reimon-c_6485_poster2Ramona (Marcela Días)  es empleada doméstica. Trabaja en un departamento señorial. Uno de esos sobre la Avenida Libertador en Retiro por el que se pagan cientos de miles de dólares para tener una vista panorámica de la Villa 31. Réimon, la película, mira por la ventana, pero no ve la villa. Ramona, la protagonista, viaja en tren hasta su barrio conurbano donde come asado con amigos o parientes y pasea a su perro. Otros perros, posiblemente suyos también, toman agua de un balde respetando las clases sociales perrunas. El que está debajo espera con ansiedad mal disimulada que el poderoso beba hasta saciarse.

También trabaja en un PH donde una pareja de unos 30 años (Cecilia Rainero y Esteban Bigliardi) lee a Marx mientras ella limpia. La escena pretende expresar alguna contradicción en esta situación. Poco después la dueña de casa le da a Ramona unas bolsas con ropa que ya no usa.

Réimon parece una de esas películas que a comienzos de la década pasada veíamos en el BAFICI con asombro. Descubriendo que las formas del cine podían ser otras y otras. Uno de esos espías en rutinas invisibles que podían estirar los límites de lo que vale la pena ser filmado. Hoy es difícil mantener el interés en algo que está agotado como forma de narración y no compite con la infinita disponibilidad audiovisual como espionaje de la rutina cotidiana.

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Desde muy chicos, los progresitos aprendimos a horrorizarnos con las palabras “mucama”, “doméstica” e incluso “empleada”. Ese horror terminaba en horrores eufemísticos como el título de este texto. Una carrera ridícula huyendo de la propia discriminación, tan inútil como escaparse de la propia sombra. La discriminación no está en las palabras, mientras la llevemos adentro se va a infiltrar en cualquier palabra que elijamos. Las buenas intenciones nacen de la culpa y terminan actuando como una cacería de brujas en la que todos somos sospechosos. De pronto alguien dice “boliviano”, tan gentilicio como el que más, y corre el riesgo de convertirse en sospechoso. En cambio, cuando nos sentimos iguales, las palabras se ablandan. Podemos ser putos, negros, pelados, gordos, paralíticos. Es un camino largo y arduo.

Algo de esto hay en el horror que siente Moreno ante el trabajo. Pasar un trapo, viajar un par de horas en tren, que te regalen ropa usada. Esas situaciones, que para una persona que tiene tiempo de donar su trabajo a una producción cinematográfica, es terrible, para mucha gente, para la mayor parte de la gente, es una fortuna. Es cierto que no hay justicia en esto. Es cierto que la desigualdad es flagrante. Pero si sos tan digno como para no soportar que algunos tengan que trabajar todos los días o para denunciar a quien puede pagar para que le limpien la casa gracias a esa desigualdad, tu obligación no es hacer une película con los equipos que te presta la universidad privada, sino tomar las armas y salir a reventar el sistema.

Réimon (Argentina, 2015), de Rodrigo Moreno, c/Marcela Días, Cecilia Rainero, Esteban Bigliardi, Juvenila Días, 72′.