RelatosSalvajes_cartel_jpgAtención: Se revelan detalles importantes del argumento.

Finalmente se estrena Relatos salvajes, la última película de Damián Szifrón, que tras un exitoso y muy promocionado paso por el Festival de Cannes se ha convertido en el estreno más esperado del año. Como su nombre lo indica, Relatos salvajes está construida sobre una serie de cuentos que no se relacionan geográficamente entre sí ni comparten personajes pero que, al modo de las películas corales (Historias de Nueva York de Coppola, Scorsese y Allen, por ejemplo), tienen un tema en común que funciona como hilo conductor. Reducirla a esto sería, sin embargo, una simplificación imperdonable; en la conferencia de prensa el productor Hugo Sigman se refirió a los objetivos buscados por la película: contenido, diversión y masividad.

Diversión y masividad. Parece absolutamente lógico y esperable que una película sea masiva (es un negocio y la masividad -que no es otra cosa que una expresión de deseo- garantizará la inversión). En este caso ambos ítems están contemplados desde el vamos y eso es mérito del guión y de la dirección; Damián Szifrón conoce muy bien su oficio y, cosa nada menor, conoce a la perfección a su público (o al público al que se dirige). Además, Szifrón es responsable del efectivísimo guión que opera sobre situaciones universales, de esas que habitan todos los imaginarios. Los chistes fluyen naturalmente en contextos inimaginables (y no tanto) y los relatos, vaciados de solemnidad, construyen un continuo absolutamente disfrutable. A esto hay que sumarle una gran gran producción, lo que por sí solo no garantiza nada. Relatos salvajes echa por tierra ese lugar común que reza que «con guita todo se puede»; bueno, eso no es cierto. Acá hay recursos (la realización costó algo más de 3 millones de dólares), un guión efectivo y eficiente, un elenco rutilante y, sobre todas las cosas, buenas ideas -independientemente de que compartamos o no la línea política del relato- ejecutadas con mucha inteligencia; y eso hace la diferencia.

En la conferencia de prensa todos los presentes (el elenco protagónico en pleno) destacaban el hecho de que se pusieron en manos del director a la hora de componer sus personajes ya que era Szifrón quién tenía absolutamente claro qué era lo que esperaba de cada uno de ellos. Eso se nota y mucho. En cada uno de los episodios las estrellas están acompañadas por otros actores que no siempre son secundarios, en muchos casos son coprotagonistas, y en ningún caso hay actuaciones desparejas. Esto puede sonar tan bueno como malo, claro. Es cierto que nadie sale de su zona de confort, no hay actuaciones descollantes, son todas medidas, correctas y esperables, pero también son precisas y efectivas y eso es mérito de la dirección. Además de escribir y dirigir, Szifrón también se ocupó del montaje junto a Pablo Barbieri, y parece que a pesar de que Relatos salvajes reza que «todos podemos perder el control» eso no califica para él.

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Contenido. Relatos salvajes empieza y sin mediación previa nos encontramos con el primer cuento protagonizado por Darío Grandinetti, una sofisticada historia de venganza muy divertida y dinámica que transcurre en un avión. Es ahí cuando creemos que ese es el tono, pero no; a medida que transcurren los relatos se construye un crescendo dramático y narrativo, la apuesta va subiendo. Tras «Pasternak» vienen los títulos, lo más icónicamente salvaje. El elenco protagónico es presentado con imágenes de animales; pasarán, entre otros,  un tiburón, un gorila y un búho, unos leones que representan a los hermanos Almodóvar (productores junto a Kramer y Sigman) y por último un zorro que el director eligió para ilustrarse.

Los relatos apenas se separan unos de otros con un brevísimo fundido a negro, recorren diferentes géneros con absoluta naturalidad, los cambios de registro fluyen, vamos del policial negro al western, del drama costumbrista con cierto tono de denuncia, pasando por el drama de clase con toques de actualidad, a la comedia negra sin solución de continuidad y eso le suma dinámica al relato. Decíamos antes que tras «Pasternak», el primer cuento, nos vemos tentados a pensar que el hilo conductor es la venganza, pensando en lo salvaje de la desmesura que convoca esa consecuencia en función de las causas que lo provocaron, pero a medida que Relatos salvajes avanza víctimas y victimarios se van desdibujando junto con la grata sensación del inicio.

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El episodio protagonizado por Rita Cortese y Julieta Zylberberg, «Las Ratas», va en la misma línea que el anterior pero en un contexto de thriller apoyado por una excelente locación (un parador de mala muerte en medio de ninguna parte durante una noche de tormenta) que se completa con la presencia de Cuenca (César Bordón), un villano malísimo y desagradable. Otra vez víctimas, victimarios, motivos y ejecutores están claramente delineados y un sentido de justicia por mano propia frente a la ausencia de «justicia real» sobrevuela tímidamente el relato. No es divertido aunque todos parecen obtener lo que se merecen.

De la lluvia saltamos al western y a otra excelente locación; estamos en una ruta desierta, en medio de un paisaje salteño realmente hermoso y bucólico que contrasta con la desmesura de la situación que se plantea. «El más fuerte» es un western, un duelo a muerte entre dos hombres a partir de una situación absolutamente menor que se descontrola. Leonardo Sbaraglia y Walter Donado son los protagonistas. La venganza y la justicia por mano propia ya no son el tema de este relato absolutamente masculino que, perfectamente, podría haberse llamado «el que la tiene más grande».

Justo en la mitad los relatos salvajes cambian de tono. Los episodios protagonizados por Ricardo Darín y Oscar Martínez se apoyan en «datos de la realidad», una realidad de clase, urbana. El personaje de Darín es el «ciudadano común», un ingeniero experto en demoliciones avasallado por un Estado -manifiesto a través del control de tránsito y la grúa que se lleva su auto mal estacionado- que lo maltrata y lo estafa, frente al que no puede hacer absolutamente nada más que acumular «crispación» (el derrumbe de su vida familiar completa un cóctel explosivo). ¿Cuál es la reacción del “ciudadano común crispado”? La venganza. ¿Cómo? Haciéndose cargo de ajusticiar a los representantes de ese villano sin rostro. Imposible no pensar en el Ingeniero Santos, sólo que el guión se ocupa de aclararnos que el desborde de nuestro justiciero no mató a nadie, sólo se trató de daños materiales; rápidamente se convierte en un héroe que, aunque va preso, recupera sus afectos y un lugar destacado en la comunidad (al menos en la carcelaria).

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Por su parte «La propuesta» nos ubica en un escenario de clase alta frente a un delito. Oscar Martínez compone a un padre que se ocupará de resolver la situación junto a su abogado (Osmar Núñez) para que su hijo no vaya a la cárcel. En la conferencia de prensa Martínez se ocupó de aclarar que, más allá de la negociación que ocupa prácticamente todo el relato, la idea era mostrar la faceta humana del personaje, que no se trataba de un corrupto sino de un padre desesperado tratando de resolver la situación de su hijo. Interesante, pero eso no es lo que se ve reflejado. «La propuesta» es quizás el más brutal de todos los relatos; acá no hay nada salvaje, todo es absolutamente civilizado. La elección del «chivo expiatorio»: fácil. Una vida que no vale nada en lugar de una vida potencialmente llena de posibilidades, el dinero como motor de todas las acciones y la posibilidad de hacerlo porque, precisamente, el dinero no es un problema sino una herramienta. El precio de las personas, de la justicia, el «arreglo» que nos conforma a todos, los límites de la negociación. Hay una escena que ubica espacialmente a los protagonistas, con Martínez presidiendo las tratativas desde su escritorio, alejado del resto, escuchando el desarrollo de la propuesta, interrumpiendo solamente para cuestionar la cantidad y el uso del dinero exigido. No vemos a un padre tratando de resolver los problemas de su hijo, lo que vemos es al poder negociando, vemos a un corrupto comprando voluntades sencillamente porque puede hacerlo. Al final todo se resuelve aunque no todos obtienen lo que quieren y la paz familiar queda a salvo tras la reja de la mansión.

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El episodio final, «Hasta que la muerte nos separe», es una película en sí mismo. En tono de comedia negra asistimos a la fiesta de casamiento de Romina y Ariel (Erica Rivas y Diego Gentile) en un ambiente fastuoso, puesta en escena de la felicidad y la plenitud que este tipo de festejos representan. Un incidente aparentemente menor (una infidelidad que se confirma) desata una seguidilla de eventos absolutamente desmesurados que, como en todos los otros relatos, aparecen absolutamente logrados y van escalando en desmesura y violencia hasta lo que parece una hecatombe. Pero estamos llegando al final y, como en los cuentos que nos contaban antes de dormir, el amor triunfa. Al menos por un rato.

Relatos salvajes es una película absolutamente disfrutable y fuertemente conservadora que retrata «el innegable placer de perder los estribos» como respuesta a «la desigualdad, la injusticia y la exigencia del mundo en que vivimos», tal como reza la gacetilla, y para eso propone ejercer -dentro de las posibilidades del consumidor- la justicia por mano propia, la cuota de poder disponible o la venganza que dejará conforme, con suerte, sólo a quien la lleva a cabo.

Aquí puede leerse un texto de Marcos Rodríguez, un texto de Gustavo F. Gros, otro texto de Marcos Rodríguezun intercambio entre Marcos Vieytes y Gustavo Gros, un texto de Ignacio Izaguirre, un texto de Pablo Ventura y un relato de la conferencia de prensa de  Luciano Alonso sobre la misma película.

Relatos salvajes (Argentina, 2014), de Damián Szifrón, c/Ricardo Darín, Erica Rivas, Oscar Martínez, Leonardo Sbaraglia, Darío Grandinetti, Rita Cortese, Julieta Zylberberg, 122′.