Atención: Se revelan detalles de la resolución del argumento.

Uno sale del cine después de ver El cavernícola con un gusto semi amargo. La última película de los estudios Aardman es menor respecto a las anteriores, justamente porque la vara estaba demasiado alta: Pollitos en fuga, Wallace and Gromit: la batalla de los vegetales y la notable Shaun, el cordero. Si uno contrasta esta versión de la edad de piedra y del pasaje a la edad de bronce mediante una disputa futbolística con los films más celebrados del estudio seguramente la nueva obra de Nick Park tendrá gusto a poco (o a menos de lo que uno esperaría de una película de los estudios Aardman).

Si bien con el paso de los días esa primera impresión se va disolviendo y uno comienza a reencontrarse con la esencia de esa experiencia, El cavernícola no alcanza a las obras maestras de la animación contemporánea producidas por ese estudio. Aquí el protagonista, de modo excluyente, es Dug, el cavernícola del título, decisión que afecta toda la concepción de la película. A diferencia de lo que sucede en las anteriores historias, todo lo que rodea a nuestro héroe apenas si cumple un rol decorativo, por momentos al servicio de algunos gags y acentuando la dimensión fragmentaria y efímera que afecta a la historia como totalidad, sujeta al efecto del chiste episódico.

Por otro lado, El cavernícola es claramente la película más infantil del estudio y en ese sentido el disfrute queda reservado más para el goce puro de los chicos que de los grandes. Ahora bien, es cierto también que la película vuelve a tratar el tema de un grupo de individuos que deben unirse para hacerse fuerte en la adversidad y luchar contra un enemigo mucho más poderoso (como en Pollitos en fuga en donde se reescriben las peripecias de las víctimas de los campos de concentración). El film de Park, a pesar de su esquema fragmentario y del poco desarrollo de los personajes secundarios, se inscribe en la línea de los films que piensan a la Historia como el constante enfrentamiento entre bandos antagónicos, en una especie de lucha de clases pensada en clave infantil. Por eso mismo se la puede pensar como parte de una pedagogía libertaria que, lejos de subrayados metaforizartes, educa desde la narración específicamente cinematográfica.

El cavernícola también podría pensarse como una reversión de Escape a la victoria (la película con Stallone, Pele y Ardiles en la que en un partido de fútbol se juega a cara o cruz el destino de los prisioneros del nazismo) mezclada con la serie de animación japonesa Los súpercampeones, en la que se sucedían encuentros fantásticos y épicos en los que cruzar la mitad de la cancha costaba tanto como invadir un país en la segunda guerra mundial.

El cavernícola imagina e historiza el origen del fútbol como un enfrentamiento entre unos sobrevivientes de la edad de piedra, que a duras penas pueden cazar conejos y que viven tranquilos en el bosque (estos serían, por otro lado, las víctimas de la lucha de clases, o mejor dicho los desposeídos, en la misma clave marxista que el estudio proponía en Pollitos en fuga), con una comunidad vecina, adelantada en sus avances económicos y tecnológicos, que ya ha descubierto el bronce. El choque entre esos vagabundos liderados por el bueno de Dug y esta clase desarrollada y prepotente en la que el fútbol es el espectáculo que congrega a las masas que, extasiadas, ven a sus estrellas (que se parecen peligrosamente a las estrellas del Real Madrid, o «Real Bronzio», para Park), tiene resonancias políticas y se transforman en un apunte interesante sobre el fútbol como negocio.

La excusa del partido que les permitirá a los cavernícolas, en caso de ganar, volver a su tierra y vivir en libertad o, en caso de perder, ser esclavos por siempre, es una metáfora sobre lo que fue y sigue siendo el capitalismo desde sus orígenes. La conformación del equipo de los cavernícolas, desde el desconocimiento total del juego, pasando luego por el descubrimiento de que sus antepasados jugaban a ese deporte con destreza (descubrimiento que hacen a través de los grabados que se encontraban en las piedras talladas y que también habían sido expropiados por los colonizadores), se descubre como un comentario interesante para pensar cómo el conquistador distorsiona la historia de los pueblos oprimidos y cómo esta apropiación fáctica tiene resultados visibles en la subjetividad de los dominados.

El malvado Lord Nooth, que es quien organiza el partido basado en la creencia de la victoria del Real Bronzio, es el personaje más logrado del film junto al propio Dug (siempre son extraordinarios los malvados de la cofradía Aardman) y enriquece la trama junto a una paloma mensajera que interpreta los mensajes de la reina en tiempos en donde la comunicación no era instantánea. Por otro lado, como en todas las películas de Aardman, la victoria nunca puede ser conseguida de modo individual. El héroe siempre es colectivo. Una mujer proveniente de la edad de bronce, conocedora del arte del fútbol, ayuda a este grupo de individuos primitivos a configurarse como un equipo. En un momento logrado de la película, ella menciona que la debilidad del Real Bronzio es que no juegan como un equipo si no como individualidades y que es sobre esa debilidad sobre la que los cavernícolas deben hacer hincapié.

El partido definitivo, que es sobre lo que se construye todo el relato del film (en la preparación de ese partido), finalmente es narrado con gracia y suspenso, con un final digno de un capítulo de Los súpercampeones. Es bueno que, aunque sea en una ficción infantil de muñecos de plastilina, filmada cuadrito a cuadrito, a veces ganen los buenos. Da esperanzas, sobre todo si vas al cine con tu hijo y él se va contento diciendo que los buenos les ganaron a los malos.

El cavernícola (Early Men, Inglaterra, 2018). Dirección: Nick Park. Guion: Mark Burton, James Higginson y Nick Park. Fotografía: Dave Alex Riddett, Charles Copping, Pul Smith, Peter Sorg. Edición: Sim Evan-Jones. Duración: 89 minutos.