Dos propuestas del cine de Europa del Este, si bien diferentes en su abordaje, coinciden en la cartelera local en el marco del revisionismo histórico de las consecuencias que dejó tanto a nivel social como subjetivo una de las guerras más devastadoras de la historia de la humanidad como fue Segunda Guerra Mundial. La primera es 1945 (2017), del director húngaro Ferenc Török, que fue nominada en una de las secciones de la edición 2017 del Festival Internacional de Berlín, y la segunda El intérprete (The Interpreter, 2018) del director eslovaco Martin Sulík.

1945, entre la culpa y la impunidad. 

El húngaro Ferenc Török, en blanco y negro y situando la acción meses después del final de la guerra (como nos informa la radio mientras se afeita uno de los protagonistas), busca acercar al espectador a una ficción, si bien filmada hoy, cercana a la vivencia acaecida en ese momento histórico (como lo hace también explícito el título), donde son las brigadas rusas que liberaron la región de la tiranía del nazismo las que empiezan a cobrar protagonismo territorial.

La acción se sitúa en un pequeño pueblo rural de Hungría. El hombre que se afeita es István Szentes (Péter Rudolf), el Secretario del pueblo, mientras su hijo Arpad (Bence Tasnádi) despierta a la madre porque deben realizar las preparativos de su boda que se celebra por la tarde. El montaje irá alternando el movimiento de esta familia que se apronta para encarar su jornada, con la llegada a la estación de un tren del que se bajan dos misteriosos hombres, padre e hijo, que por sus vestimentas identificamos como judíos. Los hombres descargan dos cajones de madera para realizar una entrega en el pueblo. Dicen traer mercancías de uso cosmético y perfumes. La llegada de estos forasteros prende la alarma del jefe de la estación ferroviaria, quien se dirige con urgencia al pueblo para poner en aviso al alcalde.

En medio de los preparativos de la boda, la llegada de los judíos se empieza a esparcir por el pueblo y llega a oídos del señor Kustar (József Szarvas), quien comienza a atormentarse por el regreso de los fantasmas del pasado y a ahogar la culpa que lo acecha bebiendo alcohol. Su embriaguez será la que saque a la luz el secreto que oculta ese pueblo y del cual muchos de sus miembros fueron cómplices.

Durante la primera parte, Török maneja muy bien el suspenso vinculado a los dos extranjeros que peregrinan por el pueblo siguiendo al sulky que lleva los cajones. ¿A qué vienen realmente esos hombres? ¿Qué llevan exactamente en esos cajones? Y la intriga decanta cuando ingresen al cementerio judío.

Por otro lado, es muy interesante el uso de la fotografía de planos muy armónicos estéticamente y a la vez empleando subjetivas desde distintas aberturas, que nos afirman en la sensación de que siempre hay alguien que está observando el movimiento de los distintos personas, creando ese ambiente de cotilleo, de pueblo chico donde no hay secretos posibles porque en realidad todo se sabe.

El director tampoco descuida la veta melodramática y social al sumar una novia de origen campesino, enamorada de un joven de su misma clase y militante del partido comunista, que se ve empujada a casarse con el hijo del alcalde por las posibilidades de ascenso social. Esta boda se sumerge lentamente ante la aparición de los secretos del alcalde y la decisión del hijo de rebelarse sus mandatos.

Pero donde la película cobra mayor fuerza es en la denuncia de la complicidad de la población civil con el nazismo. Esta silenciosa colaboración, como bien lo muestra el film, va desde aquel que delata donde están sus escondites, a aquel que los acusa falsamente de delito, hasta aquel que codiciosamente luego se apropia de manera fraudulenta de sus bienes.

El personaje de Zsentes encarna al canalla por excelencia, que no experimenta ningún tipo de culpa, que está convencido de su buena acción y que tiene el poder  político como para salir impune de sus delitos. Y, a la vez, vemos que otros personajes se quiebran y confiesan sus actos pasados por el peso de la culpa, siendo el caso paradigmático el de Kustar. En este punto, resulta interesante diferenciar la culpa de la responsabilidad. La culpa se experimenta internamente y es el efecto subjetivo por haber transgredido el límite de lo prohibido. En el caso de Kustar, sin un contexto social donde poder alojar su confesión, esta culpa llega al extremo de devenir en melancolía, llevándolo a ese acto suicida que podemos definir como de absoluta cobardía moral. La responsabilidad, por el contrario, concierne a la dimensión ética y a la posibilidad de hacerse cargo de los errores o delitos cometidos y afrontar socialmente sus consecuencias.

1945, con una cuidada estética y un elenco ajustado en sus interpretaciones, Török ahonda en un aspecto pocas veces trabajado, ya que en general se suele tomar la acción bélica o la perspectiva de las víctimas del exterminio, y nos brinda un espejo de sociedad que nos interpela directamente al poner en evidencia que los peores crímenes contra la humanidad nunca pueden ser consumados sin la complicidad de la sociedad civil. Que el director opte por abrir una trama melodramática y social que no terminan de ser desarrolladas le quita parte de su fuerza narrativa que resultaría más efectiva si se centrara en la trama principal, donde explota acertadamente el suspenso y la atmósfera de pueblo chico-infierno grande.

El intérprete: la orfandad y la memoria.

La película del director eslovaco Martin Sulík es una ficción que se apoya principalmente en el contrapunto entre sus dos protagonistas y está situada durante la guerra civil de Ucrania (2014), donde miles de ucranianos emigraron a los paises vecinos buscando refugio, marcando así que las guerras siguen dejando a muchos niños y jóvenes en situación de orfandad. Se trata de una road movie en la que hibrida el drama, la comedia y el documento histórico.

Un hombre anciano llega a la estación de Viena. Desde allí se dirige a un edificio y en ese trayecto lo vemos guardar un arma en el bolsillo de su piloto color caqui. El extranjero es un hombre judío de 80 años, que se da a conocer como Ali Ungar (Jirí Menzel) y antes trabajaba como intérprete. Ali llega hasta la puerta de Georg Graubner (Peter Simonischek) buscando a Krauss Graubner. Georg le informa que Kraus ya está muerto. No obstante la disuasión, Ali ingresa en la casa de Georg con el pretexto de pasar al baño y a su regreso le muestra un libro escrito por Krauss, y le explica que lo leyó porque su autor habría sido, casi con seguridad, el oficial nazi que habría matado a sus padres. Así, Georg le confirma que hace cuarenta años que no veía a su padre, el autor de ese libro “sin valor literario ni histórico” (como él lo define), y el reencuentro se produjo en vísperas del ataque que derivó en su muerte. Ali, antes de salir del edificio, descarga su frustración por no poder vengar a sus padres echando en el buzón de Georg el libro en cuestión y rayando sobre él una esvástica. Este último acto de Ali será el puntapié para que Georg lo contacte para contratarlo como intérprete en un viaje por Checoslovaquia por los lugares donde habría estado su padre como oficial nazi durante la Guerra. Así emprenderán un viaje juntos en el cual irán conociéndose.

Durante la primera parte del viaje, se define el contraste de carácter entre los dos protagonistas, que pondrá en tensión la travesía misma. Ali, de aspecto serio, profesional, recatado, monógamo y viudo hace varios años, se opone a un Georg jovial, ávido de diversión, con tres matrimonios frustrados, mujeriego y dado al alcohol, por lo cual pasó un tiempo en rehabilitación. Contrastan, también como metáfora de los protagonistas, las banalidades de las cartas que el padre de Georg le enviaba a su esposa, con la gravedad y solemnidad de los testimonios de las víctimas, sobrevivientes, testigos y cómplices del Holocausto.

Lo que tienen en común el hijo de la víctima y el hijo del victimario es pertenecer a la generación sin padres y haber experimentado el sufrimiento por la orfandad, fundada en un caso por el homicidio de los padres, y en el otro por el exilio de la guerra y la posterior prisión de un padre que más que padre se reveló como un monstruo. Ambos personajes cargan con su dolor, profundo y difícil de elaborar. En el caso de Ali por la vida de los padres que le fue arrebatada, y en el de Georg por el tormento de saber que ese padre es un canalla, que aún después de la escasa pena de ocho años de prisión seguía tomando sopa junto a su familia en una vajilla en cuyo fondo figuraba la esvástica nazi. Fiel a su principio de haber obrado bien pues sólo perseguía a “ladrones, asesinos y judíos”, como también decía la madre de Georg. Aquí el director trabaja muy bien la ambivalencia de Georg respecto de ese padre que alguna vez fue amado, y consigue que la fachada de la fiesta y la alegría sea en verdad el reverso de una profunda melancolía. El lugar al que advenimos nos marca aunque no lo queramos. Georg nació en el seno de una familia nazi y eso, aunque le pese, lo determina. La vergüenza y la culpa rechazadas por el padre, retornan en la generación posterior, aplastada por el peso de la herencia. De ahí que “beber para olvidar” esos fantasmas del pasado que retornan una y otra vez (como Ali), sea la figura que represente la posición subjetiva de Georg.

La pregunta es entonces: ¿qué se hace con lo que se hereda para no sucumbir aplastados por el destino marcado? Hay una cita del Fausto de Goethe que dice: “Aquello que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo”. ¿De qué manera podría Georg apropiarse de la pesada herencia del nazismo de su padre? El director nos da una respuesta posible en la búsqueda de la verdad y la memoria que emprende Georg junto a Ali. Al tomar contacto con los testimonios de las víctimas del Holocausto en los Archivos, o de  boca de los sobrevivientes y testigos en los distintos pueblos donde vayan parando, Georg consigue adoptar ya no una actitud culpable, sino responsable convirtiéndose en una especie de guardián de la verdad y la memoria, necesarias para que estos hechos no vuelvan a repetirse, a pesar de que la generación involucrada se extinga o esté desmemoriada.

En El interprete, Sulík se apoya principalmente en el interesante duelo de dos actores de trayectoria como Jirí Menzel y Peter Simonischek,  y nos brinda una película austera, ligada al revisionismo histórico en cual indaga en la problemática de la memoria y el olvido. El director acierta al plantearnos un final inesperado del final, pero lo que debilita su propuesta es que no innova en lo que hace a las convenciones de las películas sobre este período histórico, pudiéndose poner en la línea de lo que ya había planteado el director Atom Egoyan con su película Recuerdos secretos (Remenber, 2015), que se apoyaba en el dueto de Christopher Plummer y Martin Landau, pero con un guion más efectivo y novedoso.

Momento de concluir.

Es llamativo que confluyan en cartelera películas sobre el mismo periodo histórico y provenientes ambas de directores de Europa del Este. Obviamente que las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, y en particular del Holocausto judío, suponen heridas difíciles de sanear, pero no deja de resultar un dato a resaltar el hecho de que pasados más de 70 años de la misma, se sigan abordando en su mayoría desde una perspectiva del revisionismo histórico, sin poder dar cuenta de cómo en la época contemporánea, como reverso del espíritu globalizador del mercado, lejos de haberse extinguido, siguen proliferando y radicalizándose discursos políticos de corte fascista.

1945 (Hungría, 2017). Dirección: Ferenc Török. Guion: Ferenc Török y Gábor T. Szántó. Fotografía: Elemér Ragályi. Montaje: Béla Barsi. Elenco: Peter Rudolf, Bence Tasnádi, Tamás Szabó Kimmel, Dóra Sztarenki, Ági Szirtes. Duración: 91 munutos. 

El intérprete (The Interpreter, Eslovaquia/República Checa/Austria, 2018). Dirección: Martin Sulík. Guion: Martin Sulík y Marek Leskák. Fotografía: Martin Strba. Montaje: Olga Kaufmanová. Elenco: Jirí Menzel, Peter Simonischek, Zuzana Mauréry, Anna Rakovska. Duración: 113 minutos.