breaking badAll trains must pass. Un hombre en calzoncillos que encañona un arma hacia la enormidad del desierto está dispuesto a todo. Sobre todo si el ambiente sonoro no está dominado por la rispidez de la erosión y la resequedad de una flora y una fauna sibilantes. Por el contrario, en ese ambiente de promesas quebradas, a la potencia del viento se impone la frecuencia sonora de las sirenas. Esa recurrencia insoportable, la interrupción periódica de un sonido persistente, de la cual se vale la persecución para extender dominio, como una onda expansiva, hasta ganar el territorio mental: una víbora en las circunvoluciones del cerebro, ese estado paranoide del perseguido. Walter White está de pie, en calzoncillos pero de pie, parado en medio de un desolado y sinuoso camino de ripio. Como los remolinos espontáneos que se enroscan en el polvo del desierto, la cabeza de Walter está cercada por la desesperación estridente de las sirenas, ese sonido desesperante que Jim Thompson asegura que no hemos escuchado nunca hasta que las oímos, las oímos porque nos buscan.

Potencial acumulado. En el comienzo de la serie Walter es un hombre desanimado, incluso antes de enterarse de su fatal diagnóstico. Es un hombre sin ánima, un hombre que da pasos en el mismo lugar sin poder conciliar el sueño. Simula hacer ejercicio en un aparato que repite sus pasos en su sitio mientras mira un diploma que concilia lo que pudo ser: nada menos que un premio Nobel. Por eso la noche no lo encuentra, y él no se puede encontrar en ese bálsamo; el punto final a la jornada que dicta el toque de queda de la conciencia, ya libre para abandonarse a los sueños y a la oscuridad. A Walter lo acorrala el insomnio, y el remordimiento lo mantiene en un estado de duermevela, en una semivigilia inconforme, en un estado gris. Walter se desprecia y no considera que merezca el descanso merecido de los que se lo ganaron. La penumbra que rodea como una neblina mental a Walt es categórica: Walt siente que su potencial se apaga, que no capitalizó la carga latente de sus facultades. Walt siente que se desaprovechó, que no convirtió en utilidades, en rédito, el crédito que le dio la vida. Por eso computa cada acto de su existencia en intereses, cuantifica en números las posibilidades de la vida. Los calcula rápidamente, con la velocidad de un conmutador. Es que su salvación depende de ello, de todos los intereses acumulados que tiene su pasado malgastado, y por eso mismo el gran Bryan Cranston lleva a su personaje siempre cargado de hombros, apabullado por la vida. Walter White es un experto de la estadística y de las probabilidades, de la coincidencia posible y contingente de elementos variables, y sabe que su vida está anulada. Pero justamente a este personaje, un experto en la sinapsis de la probabilidad, se le pasa por alto una circunstancia eventual: la liberación espontánea, instantánea, desesperada del potencial acumulado de toda una vida, provoca una combustión incontrolable, irrefrenable, voraz.

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En la “violenta floración de las bombas”, Walter White se hallará a sí mismo. “Desperté, estoy despierto”. Hasta el día de hoy, ningún personaje despertó con semejante estruendo. Y en la explosión, en esa instantánea liberación de energía, Walt se siente vivo. Como nunca antes, arde como los mecheros que exhibe en sus clases, arde de vitalidad y arderá con él todo Albuquerque. La flama de su epifanía hará de Nuevo México un solo estrago y la ruina de su leyenda. Walter White está despierto, la mecha ya se encendió, la espoleta detonó, el percutor martilló. Esa voraz, irrefrenable, reacción en cadena tiene nombre: Heisenberg. Todos, todos, saludamos al puto amo.

La serie abre con un W.W. cautivo del sonido de las sirenas, un hombre común en estado de desesperación,  acechado, con la cabeza taladrada por el propósito mecánico e inquebrantable del acecho. Pero después será Heisenberg el que haga saltar las alarmas, el que deje sumido a todo Albuquerque en el estridente y perturbador elemento sonoro; una ciudad entera que todavía tiembla y se tambalea con todos sus dispositivos de alerta disparados por un estruendo bíblico, una onda de choque causada por el principio al que suscriben todos los lineamientos de la serie: la incertidumbre en el impacto de las probabilidades. No sabés lo que puede pasar.

All hail the King. Walter White está obsesionado con los legados (figura que disfraza debajo de la fraternal obligación de proveer: “un padre debe proveer a su familia”), con la capacidad humana en todas sus dimensiones. Walter aplica conocimientos teóricos, que en un académico no bajarían del Olimpo abstracto del concepto, para manufacturar dispositivos cotidianos que más de una vez lo salvarán del peligro. Pero ese hacer, esa meticulosidad ritual, quisquillosa pero no obstante práctica, pierde sentido en la criminalidad. En ese territorio que pasará a ser su ambiente, el hábitat predilecto de ese insecto devorador, Walter se libera de las utilidades. Mr. White es libre en el magma del crimen. Y el pretexto de su potencial perdido, malgastado, se convierte en la excusa (y la esclusa) de otra liberación, mucho más extrema, mucho menos consentida por la sociedad. La criminalidad es el conducto que le permite canalizar con una fuerza inesperada y desconocida su potencial, sus capacidades ocultas, apisonadas por esa alfombra de casa de clase media norteamericana. Es un personaje que encuentra en el crimen el fundamento de su identidad pero, más aún, la única posibilidad de erigirse como hombre libre. Para Walter White el crimen es sinónimo de libertad (resuenan aquí los tremendos personajes de Roberto Arlt).

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Walter encontró en la criminalidad y en la ilegalidad la forma de liberar sus potencias prescriptas, pero al liberarlas en ese medio contaminó la calidad, la pureza, de esos talentos almacenados. En el hábitat criminal no afloran únicamente las latencias positivas y las cualidades nobles. Para subsistir, asomarán espontáneamente otras facultades, aquellas que recluimos a la fantasía, al sueño, a la noche, al cine. Y para quien ha vivido tanto tiempo bajo la pequeña y asfixiante sombra recordatoria de que pudo, y debió, haber sido más grande, probar el metal agrio del crimen, el sudor helado del peligro, la libertad infinita de contravenir la Moral, puede ser simplemente un viaje de ida, un descenso sin garantías al infierno; no porque no sepa cómo desenvolverse en un terreno demasiado pantanoso para toda una vida de pacatería, sino porque ese cenagal le puede resultar de un aroma más vivo, aunque se pudra en la pestilencia y apeste cada vez más.

Reacción en cadena. La urgencia. En Breaking Bad los personajes nunca tienen demasiado tiempo para analizar los actos, porque ya hay que lidiar con las consecuencias que se desencadenaron (gran acierto de la serie, que por eso conDensa el tiempo representado en dos años de la vida de Walter White). Su narrativa es una reacción de cadena irrefrenable, un tren que no se detiene, metáfora que gusta usar Walter. Podemos decir que Breaking Bad es una extraña historia de maduración. Liberar el potencial y dejarlo florecer. Pero de una maduración tan abrupta como la ráfaga de una combustión, un proceso que para analizarlo debe ser estudiado en retrospectiva. Cadenas de acciones y reacciones que dejan en Walter las secuelas de un precipitado moral. Sin embargo, nunca hay demasiado tiempo para la reflexión, porque otra reacción ya sobreviene y hay que ponerse en marcha. Walter elabora la tesis de su identidad y se constituye como sujeto sobre la marcha, sobre rieles, nunca más lejos del panfleto, del testeo y la corroboración de la hipótesis. Y este es un regalo de la serie: Walter se convierte en Heinsenberg delante de nuestros ojos, en una metamorfosis tan terrible como irrefrenable.

Breaking-Bad-Vintage-Poster-1318434509Inteligencia emocional. La admiración de medio planeta por Walter White es al menos extraña, o llamativa. Porque es un personaje patético, vergonzoso, chapucero, improvisado, torpe y, sin embargo, sencillamente genial. Sucede que W.W. utiliza todo el espectro de la bajeza humana, una zona de colores emocionales y facetas corporales que ningún villano se permitiría exhibir. Walter maneja ese espectro, esa paleta de tonalidades en que articula todos los tonos de la miseria humana y le saca provecho. En su registro de voz, que fue bajando a medida que se convertía en Heisenberg, Walter articula en ese aparato fonador infame todos los sonidos de la vulnerabilidad, hasta llegar al intimidante grave, seco y cavernoso de la amenaza. La garganta de Walter es un xilófono. En esa caverna de sonido, capta el pulso de la situación que lo rodea y saca la nota justa: ira, ruego, falsedad, desesperación. Walter es antes que nada un farsante, un admirable actor.

Nunca hubo un villano con más aspavientos, creo que todos recordamos las manos en alto de Walter, pidiendo por favor, o las palmas hacia adelante cuando una situación lo sobrepasa y responde como lo haría alguien “normal” en esa misma situación, el ceño fruncido, la boca abierta y las manos batiéndose como alas de mosca, exasperado por la urgencia y el fulgurante arrepentimiento por lo que acaba de hacer.

Walter White es una alimaña corporal. ¿Qué antihéroe prosigue a Walter White?

Una mañana, Walter despertó y era un escarabajo. Es el escarabajo, es Samsa, con la manzana pudriéndose incrustada en su costado, y no le importa. Lo peor es que no le importa. “Una mañana, Walter se despertó y era un escarabajo”. La genialidad de Walter, su genialidad moral, es haberse despertado siendo un escarabajo y jamás, pero jamás, haber sentido vergüenza por eso ante los demás. Walter (y aquí, odas a Roberto Arlt) se ampara en la conciencia de clase media para cagarse en el Evangelio según la Sociedad. No siente vergüenza ni remordimiento. Esa retícula que la sociedad construye y teje a nuestro alrededor para que en la toma de conciencia y en la reflexividad inmediata experimentemos los trazos de los círculos sociales sobre nuestro cuerpo. Esa retícula de miradas condenatorias, juicios reprobatorios y latigazos de pudor que nos damos los unos a los otros. Walter está vivo, está más vivo que un insecto, que una garrapata agarrada a la sangre, que sólo conecta con el mundo para saciarse de él… Walter no tiene demasiado tiempo para la reflexión y cuando llega al acto reflexivo, lo vemos racionalizando y, como la lógica Nazi, racionaliza para quitar peso, no moraliza a quien tiene que matar, lo conmuta. En la lógica de Walt no gravita la pesadumbre moral, se convirtió en un titiritero tan magistral que él mismo es un muñeco de sus eximias maniobras psicológicas. Es esencialmente un personaje que está vivo. Un personaje patético, en calzoncillos, arratonado en el piso con la nariz hinchada y los ojos morados. No sé de un personaje más vivo que Walter White.

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Por lo demás, nunca se tomó el trabajo de aprender a usar un arma, de saber lanzar un golpe de puño; no sabe ni dar una patada (aunque, ahora que lo recuerdo, su conversión comienza con una patada, tal vez la única que dio en toda su vida), en principio porque nunca tuvo tiempo, pero más que nada porque ese tipo de violencia no va con él, desprecia ese tipo de preparación/entrenamiento. No obstante, Walter respeta y pondera la estrategia. La antelación intelectual a la ejecución de los movimientos físicos, tácticos. Su mejor enemigo, Gustavo Fringe, es una araña. En un episodio, Walter le cuenta a Jesse una historia de guerra, la historia de un cañón incombatible, ese cañón se llama (adivinen) Gustav. Y ese relato que remite de forma directa a su archienemigo es la alegoría perfecta de cómo derrotarlo. Vuelvan a ver esa escena y en la descripción que Walter da del cañón Gustav está escondida la estrategia con la que derrotará a su mejor enemigo, Gustavo Fringe. Es que Walter aprendió de Fringe, pero prefirió seguir siendo el escarabajo. Un escarabajo agazapado en la mejor saliente de mugre: el mito. Walter decide convertirse en un nombre: Heisenberg. No tiene más que eso, pero el resto del mundo teje la trama por él. Walter, en una apertura de episodio memorable, dice: “Say my name”, porque él no necesita pronunciarse. Otros lo hacen por él. Walter utiliza la intimidación mejor que el pez globo, cuando le dice a Jesse “¿Quién se mete con el pez globo?”, inflando esos mofletes como alguien que le habla a un niño. Walter echa la bola a rodar, el principio de inercia, la ley de movimiento sostenido, y la credulidad, la necesidad de creer del ser humano, harán el resto: convertirán esa pelota en un gigantesco amasijo que domina el desierto de Nuevo México. Que nadie conoce del todo, pero todos llaman Heisenberg!!!

El principio de incertidumbre (Heisenberg). Como el buen, nato, completo químico que es, Walt usa los componentes de la emoción a su favor. Y golpea por la espalda a sus enemigos, cómplices circunstanciales, partners, con un cachetazo de humanidad. Les recuerda que son capaces de sentir. Y mejor que no sientas si estas en el radar de Heisenberg. Siento, luego existo, luego expuse mi punto débil. Y esa es la habilidad más condenable de Walter White, su inteligencia emocional. Sabe explotar, como los dispositivos que fabrica, sentimientos como la devoción, el amor, el remordimiento o el odio. Walter te trabaja para que Heisenberg te coma vivo. Su introspección personal se proyecta en la manipulación de los demás. A Walter, que tiene el ego del tamaño de un elefante y una sed insaciable de revancha, no le perturba en lo más mínimo que lo vean como lo que es: un escarabajo, pero un escarabajo que puede metérsete bajo la piel.

breaking_bad_mejores_momentos_Seguir experimentando la sensibilidad humana le ofrece un reconocimiento del terreno de batalla, un avistamiento de las trincheras enemigas del que los demás personajes no disponen. Walter les recuerda que, después de todo, sociópatas y todo, son humanos. Les quita la máscara, los expone en su humanidad y los aniquila. Walter White es un sujeto de pasión, una pasión que inmediatamente rectifica con la lógica, con la razón fría y calculadora que le permite encontrar el punto ciego donde golpear a sus enemigos. Lee la pasión humana y la utiliza. Sabe si tiene que manipular el miedo, el ego, la obsesión de Hank, la necesidad de redención y el sentimiento de orfandad de Jesse, la culpa protestante de Skyler, el oportunismo mezquino de Saul, la autosuficiencia y la lealtad de Mike, la impulsividad de Tuco, la prepotencia de Declan (personaje del cartel mejicano), la ingenuidad y la búsqueda de aprobación de Todd, la ira vengativa de Héctor Salamanca, el arribismo histérico de Lidia, la tirria ansiógena de Marie y, para lo último el mejor, esa araña inmutable que es Gus Fringe. Una araña que parece vivir únicamente para mantener su tejido táctico impecable, un personaje que actúa por estrategia, siempre. Fringe es el genio de la estrategia. Aún cuando actúa por impulso y ejecuta una acción brutal que parece una muestra de poder en sí misma, sin ningún otro propósito, como la acción que ejecuta en el episodio de Box Cutter, detrás reside un interés oculto (más adelante, Walter le explica a Jesse: “quizás no lo hizo por una demostración de frialdad asesina, quizás lo hizo porque alguien estaba metiéndose donde no debía”). Fringe es inmensamente napoleónico, tanto que puede ocultar un movimiento estratégico detrás de lo que parece ser un acto impulsivo. Todo lo que hace Fringe tiene una utilidad pragmática premeditada, no hace nada que no haya calculado previamente, aún en la inmediatez. Y ese, Gus, es tu maldito punto débil. En la vida, los seres humanos ejecutamos actos inconducentes, sin propósito, medios que se agotan en sí mismos y no conducen a ningún fin. La genialidad de Walt (qué personaje genial) consiste en poder convertirse en la imagen especular de Gus Fringe, pero sumido en el caótico elemento de la desesperación. Puede pensar con la velocidad de Fringe pero sin disponer del entorno controlado de su enemigo, que está contenido por una elaborada infraestructura y un tejido mafioso diseñado con décadas de pergenio. Walt puede pensar como Gus, pero en la inmediata desesperación. Y Walt sabe que Gustavo Fringe no ejecuta un solo acto, no hace nada si no es transitivo, si no tiene una aplicación rentable, un propósito táctico. Gustavo es el más capitalista de los villanos (después de todo, es el dueño de una de las cadenas de comida rápida más grandes del sur de Estados Unidos -sí, Vince Gilligan y sus escritores se lo han pensado todo).

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En un universo que tiende al caos (recomiendo ver y volver a ver el episodio “Fly”) siempre queda un remanente, un residual, aún en los enviroments más controlados, como es el de un laboratorio. Incluso el laboratorio más hermético es vulnerable a la contaminación. Contaminación humana. Solamente un personaje como Fringe pudo haber montado ese laboratorio, porque su disposición espacial, su topología y arquitectura, repite su matriz de pensamiento. Walt (en el episodio “Fly” –donde su estado paranoide se asocia directamente a una mosca que se posa sobre un punto rojo de luz titilante, que es el sensor de una alarma de incendios, indicando que está activa y que puede saltar en cualquier momento) pesa y vuelve a pesar en la balanza el producto, la valiosa metanfetamina, saca cuentas pero los números no cierran. Es el elemento residual que falta, que no comparece. Entonces, una maquinaría perfecta que funciona sólo a partir del núcleo del propósito tiene que desprender algún elemento remanente. Gus Fringe, el hermético, imperturbable, estoico, flemático, químicamente invariable, Gustavo Fringe, esconde el peor de los residuos: una rémora. Un lastre. Gus Fringe será golpeado en el centro de su resentimiento.

El resentimiento de un suceso pasado que le caló los huesos, y cada tanto debe dejarlo salir como si fuera bilis. Tiene que liberar el veneno que lleva en las entrañas para poder seguir siendo impoluto, pero sobre todo productivo, fordiano, taylorista, porque el resentimiento es una pasión improductiva, gratuita, derrochadora. En el odio resentido, en la liberación de un odio latente, un odio potencial trabajado por napas de resentimiento, Walt sorprende a Gus. Desde la voz gutural del atragantamiento de la ira le habla Gus Fringe a Héctor salamanca; es otra persona cuando le habla a Salamanca, es: visceral. El hombre sin pasiones tenía oculta una pasión detrás de un sentimiento que lleva en sí mismo, en el vientre, un propósito: la venganza. Gus, inteligente y sádico como solo él puede serlo, aplica (extiende) la venganza en un pacto de paz. El gesto de bonhomía de dejar vivo a su enemigo no es otra cosa que la venganza extendida en la tortura moral, “vivís para que yo sepa que seguís sufriendo”. Pero Héctor Salamanca sigue vivo porque, como enemigo, es el único vínculo pasional de Fringe en la tierra. Detrás de lo que parece una venganza cruel -dejar vivo a alguien que desea morir- se oculta una pasión corrosiva, inconducente, intransitiva, improductiva; una pasión residual que Gus no se debía permitir, que debía haber eliminado de su maquinaria fordiana perfecta, de su infraestructura de camiones, fábricas, lavanderías y laboratorios. Porque en algún momento Heisenberg iba a dar con esa napa de humanidad. Heisenberg huele la pasión y la emoción humana, pero sobre todo la huele y la reconoce desde su axioma axial: toda pasión humana es rentable. El Guasón en una posición corporal predilecta, convergente con su psiquis, ilustra a Batman: colgando del precipicio cabeza abajo, sujeto por una cuerda que su enemigo enmascarado puede soltar a merced, en ese vaivén extremo, paladeando el sabor agrio del vacío, le suelta con esa lengua (que se relame todo el tiempo): “ya ves, la locura es como la gravedad, solo necesita un leve empujón”. A ese mismo principio de la dispersión suscribe Heisenberg, el reconocimiento de que sólo hay que encontrar el punto de apoyo exacto de cada individuo, elegir donde presionar y éste se dejará llevar al extremo. Basta que le suelte al pasar, así nomás, a su cuñado Hank, que Gareth no puede ser el Heisenberg que tanto busca, para que Hank salte al barco de su obsesión otra vez y, a impulso de puro ego en las velas, vuelva a perseguir a su ballena blanca: la meta azul. Todos tenemos un extremo y W.W. es microscópico en su detección. Detecta la pasión, encuentra tu punto de emoción y allí aplica otra ley física, casi rudimentaria para su genio: hace palanca donde más duele y, por ende, donde menos lo esperan.

BreakingBadMessFELINA. Así se denominó el último capítulo de Breaking Bad.  “Felina” es la unión de Fe (Hierro), Li (Litio) y Na (Sodio), tres elementos de la tabla periódica predominantes en la sangre, la metanfetamina y las lágrimas, respectivamente. En farmacología, encontraron para el litio el rol biológico de ser un catalizador que incrementa la permeabilidad celular y actúa sobre los neurotransmisores, favoreciendo la estabilidad del estado anímico. Se lo utiliza sobre todo para tratar trastornos de manía en bipolaridad. En una sociedad con una moral de dos cabezas, sometida a la urgencia descomunal y las presiones sobrehumanas que impone el consumismo a los individuos, la estabilidad química está a la orden del día, prescripta y recetada a plumazo de buen psiquiatra, para que podamos dormir, para que podamos mantenernos en la cuerda del equilibrista inexperto, químicamente estables.

Ningún amante de Breaking Bad puede recordar la secuencia final de la serie sin que esos tres elementos (FeLiNa) se revuelvan convulsivamente dentro suyo, con los neurotransmisores estallando como válvulas a presión, y acaso esa turbulenta mezcla de pasiones se condense helada en el recuerdo de toda la locura vivida y destile (sobre la herida), aún negándose a ello, una lágrima de sal.

My baby blue.