3-1024x640Dice el refranero popular: “Un pelo de concha tira más que una yunta de bueyes”. Dicen subjetivamente en su idioma semi-minion los marcianos de la gran Mercano, el marciano (2002), antes de ir a rescatar a Mercano de la Tierra luego de que la marcianita sexy los agitara para tal evento: “Un pelo de marciana…”. Diría el refranero popular inclusivo malenapichotista actual anti macho-patriarcal: “Unx pelx de cxnchx tira más que unx yuntx de bueyos y bueyas…». En fin, los refraneros populares dicen estas cosas con su sabiduría eterna, y la película de Belón parece intentar anclar un eje argumental en esta metáfora, pero, lamentablemente, dicho eje se vuelve muy difuso -sobre todo, genéricamente hablando- y le da envión a un trompo desbocado de hora y media que se atropella solo en su propia confusión estética.

Carlos Tévez, hace ya varios años, en una entrevista, creo, de algún programa de Fantino, contaba que cuando Boca -en las épocas en que no tiraba gas pimienta y abandonaba la cancha- jugó la final Intercontinental contra el Milán, al ver a Paolo Maldini enfrente, “le pareció muy lindo para jugar al fútbol”. En Sangre en la boca, Sbaraglia y Eva De Dominici son muy lindos para ser boxeadores. Belón, entonces, los “gronchoriza” rápidamente y el personaje de Sbaraglia (Ramón “el Tigre” Alvia) termina siendo una torpe cruza entre el Guevarita de Laport y un Bonavena de cotillón salido de Las Cañitas, mientras que la Deborah de De Dominici termina apelando a una especie de Zamba (el chico formoseño que hablaba con fuerte acento porteño) misionero, debido a la creencia en que aspirando las “s” se transforma justamente en misionera (y/o chica “del interior”, como a cierto porteñismo de ocasión le gusta estigmatizar). En esta predecible impostura de “transformación”, el gen fallido de la película se comienza a incubar y crecer y crecer tendiendo al bodrio más que al melodrama clásico, aunque sin alcanzarlo del todo.

Por esta razón, el gimnasio donde entrena “el Tigre” tiene a su típico entrenador “Mick” (Mario, interpretado por Claudio Rissi) y, aunque esté ubicado en una especie de galpón rústico y húmedo, ¡todas las bolsas, pesas y guantes, e, inclusive, pósters, son nuevos, recién estrenados y sacados de un comercial de casa deportiva para la película! Igual que el outfit de gimnasio cheto que calzan “el Tigre” y Deborah cuando salen juntos a entrenar. Alvia jamás fue campeón del mundo -apenas ha sido campeón sudamericano de su categoría- pero anda en BMW (como si Sbaraglia nunca se hubiera terminado de bajar de la película de Szifrón) y vive en una casa con estética yanqui que muestra una pretenciosidad bastante lejana al presente de un boxeador argentino de estas características. Lo mismo pasa con los tatuajes que calza en la piel y que parecen pintados con fibra indeleble diez minutos antes de cada escena, que, para colmo, como no puede ser de otra forma, dicen los nombres de los hijos del boxeador a cada lado de su pecho. Igual con los combates, todos realizados contra púgiles profesionales, donde el intento de realismo, definido por un alarmante y desconocido manejo de cámaras y de ángulos propios del boxeo, termina conspirando en contra, precisamente por su obvia impostura. Impostura que se potencia en las (promocionadas) escenas de sexo entre Sbaraglia y De Dominici (que son varias y que, salvo la de la cocina contra la mesa, no calientan demasiado) y donde casi siempre terminan cerrando los planos para que se noten la mitad de las tetas o la mitad del culo de la actriz y ni siquiera el vello púbico de Sbaraglia que, encima, tiene que ser (hacer de) un macho bravío y semental en cada escena en la que aparece en bolas con una chica por lo menos veinte años menor que él.

sangre en la bocaPues bien, en medio de toda esta artificiosidad estética más que argumental, la historia intenta encontrar su textura en la relación -sexual, más que erótica, y paternal más que amorosa- entre “el Tigre” Alvia y Deborah: él, que se ha retirado del boxeo pero quiere seguir peleando incentivado, quizás, por el shock de vitalidad que le imprime su inmediata e inevitable relación sexual con la juvenil Deborah, y ella, que en el mismo gimnasio donde él  entrena intenta torpemente, a lo Millon Dollar Baby (2004) del gran Clint, hacerse la América boxeando y huyendo de su Misiones natal con todas las privaciones que, al parecer, tuvo durante su sufrida infancia sin padre.

Alvia y Deborah se la pasan garchando desde que se conocen. El boxeador deja a su familia, con esposa y dos hijos, y se acomoda con Deborah a garchar y entrenar en un galpón olvidado y escondido que fue la vieja herrería de su padre fallecido. Y listo. No hay mucha más historia que esa por más amague que haga Belón al mostrar las relaciones familiares disfuncionales de “el Tigre”, las paternales-edípicas de Deborah y la clásica épica rockybalboísta (de fondo) con la que el género de películas de boxeo nutre maravillosamente a estas mismas películas. Hay managers corruptos, entrenadores sabios, punteros políticos, pensiones de mala muerte, dinero dudoso en sobre, pobreza, trabajo precario, ostentación y el ocaso de un boxeador cuarentón que está a punto de perder todo lo que le costó –luchando– ganar en la vida pero nada más, o nada menos. Se muestra pero no se profundiza, se sugiere pero no se concreta, y las tetas y el culo de De Dominici parecen, por momento, ser todo el atractivo de la película, que termina deviniendo a los tumbos en un cierto melodrama erótico de baja monta, por pudor más que por ambición estética o genérica.

Pero está la irremediablemente bella actriz italiana Erica Bianchi haciendo de la esposa italiana de “el Tigre” y la película se salva. ¡Qué linda que es! Encima habla con ese acento cruzado y enamora perdidamente: el italiano tiene esa maravilla expresiva de ser el idioma más dulce del mundo o el más bruto, o ambas cosas al mismo tiempo y Erica Bianchi (Carina en la película) lo demuestra en cada escena en la que tiene que putear a su infiel marido o demostrarle el amor que siente, casi, con la misma intensidad.

11070137_811370168910974_2908602643813299459_nEn su poema Mattina, el gran, pero gran, Giuseppe Ungaretti escribía como poema de un solo verso: “M’illumino d’immenso”. Tan bello todo lo que hay allí que ni hace falta traducir pues sólo el italiano con su musicalidad y su gramática lo puede decir. Lo mismo pasa con cada gesto de Erica Bianchi, con cada llanto, lágrima, risa y sonrisa que muestra y demuestra en la película. En italiano o español, lo que dice y hace no necesita traducción y su belleza colma una película que, de tan sobrecargada, se termina rebalsando y vaciando a sí misma casi desde la escena inicial, donde se presenta a Ramón Alvia filmando parte por parte su supuesto cuerpo de boxeador listo para la batalla.

Sin embargo, hay un detalle a rescatar: los últimos cinco minutos, después de la pelea final de “el Tigre”… Cuando llora de dolor en el ring… Ahí, y sólo desde ahí en más, después de hora y media de duración, la película realmente parece querer empezar -sobre todo a un nivel psicológico interesante- pero, se termina vertiginosamente y sólo (nos) queda el recuerdo de la imagen inmaculada de Erica y su acento irresistiblemente italiano, el bailecito cumbianchero de De Dominici que le pondría los pelos de punta a Cris Morena junto a sus “s” aspiradas, sus ultra sensuales dientes delanteros separados, y los tatuajes truchos de Sbaraglia que dan gracia y el hecho de que garcha como si fuera un chongo desequilibrado de película porno a lo Victor Maytland (que claramente no es); queda, en definitiva, una película con más sangre en el ojo que en la boca, con más simulacro de historia que historia en sí, con más… Erica… Erica preparando las bebidas y la ensalada en un asado… Erica hablando de la AFIP… Erica, hermosa, alentando desde el ringside… Erica maquillada… Erica sonriendo… Erica hablando en su italiano bellísimo y diciendo toda brotada con lágrimas ardientes de ira en los ojos “este país de mierda”, qué bella… pero qué bella es ella[1].

[1] En realidad, cuando hablo de Erica Bianchi, a la que acabo de ver por primera vez en esta película, estoy hablando de otra italiana (aunque es mitad argentina): Una mucho más cercana, íntima, romana, inolvidable que se me apareció metonímicamente viendo esta película y me ayudó a aguantarla hasta el final.

Sangre en la boca (Argentina, 2015), de Hernán Belón, c/Leonardo Sbaraglia, Eva De Dominici, Erica Bianchi, Osmar Núñez, Claudio Risi, 97′.