Christian-Petzold-YELLA-2007-590x317El plano en el que ella lo llama en el bar y él no la reconoce es capaz de resucitar a un muerto. Los ojos de Johnny recorren el contorno de la cara de ella fuera de campo -que es la nuestra gracias a la subjetiva- sin reconocerla. Para hacerlo debía mirar a cámara, pero Petzold no lo permite porque la superficie de su película es clásica. No obstante, esa mirada que rodea la fisura indica que el precio que el espectador de una ficción paga por asistir a ella protegido por la cuarta pared es la imposibilidad de ser reconocido.

Las de Christian Petzold no dejan de ser películas de tesis. Brillantes, pero de tesis. Donde menos siento eso es en Bárbara, por eso es la que más me gusta. Y Ave Fénix quizás la que menos, porque es la que más se apoya en canónicos textos morales sobre el cine, por más que juegue a darlos vuelta.

Las películas de Petzold son tan de tesis como las de Fritz Lang en particular y el clasicismo en general lo eran.

¿El libro negro, de Verhoeven, es la antítesis de Ave Fénix?

Nina Hoss mirándose en el espejo partido a los 15 minutos es una grosería.

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En el beso que empieza como estrategia de distracción los personajes se topan con la verdad del cuerpo acerca de su relación. Como al menos el cuerpo de uno de ellos fue modificado, ¿es el alma lo que se ha estremecido (¿qué es el alma para un director que apellida Fichte a varios personajes de Yella?)? ¿O en vez del alma el nuevo cuerpo, la versión modificada por el tiempo de aquellos que fueron con otra piel?

Exactamente a la hora de película el guión se plantea -no sé si encarar o sortear- el concepto de abyección ya célebre en la cinefilia. Tampoco sé si lo hace bien o no porque todavía no lo analicé, pero me hizo ruido porque allí la situación deja de importar como parte de la cadena de hechos para llevarnos fuera de ellos, a la discusión cultural implícita, pero ella no se desprende de las acciones de los personajes sino más bien es aquello que las digita.

A los 15 minutos 17 segundos de Yella llega la protagonista a la ciudad en que van a contratarla y al pasar delante dela casa de una familia entra en trance. Se queda mirando fijamente mientras la dueña de casa le devuelve la mirada y Petzold introduce en dos de los cuatro planos de Nina Hoss un fondo que nos traslada a otro tiempo y lugar, tan parecido a este en el que ella se encuentra vestida de la misma manera que probablemente no nos demos cuenta de ello al ver la película por primera vez y en la intransigente continuidad de la sala de cine, pero tal vez también luego con un reproductor a mano y preparados para el desglose.

snapshot20120607050451 (1)Nina Hoss no es el fantasma de Ave Fénix, sino Johnny. Después de asumir qué es lo que él le ha hecho, justo antes de entrar a la casa-bote, ella pasa delante de él ignorándolo como Philip hizo con ella en Yella. Allá pasaba delante de ella sin reparar en su presencia, como si no compartieran el plano, para mirarla recién después; acá el corte evita que compartan el plano de intersección entre el primero en el que ella comienza a caminar hacia él después de hablar con la vecina, saliéndose de la representación pautada, y el tercero en el que llega a la orilla, ambos desde la subjetiva de él, ahora ignorado por ella.

Nelly, al igual que Yella, se comporta como una nena. La dimensión del robo potencial de esta última, cuando casi se queda con el dinero que su empleador le dio de más, es la de la travesura infantil, la puesta a prueba de los límites impuestos por los adultos. Lo mismo Nelly, ya sea que ande con la cabeza gacha a la vuelta de los campos, su lugar de penitencia, o vuelva a ser la diva que fue. Sometidas o libres, son presas de su narcisismo.

Yella ya se había dejado disfrazar por Phillip, cuando este le prueba unos anteojos antes de un encuentro con empresarios, así como Nelly también dejará que Johnny la disfrace. Esa aparente permisividad de ambas es la forma solapada de su deseo.

No es el cirujano plástico, sino Johnny, quien reconstruye a Nelly, pero sólo el invierno de Lene libra a Nelly de la creencia en su amor más allá de todas las pruebas en contra, pero ¿no es esa libertad, acaso, una bendición suicida?

Aquí puede leerse un texto de Nuria Silvaotro de Luis Franc y un tercero de Daniela Slipak sobre la misma película.

Ave Fénix (Phoenix, Alemania/Polonia, 2014), de Christian Petzold, c/Nina Hoss, Ronald Zehrfeld, Nina Kunzendorf, 98’.