La cámara en mano sigue a un joven mochilero por las calles de París, hasta un lujoso departamento de estilo al que ingresa haciéndose de una llave que está debajo de la alfombra. La llegada de Yoav (Tom Mercier), tanto como el suceso (un robo de sus pertenencias mientras se bañaba) que lo lleva a pedir ayuda golpeando puertas desnudo por los pasillos del edificio, y por el cual conoce a la joven pareja que forman Caroline (Louise Chevillotte) y Emile (Quentin Dolmaire), resultan extraños y misteriosos. Así comienza Sinónimos (Synonymes, 2019) del realizador israelí Nadav Lapid, que llega precedida por su premio en la última edición del Festival Internacional de Berlín.

La joven pareja se presenta solidaria y generosa con el extranjero: le brindan calor, le prestan ropa, lo invitan a quedarse, le dan dinero y le llaman un taxi. Yoav le da a Emile, a cambio por la hospitalidad, lo único que posee: su piercing, como signo que sellaría su amistad.

Poco a poco vamos conociendo la historia de estos tres jóvenes: el clima de ensoñación e idealización que Yoav tiene de París, las aficiones artísticas de la pareja francesa, su despolitización en un contexto social de endurecimiento de fronteras y de injustica respecto de los sectores más vulnerables y el trío de melodrama amoroso, son todos elementos que remiten a la película Los soñadores (The Dreamers, 2003) de Bertolucci.

Yoav es un personaje que puede pensarse como un alter-ego del director, ya que surge de sus experiencias personales. Es un personaje melodramático que busca expiar la culpa por su marca de origen (su gesto de levantar la barrera de la embajada simulando que no hay fronteras va en esta línea) y que trata de integrarse a un nuevo entorno en un país que se pretende construido sobre valores como la libertad, la igualdad y la fraternidad.

El joven pasa su días en París con los escasos recursos que posee. Vive en un pequeño departamento venido a menos, se alimenta rutinariamente durante meses con pasta (lo más económico que encuentra en el supermercado más económico), comienza a trabajar como seguridad junto a otros israelíes en la embajada, e incluso llega a exponerse a situaciones degradantes y humillantes ofreciendo sus servicios como “modelo” para artistas, a riesgo de formar parte de sus perversiones. Si bien Yoav no proviene de una familia de bajos recursos económicos, su situación de precariedad en París contrasta con la de Emile, hijo de un adinerado industrial que posee más de lo que necesita.

Yoav se maneja muy bien con el idioma francés, a pesar de la literalidad con la que emplea ciertas palabras, y se acompaña de un diccionario para perfeccionar su habla. El diccionario se mueve en la línea de la metonimia, esto es de la remisión de una palabra a otra palabra al infinito. Yoav está determinado a convertirse en ciudadano francés, de ahí que dominar la lengua se vuelva para él fundamental. Es así que mientras camina por la calles de París recita los sinónimos de una palabra conformando un singular estilo poético.

Yoav también es un joven de singular inteligencia y frondosa imaginación, que arrastra desde su infancia fascinado con la leyenda del príncipe troyano Héctor y que vuelca en las ingeniosas historias que trama sobre su vida en Israel y en Francia. En este punto, es interesante el uso que realiza el director de elementos de tono fantástico y cómico que dotan a las imágenes que acompañan a la voz de Yoav del aire de artificio y ensoñación propios de las ficciones que no buscan documentar la realidad.

El sobretodo amarillo es en adelante el atuendo que identifica a Yoav. En la elección de esta vestimenta, ya tenemos la idea de ocultarse, de tapar lo que está por debajo; y en el amarillo el director condensa las características psicológicas del protagonista: su visión optimista y encantada de París, a quien ve como la ciudad de su salvación, su agudeza e inteligencia, su espontaneidad e impulsividad, y asimismo la envidia y los celos que se desplegarán en el trío y que lo vuelven inestable y peligroso.

La sutileza poética con que Yoav va tramando diversos relatos sobre su historia es lo que genera un efecto de fascinación hipnótica sobre Emile. El joven burgués es un aspirante a escritor y está estancado en su primera novela. Es un escritor atormentado y torturado por un padre que le impone el Ideal de estar a la altura del novelista más influyente de la lengua francesa, Victor Hugo, como condición de su reconocimiento. Yoav, con su fresca originalidad y cierto aire de genio, aparece para Emile como anillo al dedo. Dada la situación de vulnerabilidad económica de Yoav, él puede hacerse de ese material en bruto para aspirar a una escritura consagratoria a cambio de darle dinero. En este punto, Emile se emparienta con la maestra en La maestra de jardín (Haganenet, 2014), que tomaba las palabras del pequeño infante como suyas bajo el pretexto de salvaguardar el arte.

Caroline toca el oboe en la orquesta del conservatorio del barrio. Su vocación la sume en una situación de inestabilidad económica, para la cual encuentra, en la convivencia con Emile, una salida conveniente al acceder a un estándar de vida por el cual no tiene que pagar nada. Ella comienza a estar molesta por el encantamiento platónico de Emile con Yoav, pero sabe como seducir al extranjero. La estabilidad del trío fraterno se pone en cuestión al despertarse los celos. 

Entre las palabras a partir de las cuales Yoav desgrana los sinónimos hay una que resulta clave: odio. Yoav dice que vino a Francia para huir de Israel, país de origen al que odia, y en adelante se niega a hablar en hebreo y adopta la lengua francesa. El odio como pasión apunta a eliminar el ser. Aquí no se trata de aniquilar el ser del otro, sino el propio. Yoav, en lo que parecería ser una operación metafórica de sustitución de una nacionalidad por otra (ser judío por ser francés), de una lengua por otra (hebreo por francés), apuntaría a eliminar sus raíces de origen, como si fuera posible borrar las marcas de la historia. Yoav tiene sus razones para odiar su origen: Israel es un estado fuertemente nacionalista, embarcado desde comienzos del siglo XX en el conflicto político-militar con sus vecinos árabes de Palestina. A la vez, él procede de una familia donde la tradición es que los hombres estén destinados al ejército; desde su abuelo, pasando por su padre, hasta llegar a él, todos debieron enlistarse y tomar las armas. Siente que su destino es la condena en un país donde sólo se puede matar o morir. De ahí que su origen lo avergüence, que camine con la cabeza gacha y que pretenda huir de él en busca de un futuro mejor. Aquí la pregunta que abre el director es: ¿qué hacer cuando se odia a la propia identidad? ¿Alcanza con adoptar otra lengua y otra nacionalidad para resolver este odio? ¿Acaso los fantasmas del pasado rechazados no vuelven a retornar y bajo formas más monstruosas y virulentas?

Poco a poco la imagen maravillosa que Yoav tiene de Francia se irá resquebrajando para revelar su verdad en el reverso. Quien comienza a abrirle los ojos es su amigo Yaron (Uria Hayik), cuando menciona el efecto que tiene la segregación en los inmigrantes, llevándolos a ocultar sus marcas de origen religioso. Yaron busca insertarse en Francia sin renunciar a lo que es: habla hebreo y lleva kipá, pero recibe indiferencia y rechazo de los demás.

En este línea, es interesante la inclusión de la leyenda de Héctor, que permite pensar dos modos de la virilidad. La que encarna Aquiles (el gran guerrero griego), cuya valentía se funda en su inmortalidad, y la que encarna Héctor (príncipe de Troya), mortal que experimenta temor, cuya primera reacción es la huída, para luego armarse de valor y enfrentar al poderoso Aquiles. Se trata de la diferencia entre una virilidad que se cree más allá de cualquier límite y aquella que extrae su valentía y su fuerza de la capacidad de bancarse y soportar el límite. Yoav y Yaron vienen de un país donde se prepara a los jóvenes para ser picadoras de carne sin temor ni temblor. En un contexto  cuyo lema es matar o morir, el gusto que un varón pueda tener por la sensibilidad artística muy probablemente sea visto como signo de cobardía, como falta de hombría. El director muestra entonces, de la mano del personaje de Yaron, ese contexto de opresión en el que se ha criado y en la misma indolencia de los ciudadanos franceses para con los extranjeros (donde sólo tienen lugar como habitantes de segunda), lo que crea el caldo del cultivo para la violencia y el odio terrorista como respuesta.

En el curso de educación cívica para obtener la ciudadanía francesa al ritmo de «La Marsellesa», es cuando se revela para Yoav la hipocresía de ese país cuyos valores democráticos no son tales cuando se trata de inmigrantes. Francia, por sus duras políticas respecto del extranjero, por la manera belicosa y sangrienta con que se condujo con sus colonias, no resulta muy diferente de Israel. Israel y Francia son semejantes, son sinónimos, ahí es donde la operación de sustitución de nacionalidad que intenta hacer Yoav, fracasa.

Quizás no se trate de renegar de las marcas de origen, sino de hacer otra cosa con ellas. Tal vez una de las claves esté en las historias de Yoav, que como él mismo dice no tienen nada de especial, pero son lo más propio que tiene. No es lo mismo ser un soldado israelí, que ser un escritor israelí. Acaso el arte, que fue el camino que ha transitado el director, sea una manera de apropiarnos de aquello que nos legaron para transformarlo en poesía, y desde ahí no solo denunciar sino producir un cambio social.

Sinónimos es una película que rebosa de un espíritu irreverente y lírico para llevarnos a la reflexión sobre la problemática contemporánea del endurecimiento de las fronteras y de la expulsión de lo distinto. Al fin y al cabo, no es a lo diferente a lo que hay que temer, que es novedad, que es misterio, que es deseo, sino a la tiranía aplastante de lo igual, que es aburrimiento, indiferencia y desencanto melancólico.

Calificación: 8/10

Sinónimos: un israelí en París (Synonymes, Francia / Israel / Alenania, 2019). Guion y dirección: Nadav Lapid. Fotografía: Shai Goldman. Edición: Era Lapid, Francois Gédigier, Neta Braun. Elenco: Quentin Dolmaire, Louise Chevillotte, Tom Mercier, John Sehil, Chris Zastera, Duración: 123 minutos.