Por Luciano Alonso.

A un tris de ser una película genial, apenas llega a ser otro intento frustrado por hacer algo extravagante, que equivoca el método. Lo que, por otra parte, se ha convertido en algo bastante habitual en el cine contemporáneo. Evidentemente, hay nuevas búsquedas narrativas por parte de los realizadores cinematográficos, y es posible percibir cierta tendencia a la mutación de los géneros clásicos. Lo que, a priori, no me parece mal. No soy un espectador atemorizado por el peligro que pueda representar una película de vanguardia. Antes bien, me interesa sorprenderme ante la pantalla. La cuestión es cómo y de qué manera somos capaces de sostener una propuesta atípica.
           
Samurai tiene tantos logros y tantos momentos excelentes, que me da pena señalar los errores. No me gusta la idea de ponerme en criticastro ofendido. Pero, en honor a la verdad, es una película fallida. Tristemente fallida. Parte de una idea excelente, tiene unos actores increíbles, la caracterización de los personajes es muy lograda, la fotografía es bellísima, la alternancia de blanco y negro y color está utilizada con gran acierto, los pasajes oníricos son convincentes y conmovedores, y creo que podría seguir señalando cosas buenísimas, pero falla.
La cosa es así: si uno va a realizar una película extravagante, se la tiene que jugar al todo por el todo. Si no, bien puede contar una historia a la manera usual y nadie va a quejarse. Ahora que si uno realiza una película extravagante, pero se arrepiente a mitad de camino, lo que queda es una obra fallida, olvidable y triste.
           
La historia transcurre a finales del Siglo XIX, en algún lugar remoto de Argentina. Entre las montañas, vive una familia de japoneses. No se explica cómo llegaron hasta allí, pero no importa. (No es ironía, de verdad no importa). El abuelo de la familia fue samurai y, hasta su último aliento, revive una y otra vez la leyenda de Saigo Takamori, el rebelde samurai desaparecido en acción que acaso regresará, para reinstalar en Japón cierto orden perdido. Antes de morir, el abuelo le dice a Takeo, su nieto, que Saigo está cerca y regresará. Entonces Takeo parte a caballo buscando a Saigo y, en el camino, se encontrará con Poncho Negro, un lisiado de la Guerra del Paraguay que se convertirá en su compañero de ruta.
           
Esta es, digamos, la arteria principal, el argumento que sostiene toda la película. Este argumento es genial. El improbable cruce del género gauchesco con el género chambara (como se conoce al cine de samurais) es una idea brillante. Sin embargo, una vez que esta idea está planteada, la película derrapa. Es como si el director se hubiera quedado sin otras ideas o sin nada más que decir. El problema es que todavía queda una hora de metraje y no se puede improvisar sobre la marcha. ¿O si?
Que se entienda: no me molestan las películas o las historias en las que no se cuenta nada. No me molestan, siempre y cuando la intención del narrador sea la de no contar nada a propósito, acaso para que su historia funcione como metáfora o lo que sea. Pero una cosa es no contar nada porque uno prefiere callar, y otra cosa es no contar nada porque no hay nada para decir. Qué bueno habría de ser que los narradores entendieran que si no tienen nada que decir, es mejor guardar silencio.
           
Takeo parte de su casa, acaso para no regresar jamás… En el camino conoce a Poncho Negro, viajan juntos, se quedan sin comida, consiguen trabajo. Takeo abandona a Poncho Negro, regresa (sin gloria) a su casa, luego Takeo parte nuevamente, vuelve a encontrarse (por azar) con Poncho Negro, vuelven a viajar juntos. Takeo se enamora, Takeo va, Takeo viene, hace cosas absurdas, la línea argumental se parte en mil pedazos, derrapa. La sensación es que ya no sabían qué más hacer y van probando sucesivas historias, con la esperanza de que alguna resulte interesante, pero ninguna resulta interesante y, al final, ya estamos hartos de Takeo y de todo y, cuando termina la película, es un momento de alivio.
           
Que se entienda: no me molestan las historias en las que hay deriva, en las que no está claro el rumbo de los acontecimientos. Al contrario, suelen ser historias irritantes, pero valiosas. Pero es muy diferente perderse con los personajes, que observar todo desde afuera.
           

Lo repito, Samuraipodría haber sido una película genial, pero no lo es. Se vuelve tediosa y aburrida a fuerza de fracasar en su intento de contar una historia atípica, sin saber cómo.