Ultimo plano de Red Sundown, western clase B de Jack Arnold. Lo más interesante es que en el plano inmediato anterior a este el héroe, que es el que aquí se va a caballo tras cumplir con su tarea, ha derrotado al terrateniente obstinado en alambrar la pradera. Hasta ese momento, el alambrado era nada más que un tema de conversación. Al final, cuando uno supone que ni siquiera será eso, este plano en el que se imprimen los títulos contradice, precariza, pone en suspenso la victoria precedente. A Jack Arnold lo conocemos, sobre todo, por películas de ciencia ficción como El increíble hombre menguante y La criatura de la laguna negra. Una y otra están cargadas de lirismo y desazón poéticos. Red Sundown es un western concreto y justo. Todo está donde tiene que estar y dura lo que tiene que durar. Hay un prólogo de 20 minutos en el que un pistolero le salva la vida a otro que está a punto de morir en el desierto. En el primer pueblo que pisan ya se ven enredados en una pelea y deben huir. Se esconden en una cabaña abandonada, a la que llegan sus perseguidores. Allí es herido el compañero del protagonista, pero antes de morir le dice a Rory Calhouln que cave un pozo de 70 cm. y se entierre, usando el tubo de ventilación de una salamandra para respirar. Con el techo en llamas, le hace prometer que si se salva, nunca más será pistolero. A la mañana siguiente, Calhouln resucita decidido a cumplir con su promesa. Ese primer bloque es notoria pero discretamente simbólico, además de incluir un plano detalle en el que parece colarse el fantástico terrorífico dentro del western. En los 55 minutos restantes veremos su conversión sin aspavientos edificantes, discursos moralizadores ni final tranquilizador. Habrá duelo, pero no será espectacular. Habrá romance, pero no idealismo romántico y ni siquiera establecimiento matrimonial. Habrá una medida de justicia social, pero el mentado plano del final no deja lugar a dudas sobre el triunfo del capitalismo y las políticas de las que se valdrá para imponerse. Y habrá dos niños como espectadores constantes de esa tensión entre la mirada épica que mitifica la violencia y la mirada ética capaz de regularla. Recomiendo hacer un programa triple de westerns clase B junto a The Raid, del argentino Hugo Fregonese, que incluye a unos soldados confederados usando ponchos mientras planean atacar el enclave yanqui un 17 de octubre, y The Naked Dawn, de Edgar Ulmer, un westerns con olor a tragedia.