9_A-girl-walks-home-alone-at-nightEl título plantea una situación muy específica: una mujer camina sola por la calle y de noche. Esta imagen es más que la simple descripción de un acto, define una osadía que, por ende, visibiliza un peligro. En el afiche, además, se nos presenta la figura de una mujer vistiendo un chador (prenda femenina iraní que cubre absolutamente todo el cuerpo, menos la cara, y queda abierta por delante), pero el contexto geográfico implícito de la situación, aunque parezca un agravante, no es lo que determina su carácter de alerta: una mujer caminando sola de noche genera inquietud en Irán, acá y en la China.

Claro que partimos de una mirada atravesada por el orden paternalista dominante que incluso llega a manchar hasta a los más progres, como fue el caso de Liniers y su fallida gráfica para la campaña Ni una menos que enseñaba a una nena con el puño en alto, los ojos cerrados y llevando un oso de peluche en su otra mano. Vale decir, una imagen infantil, frágil y vulnerable en lugar de la de una mujer aguerrida, con la frente en alto, los ojos y la garganta abiertos de pura libertad. Sin que la mujer del afiche de A Girl Walks Home Alone at Night transmita esta idea tampoco, la boca roja que asoma debajo de los ojos blancos dan cuenta de una actitud al menos agresiva. La pesadilla de la castración que comanda al machismo no sobrevuela en la película, más bien se inscribe a trazo grueso con absoluta deliberación en al menos dos escenas: aquella en la que la protagonista cercena con sus dientes uno de los dedos de su primer víctima, y otra en la que amenaza a un niño de la calle con arrancarle los ojos si se porta mal, eco de El hombre de arena de Hoffman.

La preocupación generalizada por el incremento de la violencia de género a nivel global (de la que se dirige contra el hombre se habla poco y prácticamente no circulan estadísticas, aunque no se verá excluida en la película) es lo que le sirve a Ana Lily Amirpour para asegurarse un efecto determinado sobre el público sin importar su origen. Este principio también atraviesa a la película en su totalidad ya que, si bien transcurre en Irán, su acción se da específicamente en una ciudad fantasma y ficticia (cuya locación real es California) y el tono general de su puesta está lo suficientemente occidentalizado como para que aquella familiaridad no se vea alterada. Todo lo que sucede en la superficie de la narración podría ser desplazado a cualquier otra ciudad sin precisar demasiadas modificaciones. El único elemento crucial que se perdería en ese caso sería el chador, cuya relevancia termina siendo solamente estética. A Girl Walks Home Alone at Night es una película que pone, valga la redundancia, lo estético en primer plano (la fotografía en blanco y negro, el uso de la música y las secuencias videocliperas lo afirman).a-girl-walks

La protagonista (Sheila Vand), una chica vampiro sin nombre que camina, sí, pero también anda en skate con su
chador
abierto al viento como si se tratara de una larga capa medieval, o de las alas de un murciélago a punto de volar, no lleva ese vestuario para adecuarse a la sharía (la estricta ley islámica que rige en su país y que no se explica en la diégesis de la ficción) sino como un atuendo que reviste su espíritu noctámbulo, solitario y taciturno (de hecho, es la única que lo lleva de todas las mujeres que aparecen en la película).

Para que la subversión de los valores sociales que someten a las mujeres sea posible es necesario hacer lo mismo con aquellos que se imponen sobre los hombres. Así como la protagonista vaga sola por las noches tras víctimas únicamente masculinas con el fin de alimentarse, su contrapunto (pronto partenaire, más tarde enamorado y finalmente ¿presa?) es Arash (Arash Marandi), un joven que aparenta la misma edad y que se presenta como un chico rebelde que ha trabajado duro para conseguir lo único que tiene: un auto de colección. Pero la apariencia de James Dean le dura menos que el corte de montaje e inmediatamente queda preso de un padre adicto a la heroína cuya deuda con el dealer es saldada a la fuerza con su auto.

Ahora bien, ¿qué imagen nos muestra Amirpour entre una cosa y otra? A ese padre inyectándose mientras la televisión de fondo transmite un programa de contenido recalcitrantemente machista. El conductor se dirige a la audiencia femenina de esta manera: «Queridas señoras con familias, cuidan de sus casas, cuidan de sus hijos, de sus maridos. Y sus maridos traen el dinero a casa. Felicidades. Pero prepárense. Un día, todo cambia. Tu marido encuentra una nueva esposa, una mujer diferente, una mujer joven. O quizás tu marido tiene un infarto y muere. Esas cosas pasan.» Lo que este montaje paralelo explicita es el posible resultado de aquello que el discurso televisivo omite: qué es del hombre o de esta clase de hombres si la mujer se va o se muere.

Quien se ve obligado a ocupar el lugar de la esposa y madre ausente en ese hogar es Arash. Tampoco debería sorprendernos la pasividad que le es adjudicada si ya percatamos que se nos presentó robando a un gato y haciéndose el macho con un nene chiquito. Su virilidad es tan impostada como impuesta. La fuerza que le es naturalmente otorgada a la protagonista (la mujer), para Arash (el hombre) requiere de un proceso externo de preparación. En el cruce entre estos personajes se esboza el encuentro entre dos tradiciones: la del gótico femenino y la de los relatos de crecimiento o aprendizaje. Pero, además, entre ambos -hombre y mujer- como perfecta confluencia de sus naturalezas, una travesti que con apenas dos apariciones altera los sentidos de la narración y diluye las oposiciones que los dividen, encarnando una forma de libertad: la del cuerpo que no se define en la genitalidad y que, por esto mismo, no puede ser encasillado en ningún rol.

a_girlSobre apariencias engañosas va la película y no me refiero sólo a las de los actores del relato, y lo que atañe a la puja entre los sexos. La preponderancia de lo visual evita que la película se convierta en testimonio realista de una coyuntura social específica para, desde la universalidad que habilita el género, dar lugar a una experiencia estética que se despliega sobre mitos e inquietudes reconocibles o comunes a toda cultura, donde se cuelan detalles atendibles a la hora de señalar cuestiones que sí tienen que ver con ella. Entre los varios planos que acompañan los títulos, y que se repiten luego, la cámara se detiene sobre unos pozos de petróleo que, unidos a la temática principal de la película, manifiestan el avance del vampirismo petrolero europeo sobre Irán, el país con la tercera reserva más grande del mundo. De los pozos petroleros a la aguja con heroína inyectándose en el pie del padre y el funcionamiento abusivo del mercado que consume a sus consumidores. La sangre, por efecto de la fotografía, es negra. Los cuerpos se usan, se descartan y acumulan mientras el dinero circula incesante. Una operación similar puede verse en la escena en que Arash se encuentra en un boliche de moda con la chica que desea, inaccesible por escala social y por ser la hija de sus patrones. Desde la subjetiva de él vemos, entre los efectos de alguna droga de diseño, la música electrónica y las caras que lo rodean, una persona llevando la máscara de Reagan, reviviendo así la perversa relación carnal entre los Estados Unidos e Irán a mediados de los 80´s que originó el Irangate.

Vampirismo con poca sangre, historia de amor sin besos, western sin duelo final, la película se patenta como la reverberación posmo-melancólica de todas sus influencias. Los géneros clásicos que se entretejen en la película (el de vampiros, el spaghetti western y el coming-of-age), sus épicas y sus mitos, sirven como excusa para dar cuenta de problemáticas sociopolíticas actuales y concretas al mismo tiempo que -y tal vez paradójicamente- parecieran funcionar como refugio de un presente amoral que se escuda tras discursos religiosos y morales para garantizar el funcionamiento siniestro de un sistema superior que nada tiene que ver con lo sagrado.

Una chica regresa sola a casa de noche (A Girl Walks Home Alone at Night, Estados Unidos, 2014), de Ana Lily Armipour, c/Sheila Vand, Arash Marandi, Marshall Manesh, 101’