1. Nada es casual. Las escenas se suceden a lo largo de unos pocos meses. Un presidente –es decir, el máximo representante de un estado nacional- que habla de “caer” en la escuela pública, como si fuera el último agujero, el peor lugar al que se puede llegar. La policía reprime una manifestación de maestros ante el Congreso de la Nación. En la Ciudad de Buenos Aires se multiplican las denuncias sobre escuelas con techos o mampostería que cae, o en las que no se ha desratizado. La educación pública se transformó en los últimos cuatro años especialmente en un territorio que se desplazó de la lucha –en tanto ésta implica avanzar hacia la consecución de objetivos superadores- a la resistencia –en función de defensa de un espacio de integración y contención social-. Como ese espacio de resistencia a una construcción política para la cual la educación se percibe como un gasto, la escuela pública empezó a aparecer con cierta frecuencia en el centro del trabajo documental de los últimos tiempos. El año pasado, En el umbral reconfiguraba al maestro de una comunidad marginal, a partir de la construcción de la escuela como forma de integración y que cerraba con la represión policial. Este año, Escuela Bomba volvió con urgencia sobre la explosión en una escuela de Moreno que terminó con la vida de dos trabajadores, para reafirmar, desde la suspensión inesperada del estreno en la semana previa a las PASO, el lugar que lo público y los conflictos que genera no figuran en la agenda de gobierno.

La cercanía en el estreno de La escuela contra el margen y Pasco, avanzar más allá de la muerte reactualiza por partida doble el rol central de la escuela. En ambas, hay componentes coincidentes en el punto de partida: sus protagonistas son alumnos de escuelas secundarias –una del barrio de Lugano en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la otra del Barrio San José, de Temperley- a los que sus profesores interpelan respecto del ámbito de pertenencia. Lo interesante es que en ambos casos lo que se presenta es la forma en que el ámbito institucional, la educación formal, encuentra los resquicios para salir de su encorsetamiento. El conocimiento como forma de transmisión vertical de profesor a alumno se diluye: en todo caso, el profesor actúa como el incentivador primero y el catalizador después, de una búsqueda que va más allá del conocimiento en sí mismo.

2. El salir hacia afuera de la escuela se configura como exploración de un espacio de pertenencia marcado por lo barrial –aunque en rigor de verdad, los límites de esos barrios sean difusos-. En La escuela contra el margen, es justamente la exploración de las características particulares de una serie de barrios que se articulan en función de la escuela, lo que empieza a establecer las coordenadas del trabajo de los alumnos y del documental. Recuperar los fragmentos de historias, establecer sitios de relevancia particular, les permite redefinir el territorio. Pero por sobre todo, lo que genera es un corrimiento de los lugares individuales para la configuración de un colectivo. Hay que detenerse en el detalle de cómo evolucionan las clases en las que participan: si al comienzo parecen dispersarse e interesarse más bien poco por el proyecto, sosteniéndose en el recelo interbarrial y en el bardeo adolescente, el avance sobre la construcción de ese mapa de sitios significativos los involucra, los interpela en la necesidad de ser parte de algo que los representa. Allí está el centro del planteo: lo que hace la escuela y la profesora en particular, es impulsarlos a observar aquello que se ha naturalizado, para redefinirlo. Si el mapa invertido parece el signo más evidente de esa redefinición, el señalamiento de lugares evita la repetición de lo geográfico como signo, para entrar en un terreno más ligado a lo sociológico. No se trata entonces de una identidad establecida desde afuera (un plano oficial que privilegia determinados elementos generales como plazas, avenidas, edificios ligados a lo patrimonial) sino de una construcción particular generada desde adentro, desde lo vivenciado primero en forma individual y luego resignificado como importante por el conjunto.

Para ello, las paredes de la escuela dejan de ser un límite para convertirse en punto de anclaje, el lugar al que se vuelve para procesar lo que se reconoce. Aunque no sepamos los recorridos previos de los alumnos de la escuela por el entorno, queda la sensación palpable que la escuela como institución no ha promovido esos desplazamientos. Los chicos de la secundaria salen de la escuela como si cruzaran un límite invisible que los contiene incluso dentro de su barrio, para recalar en la Esma y participar de talleres relacionados con la memoria y los sucesos de la dictadura militar y la prosecución represiva bajo otras formas durante los gobiernos democráticos. Esa visita, que puede parecer descolgada de lo barrial, sin embargo es un punto de partida que se enlaza directamente con una salida posterior: cuando el grupo va al Parque Indoamericano, donde se produjo una violenta represión contra un grupo de familias ocupantes que reclamaban por viviendas en diciembre de 2010, la característica represiva del orden militar se replica en las vivencias del barrio al que pertenecen. El trabajo sobre la imagen que implica el antes y el después de ese espacio emblemático de esa zona, permite poner en perspectiva la relación entre el estado y la comunidad, pero por sobre todo la de ésta con el recuerdo y la construcción de una identidad barrial. Lo que La escuela contra el margen consigue reflejar es la forma en que el proceso de aprendizaje implica la entrada en contacto con el otro –con el que se tiene al lado, en el mismo aula del colegio; con el que no se conoce, como los miembros de las otras delegaciones del encuentro en Chapadmalal- y el cruce de experiencias que sirven para la afirmación de la identidad propia. Pero por sobre todo, remarca la forma en que un proceso grupal sumido en la apatía o la indiferencia como se muestra en el comienzo, puede derivar en el convencimiento de que se posee una voz personal y que esa voz pertenece a un colectivo en el que se registran coincidencias de problemas y conflictos.

3. Esa cuestión del descubrimiento de una voz propia y de que se tiene algo para decir también atraviesa Pasco, avanzar más allá de la muerte. Hay aquí una diferencia: el punto de partida es el reconocimiento de una serie de mitos urbanos que circulan en el entramado de ese grupo social. Es esa exploración inicial –que se despega de la habitual tendencia a lo fantástico para situarse en el lugar de sucesos del pasado que subsisten a partir de la oralidad- la que pone a los adolescentes en otro lugar: del reconocimiento del mito a su intento de corroboración en la realidad no se trabaja como una investigación, sino como una búsqueda de un conocimiento que vaya más allá de esa construcción heredada. Si esos mitos que provienen del pasado son puestos en duda –algunos de ellos no creen en la veracidad de algunas de esas historias-, la salida al territorio no solamente implica el desplazamiento de lo mitológico al relato fragmentado de historias que se rebelan contra esa mitología. Implican el reconocimiento de una paradoja que parece inadvertida: que contra esa circulación oral de la memoria se levanta otra de iguales características que le responde. Pero mientras la primera se vale de un traspaso de información que no involucra a los personajes, la segunda lleva a involucrarlos porque son los depositarios de la vivencia de los que no están.

Lo que traza el recorrido de esos chicos por ese barrio que es propio pero que hasta ese momento resultaba ajeno, es el descubrimiento de un pasado violento en el que la muerte y la desaparición de personas dejan de ser un mito para encontrar el correlato en la realidad. A partir del suceso conocido como La Masacre de Pasco –sucedido en 1975, que involucró el secuestro y asesinato de un grupo de militantes y la posterior exhibición pública de los cuerpos-, lo que se instala es un camino de doble vía. Por un lado, volver a contar el suceso desde lo que la oralidad sigue sosteniendo, como un contra-relato de lo que aún subsiste de los medios de comunicación de la época (el detalle de las notas en los medios que reflejan el hecho sirve como contrapunto). Por el otro, la recuperación de un modelo de militancia barrial que implicaba la mejora de las condiciones de vida del barrio. De allí que los sobrevivientes de aquella época sean no solo los que mejor recuerdan los hechos –y todavía resulta tremendo escuchar que las fuerzas (para)policiales indicaron a los vecinos que debían meterse en las casas en el momento del operativo-, sino los que restauran la memoria de los que fueron asesinados, a partir de los detalles cotidianos –el hijo de uno de ellos, señalando que todo lo que sabe de su padre es lo que los vecinos le contaron, cuando él era carnicero-. De alguna manera, lo que restaura también la escuela como institución, no es solo el contacto con el barrio como lugar de pertenencia, sino por sobre todo, la recuperación de la idea de militancia como forma de mejorar el entorno. Con el solo hecho de salir a la calle, recuperar la memoria y organizar un pequeño acto y la pintada de un mural, están recuperando las tradiciones de esa militancia que parecía perdida en los tiempos. Militancia que prescinde de las diferencias para entroncar en la necesidad de una comunión entre las instituciones y lo comunitario.

Las dos películas, aunque parecen precisar un horizonte diferente para sus objetivos, se centran en la potenciación de la voz de los jóvenes. Pero por sobre todo, como arietes de la recuperación de las historias que le pertenecen, expandiendo los límites de lo ya instituído –la historia contada por los libros o por los medios de comunicación-, completando los huecos que no están documentados –la referencia a los dibujos que completan las historias en Pasco…– y recuperando el pasado negado o escondido en los pliegues del espacio en que se mueven. Los dos documentales trabajan sobre los espacios de los que puede emerger una voz colectiva que relaciona los hechos del pasado con los del presente, para entender la historia no como una línea quebrada, sino como una continuidad que se extiende desde esa década del 70 hasta nuestros días. El valor está en salir a la calle, en constatar o deconstruir ideas previamente forjadas. La cámara, en ese sentido, no es un mero acompañante. Es, en sí misma, también un instrumento que sale a las calles para reflejar desde allí lo que debe refrendar o enfrentar a los conocimientos teóricos o históricos, poniendo al documental en un plano de igualdad con la búsqueda de esos jóvenes que en algún punto, vieron crecer el deseo de saber en qué lugar estaban parados. 

Calificación: 6.5/10

La escuela contra el margen (Argentina, 2018). Guion y dirección: Diego Carabelli; Lisandro González Ursi. Duración: 90 minutos.

Pasco, avanzar más allá de la muerte (Argentina, 2019). Guion y dirección: Martín Sabio. Duración: 108 minutos.