Hay películas que son únicas. No porque sean completamente originales ni porque establezcan un punto de inflexión en la evolución del cine. Sino porque son búsquedas que se articulan desde lo personal y que agotan –aunque a veces no sea esa su intención- su recorrido por el objeto en el que se enmarcan. No es que esas películas no pudieran haber sido diferentes a como fueron concebidas por sus creadores, sino que de una manera o de otra hubieran llegado al mismo punto: ya no sería posible retomar el mismo objeto para hacer otra película. No es casual que este tipo de películas se articulen alrededor de algunos elementos comunes. La pérdida como disparador de incógnitas que se intentan responder. La utilización de archivos de video familiares en donde, se cree, podría residir alguna clave para recobrar el sentido tras la pérdida. El pasado como una historia en la que lo oculto es el verdadero sentido de la construcción de lo familiar y de lo personal.

Pienso en esos materiales que se recuperan como un proceso de reelaboración de la historia personal. De manera más convencional, pero ligadas a historias universales, como en La casa de Wannsee,o en la búsqueda de la reconstrucción de lo generacional que se impone en La casa de Arguello o en Esa película que llevo conmigo. Pero si hay que buscar un parentesco para esta Silvia hay que remitirse a El silencio es un cuerpo que cae: en ambas, ese registro fotográfico y en video de los progenitores se vuelve pieza esencial, prácticamente única, para intentar resolver las dudas sobre el pasado que se siguen proyectando hacia el presente. Si la película de Agustina Comedi volvía sobre su padre, sobre los gestos y detalles que ocultaban y ahora de alguna manera revelaban su historia de homosexualidad, aquí María Silvia Esteve vuelve sobre su madre, después de su muerte, pero no con el ansia del descubrimiento de lo oculto, sino para tratar de encontrar una explicación posible a la historia que atravesó con sus dos hermanas durante la niñez y adolescencia.

Pero toda explicación de antemano se revela como imposible. La voz de la madre ya no está aquí más que a través de esos viejos casetes que mandaba desde Guatemala a modo de cartas habladas a su familia. Pero esas grabaciones son un complemento en soporte sonoro del material visual sobre el que trabaja el documental. Las grabaciones familiares que se acumularon durante años y que son el testimonio no solo del casamiento de Silvia con Carlos, sino también del nacimiento y crecimiento de las hijas y de la evolución de la relación interna del grupo familiar. Esas grabaciones de video y de audio no escapan de la tradición familiar: el recuerdo de momentos gratos, fiestas, cumpleaños, bautismos. Lo que hay allí es el reflejo de la institución familiar como es formateada desde el exterior de cada familia. Es una idea de lo que debe ser una familia y lo que se pretende que subsista de ella: el recuerdo amable de unas vacaciones en el mar, de la habitación de las niñas en la casa de Chile, de la fiesta de despedida del matrimonio cuando regresaban de Guatemala, de una nevisca que cae sobre el jardín.

El registro familiar está al borde de lo idílico: borra no solamente las imperfecciones sino, y por sobre todo, cualquier atisbo de rispidez. Lo que la hija está buscando no está en esas imágenes y lo sabe desde un principio. Pero lo interesante es que utiliza esas imágenes como una prueba por oposición: las imágenes chocan repetidamente con el relato en off armado por la misma hija en base a sus recuerdos y a su visión de la relación entre los padres. Ese choque revela, en ese movimiento, lo oculto pero también lo que no puede establecerse como indicio: allí no hay nada de lo que se cuenta porque lo que realmente ocurría no es materia fílmica para la familia. No tan curiosamente, ese planteo se replica en un diálogo entre las hermanas, cuando se señala cuál es el límite para la revelación de la intimidad en el momento en que discuten si hay que contar o no el problema que tenía Carlos o la relación que unía a su madre con Daniel.

Lo interesante es que si María Silvia decide avanzar en ese sentido es porque su madre no está, porque en ese cruce de visiones que se establece entre el recuerdo guardado en su memoria y el encapsulado en un vhs puede intentar reconstruir una imagen, aunque en ella se advierta con claridad la existencia de dos caras que parecen irreconciliables.

Hay un momento en el que ese enfrentamiento se vuelve explícito. Es cuando María Silvia recuerda la época en que vivían en Chile. Mientras vemos las imágenes en las que las tres hermanas pelean amistosamente por mostrar sus camas y la decoración de la parte de la habitación que le corresponde a cada una, la voz en off desnuda la realidad de aquella apariencia que la imagen contribuye a sostener: el dinero escaso que llegaba tarde, las deudas que se acumulaban como una consecuencia de la necesidad de seguir con “la apariencia de una vida de diplomáticos, pero sin plata”. Y es en ese punto en el que la apariencia como forma de vida que escapa de lo que capta una cámara familiar se hace explícita y obliga a volver sobre los pasos que hasta ese momento el documental viene dando.

En todo caso, lo que revela es que esa situación en Chile es una continuidad. Una suma de detalles que parece dar cuenta de que la fachada de lo institucional se imponía sobre el deseo y las necesidades personales. Las citas fallidas en el comienzo entre Silvia y Carlos. La historia de Daniel yéndose del país por su militancia. El beso inicial que a Silvia le dio asco. La recomendación de su padre para que acepte el casamiento con Carlos, pero más que nada por sus propias deudas. Las dudas de Carlos sobre el casamiento y la necesidad de simular ante la llegada de sus padres para conocer a Silvia. Todos elementos que parecen remarcar que, desde un principio, la historia de ese matrimonio reconocía dos vías en paralelo y que las hijas coinciden en señalar que se desmadró cuando regresaron de Guatemala: por un lado, la de la familia idealizada, la del amor a las niñas y una vida apacible y cómoda; por el otro, la de la insatisfacción, las peleas que fueron intensificándose en el tiempo y la posibilidad de la separación.

Lo notable es que María Silvia logra en la voz en off establecer un camino que se distancia de lo monocorde y de la voz unívoca. Su primer intento es el de sacar su voz de la historia, como si no quisiera ponerse en el lugar de narradora. En todo caso, intenta poner su relato en las voces de sus dos hermanas. Pero lo que consigue es un efecto mucho más interesante, porque las hermanas que en principio se niegan a participar y ponen distancias con su hermana, remarcan que el proyecto es de ella. Y cuando finalmente aceptan hacerlo, esas distancias se ahondan, porque sus recuerdos entran en colisión con los que su hermana ha escrito y que pretende que lean. De allí que la voz entremezclada de las hermanas asume esas mismas contradicciones que implican los recuerdos y las visiones diferentes. Pero son justamente esas visiones, que asumen matices y hasta oposiciones, las que permiten asomarse a esa imposibilidad de reconstruir la historia desde un solo lugar, desde una sola voz, desde una sola explicación. “No puedo entender nuestra historia aunque la repase 500 veces” asume en el final la propia María Silvia, consciente definitivamente del fracaso de la empresa. La potencia de Silvia radica justamente tanto en la imposibilidad como en la contradicción. Esa que no permite resolver siquiera si la madre tuvo opciones o no para salir de esa vida que terminó transformada en una destrucción mutua con su marido, en un infierno compartido entre cinco. Es cuando esos cinco quedaban reducidos a cuatro, cuando el padre salía de la escena, que la hija parecía encontrar los momentos de mayor cercanía con la madre. Esos momentos en que escapar del hogar implicaba una nueva inmersión en otra apariencia, pero esta vez entendida como un juego: salir a visitar casas que les gustaran, ir con la inmobiliaria a verlas, imaginar qué cuarto usaría cada una, sabiendo que no era más que un imposible. En esa Silvia en la que convivían la mujer que peleaba con su marido, que sufrió depresiones, que se refugiaba en el alcohol y las pastillas, con la que soñaba una vida mejor para sus tres hijas, está lo irresuelto y lo que no puede explicarse. Esa contradicción entre “la persona que era tan protectora y de pronto era la misma que nos hacía mal”. Esa contradicción que ahora subsiste en la hija que la llevó a la vergüenza y la culpa por haberla juzgado y que al final del recorrido logra entender que esa mujer fue “la única persona que trató de darnos amparo en el infierno”.

Calificación: 7/10

Silvia (Argentina, 2019) . Guion y dirección: María Silvia Esteve. Producción Ejecutiva: María Fernández Aramburu, Gonzalo Moreno. Dirección de Producción: María Silvia Esteve. Dirección de Fotografía: Carlos Alberto Esteve. Dirección de Sonido: Jerónimo Kohn, María Silvia Esteve. Música Original: Silvia Zabaljáuregui. Montaje: María Silvia Esteve. Duración: 103 minutos. Disponible en la plataforma virtual Puentes de Cine (www.puentesdecine.com.ar).