrañeza ya anticipa la estructura del relato que estará signado por el pasaje de la ficción a la ficción dentro de la ficción, es decir, al sueño.

Giuseppe (Gaetano Fernández), el muchacho en cuestión, se interna en el bosque en el que, sentado en un claro, admira una mariposa que se posa suavemente en su mano. Hasta allí lo sigue sigilosamente la joven Luna (Julia Jedlikowska), que lo espía desde detrás de un árbol, mientras guarda una carta escrita para él. Giuseppe la descubre y entre ambos se da un juego de seducción respecto de la carta, hasta que Giuseppe pueda jugar a ser el héroe que la rescata de las fauces de un perro salvaje. Toda la atmósfera de la escena es de una profunda extrañeza y asoma en ella cierto espíritu terrorífico, tanto por la puesta de la cámara –que por momentos toma el acento de la subjetiva de algo o alguien que estuviera acechándolos-, como por el trabajo del sonido, con rastros perturbadores de los gruñidos del perro feroz. Que la primera vez que veamos al perro, éste se encuentre comiendo a un animal muerto, es un anticipo de la crueldad y la saña de lo que vendrá.

Giuseppe lleva a Luna en su moto al lugar donde practica equitación y allí, luego del anhelado beso entre los amantes, Luna finalmente le entrega la carta a Giuseppe, ilustrada en la cubierta con un dibujo de la constelación de Pegaso, que en la mitología griega era un caballo alado. Mientras Giuseppe guarda su caballo en los establos, Luna espera mirando el paisaje desde la altura mientras al fondo, en segundo plano, pasan casi inadvertidamente dos autos. Luna ingresa a los establos para buscar a Giuseppe y allí nuevamente la oscuridad y el ruido de los caballos, con sus relinchos y  las pisadas de sus coces en estado alterado, siembran  una atmósfera amenazadora de la cual ella emerge sin encontrarlo. Es el momento del secuestro y desaparición de Giuseppe, y también la separación entre los amantes.

Podemos pensar la historia entre Luna y Giuseppe como la de un amor imposible, signado por la tragedia, que evoca esos amores fugaces y románticos de la adolescencia como el de Romeo y Julieta, en el que los obstáculos familiares impedirán el reencuentro entre ambos en la realidad. Efectivamente, la inserción en la mafia del padre de Giuseppe signará su destino fatal, y la madre de Luna, que ve como moralmente negativo que su hija se relacione con el hijo de un mafioso, hará todo lo que esté a su alcance para impedir esta unión. Esa aura trágica da a ese amor el carácter de un bello sueño que lentamente se transforma en una pesadilla. Y si en Romeo y Julieta el reencuentro entre los amantes sólo es posible en la muerte, aquí sólo será posible en los sueños de cada uno de los protagonistas.

En los días siguientes a la desaparición de Giuseppe, Luna hace todo lo posible por encontrarlo. Va reiteradas veces hasta la casa de Giuseppe en busca de explicaciones; observa desde lejos la ventana de arriba en la que una mujer vestida de negro –la madre de Giuseppe- se convierte tras el vidrio empañado en una figura fantasmal que luego la seguirá en sus sueños; reparte en la ciudad, junto a su amiga Loredana, folletos para dar con el paradero de Guiseppe; se interna una y otra vez en el bosque siguiendo la intuición de sus sueños.

Luna, en su rebeldía, representa la búsqueda de la verdad frente a la hipocresía social de los habitantes de aquella Sicilia de los 90 que se pretenden ajenos a toda cuestión política y que ante las desapariciones de personas eligen el “No te metás”o el “Por algo habrá sido”, tratando de continuar con la vida como si nada hubiera pasado (hecho que tanto resuena en nuestro país).  Por otro lado, la entrada de Luna en la oscuridad del bosque evoca el libro Caminos del bosque de Martín Heidegger, donde se plasma esa idea de verdad en tanto “aletheia”. Aletheia es ese atisbo de luz de verdad que sólo es posible alcanzar luego de haberse perdido por los senderos de la espesura del bosque. Y a la vez que Luna hurga en el bosque con su tapado rojo con capucha, evoca el cuento popular de Caperucita roja, que marca el contraste entre el poblado o el hogar como seguro y el bosque como aquello Otro peligroso, encarnado en la figura del lobo feroz. Pero quizás haya que pensar que lo más siniestro no provenga del exterior, sino de lo más íntimo del seno familiar. De ahí que los directores jueguen con la contraposición entre los planos cerrados y oscuros de los interiores familiares y los exteriores abiertos, luminosos y felices, de clara resonancia bergmaniana.

En rigor, Luna y Giuseppe tienen en común el estar atrapados en el destino familiar. Si pensamos en la familia de Luna, Saveria, la madre, es quien prohíbe a Luna verse con Giuseppe, quien censura toda manifestación de los deseos y la pasión. Encorsetada en esos vestidos de cuello alto y en su cabello recogido, indicios de su ascetismo y ecos de esas institutrices o madrastras malvadas de los cuentos de hadas infantiles, Saveria es lo opuesto a una madre amorosa, capaz de transmitir a su hija algo del orden de su posición femenina respecto a un hombre. En esta familia, es la madre quien hace la ley. Por Saveria pasa toda la toma de decisiones en la familia. Mientras que el padre se presenta, en tanto insulino-dependiente, como un padre impotente que, lejos de encarnar la función de corte entre su hija y la madre, se presenta más como un cómplice que la arroja a las fauces de la madre cocodrilo. En el caso de Giuseppe, tenemos el prototipo de una familia patriarcal, en la que el padre, lejos de ser un representante de la ley, se confunde él mismo con la ley en su accionar mafioso. Pues es del capo, del “padrone”, cuasi como un Dios, de quien depende la vida y muerte de las personas bajo su dominio. Se trata de un padre que está más preocupado por salvar su propio pellejo, y para el que su hijo no funciona como un límite en su “arrepentimiento” colaboracionista con la policía, sino que lo condena así al secuestro y a la muerte.  La madre de Giuseppe, enfundada en su vestido negro, queda reducida a un espectro errante en un interminable luto por el hijo perdido.

En este contexto de encierro, dos elementos aparecen como salida posible: el pasaje al acto (o paso a la acción) y el sueño. En este último retorna, entonces, la figura de Pegaso, ese caballo alado que, bajo la forma de la muerte o la ensoñación, busca liberarse de los imperativos de la realidad. En cuanto al pasaje al acto, podemos pensarlo como un intento de agujerear a ese Otro tan consistente, ya sea la madre para Luna, ya sea el padre mafioso para Giuseppe. De ahí que Luna, ante la inquebrantable posición de la madre que no deja lugar para nada que no sea su propio designio (ya sea obligándola a raparse el pelo que se ha teñido de azul en signo de rebeldía contra su orden de castidad o a iniciar una nueva vida con sus parientes de Suiza), intente salir de la escena en la que está encerrada mediante el suicidio en dos ocasiones, la primera ahogándose en el río y la segunda tomando veneno para ratas. En cuanto a Giuseppe, será la carta de Luna declarándole su amor y diciéndole cómo lo piensa e imagina todo el tiempo, será esa ficción escrita la que lo sostenga durante el primer tiempo de su cautiverio. Más avanzado su secuestro, Giuseppe romperá un espejo y, con un trozo de él, intentará salir de la encerrona trágica asesinando a su captor, que es el último representante de la posición fija e inconmovible de su padre. La rotura del espejo, por otra parte, es signo de que algo de la imagen de sí mismo en la cual se reconocía ha estallado. (El yo se constituye por identificación a la imagen en el espejo). Esto ocurre en un momento ya avanzado del secuestro en la que su cuerpo está visiblemente deteriorado por el paso del tiempo y casi al borde de sus fuerzas. De ahí que aparezca un desdoblamiento, en el que se ve a sí mismo como otro, como un doble autónomo, un Giuseppe vital, que es una alegoría del alma que ya busca dejar el cuerpo sufriente.

En cuanto al sueño en tanto ficción dentro de la ficción, que funciona como vía de escape frente a la opresión de los mandatos familiares y sociales, es un elemento que ha sido trabajado reiteradamente por Bergman en su cine: a través de los viajes interiores que emprenden sus personajes y que ponen en cuestión sus identidades hasta conducir al desdoblamiento. Aquí están los sueños de Luna sobre Giuseppe y los sueños de Giuseppe sobre Luna, y será en ellos donde pueden reencontrarse fugazmente. Y, como en todo sueño, siempre habrá un momento de despertar angustioso, que será donde algo de la inminencia de la muerte, de aquello que no puede terminar de emerger en el tejido simbólico del sueño, irrumpa en él. A medida que avanza la película, los límites entre sueño y ficción se irán desdibujando hasta que incluso resulta indiscernible de qué lado estamos, como ocurre en las películas de David Lynch. E incluso podríamos pensar a veces que toda la película no es más que una fantasía, el soñar despierto de una joven sobre el idilio de un primer amor trágico, mientras está con sus amigos en las playas sicilianas.

Por último, es importante detenerse en la figura del fantasma, que es la “aparición” bajo una imagen irreal e incorpórea de un muerto que retorna para atormentar a quienes permanecen con vida. La desaparición, secuestro y posterior asesinato de Giuseppe Di Matteo es un acontecimiento que por la saña de su ejecución adquiere la dimensión del horror y el peso de lo traumático para la toda sociedad siciliana. Una sociedad que eligió no ver lo monstruoso y siniestro que anidaba en el seno de su propia constitución social: esa red perversa de connivencia entre la mafia y la fuerza policíaca, que termina dejando desprotegidos a los más vulnerables. En este contexto, no sorprende que la mugre que se quiso tapar debajo de la alfombra, en tanto aquello no tramitado simbólicamente, retorne bajo la figura de “espectros” que atormenten la conciencia social agitada por la culpa. En esta línea, podemos pensar la película de Fabio Grassadonia y Antonio Piazza en una doble vertiente: por un lado, al crear el “fantasma” de Giuseppe lo fijan en la memoria colectiva y, por el otro, al enmarcar su relato en el  género del realismo mágico, encuentran una manera de elaborar el trauma de conciencia social que los acecha, de exorcizar los demonios de culpabilidad y realizar una suerte de justicia poética.

Luna: una fábula siciliana (Sicilian Ghost Story, Italia/Francia/Suecia, 2017), de Fabio Grassadonia y Antonia Piazza, con Julia Jedlikowska, Gaetano Fernández, Corine Mussallari, Vincenzo Amato, Sabine Timoteo, Andrea Falzone, 122′.