Reflexiones alrededor de Visages Villages, por Andrés Navaza Liebana

Después de un período de ver serie tras serie, de devorar capítulos uno detrás de otro, sin parar ni siquiera para entender qué es lo que estaba mirando, me encontré en el cine viendo Visages Villages de Agnès Varda y JR. Me encontré conmigo en la butaca, viéndola, y pude recordar porqué amaba al cine por sobre todas las cosas. Creo que una película que logre despertar eso en cualquier espectador, quien quiera que sea, ya puede estarse satisfecha y feliz de ser y existir. Y no es que a Agnès o a JR les fuera a importar lo que su película logró en mí al verla, pero ahí es cuando una obra cinematográfica supera y trasciende a sus creadores, a sus hacedores. A todos ellos, hombres y mujeres cineastas que dejaron implantada en ella sus preciadas emociones. Cuando la película se proyecta, se escapa de sus manos y pasa a nuestros ojos, a nuestros oídos y a nuestros cuerpos.Y es que el cine es un arte corporal, porque implica al cuerpo en todas sus etapas. Como pusieron ellos el cuerpo para hacerla, ponemos el cuerpo nosotros para recibirla, y es de cuerpo a cuerpo que la obra camina, avanza y se transforma. Y una vez en nuestro cuerpo, nosotros la hacemos propia y, a la vez, universal y popular. La hacemos eterna e indefinida en el tiempo. En cada proyección, la película logra (o no) cosas en los espectadores que quienes la hicieron no pueden imaginar. La película dejó sus cuerpos para alojarse en los nuestros, y es en ese momento que la obra trasciende.

La película de Varda y JR, inmersa en un momento de ficciones inconmensurables, de sagas de superhombres en donde todo puede resumirse a la palabra “super”, logra recuperar esa fuerza popular y transformadora que una obra cinematográfica puede alcanzar. Y la palabra es recuperar, porque a veces uno siente que pudimos haberla perdido en el camino. Qué hacen las series de Netflix y las gigantescas producciones blockbuster sino dejar de cuestionar, dejar de preguntarse hacia dónde, desde dónde, porqué o para qué hacer cine. Y una película que no es consciente de sí misma, como obra transformadora y creadora de realidades, está hablando sin saber lo que dice. Una película que no invite al espectador a cuestionar realidades es una película que habla sobre lo dicho y es conformista en su misma esencia de ser. Pareciera salir de mí una doctrina obligatoria para todo el cine, sin embargo lo que argumento nace de mi más sincera apreciación, y está dispuesto para ser cuestionado. No busca otra cosa que generar cuestionamientos en los y las lectoras.

En el cine sentí esa identificación con Visages Villages. Me sentí trascendido, sentí cómo la película podía recuperar un impulso popular del cine que muchas veces dejamos de lado. Además, Visages Villages es la documentación de una obra aún mayor, que viene de la mano del trabajo que el propio JR hizo durante sus últimos años. La producción de una obra que nace de lo visual como lo es la fotografía, pero avanza y se transforma para pasar a ser algo más, algo que implica a muchas personas formadoras de historias. JR y Agnès toman fotografías que intentan construir sus sensaciones al oír lo que las personas tienen para decir. Y esas fotografías, ahora gigantes, pasan a ocupar el espacio público, y pasan a formar parte del paisaje de aquel lugar en donde habitan aquellas personas. Esa gigantografía de la foto tomada deja de ser únicamente una imagen, para pasar a ser paisaje, recuerdo y espacio, en un barrio en donde los recuerdos se escondían a la vista. JR hace obvia la intensión. Hace que lo misterioso sea obvio y que lo individual sea popular.

Y la película, desde su humildad, no pretende otra cosa que documentar ese proceso creativo. Con sus dos protagonistas y narradores, atravesamos pueblos y espacios olvidados de una Francia desconocida. Recorremos con nostalgia la vida de Agnès y aprendemos a querer a JR, a quien nunca le conocemos sus ojos. La película nace de lo real y muere en lo real. Porque ella necesitaba del cuerpo de todas aquellas personas que Agnès y JR encontraron en su camino, y también necesitó de nuestros cuerpos al verla en los cines. Avanza de cuerpo en cuerpo y se hace eterna en esa hora y media que nos invita a viajar.

Visages Villages (Francia, 2017). Dirección, guion y comentarios: Agnès Varda y JR. Música: Mathieu Chedid. Montaje: Maxime Pozzi Garcia. Producción: Rosalie Varda. Duración: 93 minutos.

1 Comentario

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Elidesrespuesta
05/05/2018 en 23:07

Como decirlo….me atrapó la nota. Más allá de la critica, la descripción y reflexión sobre cómo llega el buen cine al espectador es poetica y precisa…o.algo asi. Gracias por este aporte y esta mirada sobre el dar y recibir cine donde se pone el corazon.

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