Una señal de humo es un anacronismo. Es una forma que proviene de otros tiempos, pre-tecnológicos, pero en los cuales la construcción de esos elementos simbólicos y efímeros implicaban el conocimiento de un lenguaje que para el momento tenía su sofisticación. De alguna manera era un código que solo podía descifrar el conocedor, el destinatario de ese mensaje que atravesaba las distancias. Pero también la señal de humo, para quienes somos ejemplares de ciudad, es un elemento corrido del espacio propio. No solamente porque no pertenece al ámbito en el que nos movemos, sino porque nos llega a través de una transculturización: las señales de humo no nos llegan por la práctica de los pueblos originarios, sino de su uso como mensaje por los pueblos indígenas de Estados Unidos, a su vez codificados por el cine y el western como género de transposición.

Fuera de tiempo. Fuera de lugar. Incluso en ese doble desplazamiento que implica el título de la película, hay algo de pertinencia en la elección (aunque no veamos señales de humo en ningún momento). Y no solamente porque en la segunda mitad del relato se asuman como propios algunos elementos de la imaginería del western (los espacios amplios, los valles entre montañas, los hombres que atraviesan el espacio a caballo para cumplir con una misión, y por qué no, hasta algunos encuadres que remiten al género). Lo que hace Señales de humo es seguir a Mario, un poblador de la zona de Amaicha del Valle. Al comienzo, limitándose a observarlo en su propio espacio: una pequeña construcción en las cercanías de la montaña donde cría cabras y caballos, y en donde la rutina, y hasta los diálogos que establece con su ayudante, parecen pertenecer a otros tiempos. Su relación con el espacio de la ciudad parece pasar exclusivamente por la pertenencia al consejo comunitario de los Amaichas, una institución que también parece estar fuera de su tiempo: un lugar al que los vecinos concurren como instancia mediadora para los conflictos y necesidades cotidianas que se resuelven por la intervención de ese consejo.

Sin embargo, lo que establece las coordenadas en las que se moverá la película, son esas irrupciones sonoras que replican llamadas telefónicas, o la repetición de una serie de mensajes de texto que salen de los celulares de algunos habitantes del pueblo –y que se exponen en pantalla una y otra vez- . En unas y otros, lo que aparece es la dificultad para conectarse con la señal de internet que provee una empresa. Esa dificultad parece proponer una ruptura de la comunicación como posibilidad en ese espacio, pero en verdad, lo que pone de relieve es que la ruptura es un hecho consumado (el llamado final -en el que una nena reclama porque quiere jugar por internet ya que se aburre con las amigas- es la confirmación) a nivel del pueblo y que lo que la reemplaza es un quiebre en la comunicación con algo más global y que excede a ese espacio.

Es entonces que ese elemento reordena en el segundo tramo el devenir del relato, hasta allí algo difuso e indefinido. Las piezas que hasta ese momento iban apareciendo sueltas –el hombre que construye un caballo de madera gigante, los que llevan a pastar las cabras a la montaña- ahora forman parte de esa idea en la cual aparece el enfrentamiento inevitable entre lo tecnológico y lo manual. Pero también entre lo real y su sucedáneo artificial. El mundo partido en dos, pero unificado en uno que parece tomar distancia de lo real. Los pastores hablando en el silencio de la montaña a través de mensajes de texto en el celular, aunque se ven unos a otros. El escultor que construye ese caballo gigante de madera al que le dedica más tiempo que a los caballos reales que tiene en su propio corral (y no deja de ser curioso que ante la lluvia vaya a cubrir al caballo artificial y no a los reales).

Lo que sintetiza esa dicotomía es el viaje que encara Mario junto con el ingeniero de la empresa para reparar la antena que se ha dañado aparentemente por un temporal. Hay allí un primer elemento interesante: vemos a los dos emprender un camino que no sabemos dónde termina, pero en el cual lo que parece tener importancia es la distancia que van tomando del espacio del pueblo o la ciudad, hasta que éstos finalmente desaparecen. Son los hombres, los caballos, y la naturaleza, resumiendo lo paradójico: hay que recurrir a ello, a lo manual, por no decir a lo casi ancestral –de alguna manera, todo aquel trabajo que se aleja de lo digital hoy podría considerarse de esa manera- para restaurar aquello que constituye la modernidad entendida en el presente. Y a medida que esa distancia se va haciendo más palpable, va ingresando en un territorio en el que esa modernidad va quedando desplazada, como un elemento ajeno de esa vida.

Los dos hombres, provenientes de mundos diferentes –un hombre de montaña, un arriero sin más educación que la que da la naturaleza, un ingeniero en comunicaciones que proviene de saberes más formales-, encuentran en ese espacio que se va abriendo ante ellos, lo que funda los principios básicos de esos dos saberes. No hay una negación de lo tecnológico en sí mismo, sino un desplazamiento a un tipo de saber sostenido por la experiencia y por la observación. Lo que aparece a partir de ese recorrido es una prescindencia de todo lo que implique artefactos tecnológicos a excepción de ese handy que solamente avisa que la nueva antena colocada no termina de funcionar. Ese desplazamiento los lleva a observar las nubes como único indicio de la posibilidad de una tormenta. A cuestionar las mediciones de las alturas de los cerros con medios tecnológicos (“Antes se trabajaba con mucha precisión; ahora los instrumentos actuales tienen más errores” dice el ingeniero cuando señala la diferencia de 20 metros en la altura de una montaña).

En esa cima en la que solo hay un refugio y una torre para una antena, los dos personajes parecen estar viviendo un viaje en el tiempo, hacia el pasado, que ninguno de los habitantes ya lejanos del pueblo puede siquiera imaginar. Entre el ingeniero que ni siquiera tiene internet en su casa (y que no quiere ponerla porque recuerda lo que pasó cuando entró la televisión en los hogares) y Mario, el hombre originario de ese espacio, la coincidencia se cifra en otros términos. En la referencia a las pinturas de los indios en las piedras de la montaña. En el mate compartido. En la ceremonia de dos hombres sentados alrededor del fuego, contándose historias, hablando cara a cara, compartiendo sus experiencias mientras la noche va cayendo, fría, sobre ellos. Pero finalmente, conectados y esta vez sin las mediaciones que el pueblo allá en la distancia parece necesitar más que sus propias palabras.

Calificación: 6/10

Señales de humo (Argentina, 2020). Guion y dirección: Luis Sampieri. Fotografía: Mauricio Asial. Sonido: Martín Litmanovich. Montaje: Luis Sampieri. Música: Karina Martinelli y José Sanutucho. Elenco: Mario Reyes, Cecilio Condori, Rodolfo Abella, Jorge Mercado, Gustavo Zalaza “Kopo”. Duración: 72 minutos. Disponible en Cine Ar Play.