Black Mirror llegó a la televisión británica en 2011, y ya cuenta con cuatro temporadas y una emisión especial. La serie antológica es una audaz creación de Charlie Brooker, quien afirma que el programa tiene el objetivo de reflexionar sobre la creciente dependencia tecnológica, a través de historias que representen cómo vivimos y cómo viviremos en el futuro, si no somos lo suficientemente cuidadosos con lo que creamos. Dicha meta, resulta bastante pretenciosa aunque, hasta este momento, Brooker ha estado a la altura.

Es una serie distópica , que está estructurada a partir de episodios independientes entre sí. Cada uno presenta una historia propia con personajes y tópicos completamente diferentes. Sin embargo, algo conecta entre sí capítulos tan disimiles, y eso es justamente lo más interesante de la propuesta. La premisa de Black Mirror es trabajar siempre en la sintonía de la crítica a la sociedad tecnológica. Instala debates y cuestiona los avances científicos y su uso desmedido. Lo más fascinante es que muchas veces, las historias planteadas exhiben situaciones que parecen estar a años luz de distancia con nuestra realidad pero una vuelta de tuerca las conecta inmediatamente con la actualidad, por lo que el espectador fácilmente se identifica con la narrativa.

La serie presenta una mirada pesimista respecto a la tecnológica. Aborda de manera sistemática temas como la privacidad, la intimidad, las libertades individuales, las relaciones de pareja, el control parental, la vida después de la muerte, la portabilidad y la clonación de la consciencia, la mirada pública, la incidencia de los medios de comunicación, la televisión basura, el alcance de las redes sociales, y futuros apocalípticos. Son innumerables las aristas que roza la serie.

Todos sus episodios dejan al espectador pensando hacia dónde se dirige la humanidad con los avances de la ciencia. El eje está colocado siempre en una crítica reflexiva sobre las nuevas realidades, que no parecen ser tan lejanas. A lo largo de los años Black Mirror desarrolló una coherencia tal que fidelizó al espectador. Es por esto que, ante el anuncio del estreno de un nuevo episodio, muchos corrieron a la plataforma para verlo inmediatamente.

Su último estreno es Bandersnatch, un episodio interactivo, que deposita en el espectador las decisiones que tomará el protagonista a lo largo de la historia.

Casi como si estuviéramos dentro de una ficción propia del universo de Black Mirror, el episodio se convierte inmediatamente en trending topic y arrasa en todas las redes sociales. Los usuarios se vuelcan a la red y comienzan a comentar sus experiencias individuales con lo que llaman “la película de Black Mirror”. Rápidamente nos enteramos que puede durar desde 40 minutos hasta 2 horas y media, y también que hay una serie de finales alternativos y que todo se va modificando en base al libre albedrio ejecutado por el espectador. La propuesta resulta automáticamente prometedora. Pero, a pesar de la grandilocuencia de la difusión de su estreno y de la sólida trayectoria de la serie, el lanzamiento no tarda en decepcionar.

El capitulo se estructura a partir de una narrativa de cajas chinas. Stefan, un joven gamer, diseña un nuevo juego a partir de la lectura de un caótico libro llamado Bandersnatch. El juego le permite a su jugador escoger entre alternativas binarias su propio destino. Este mismo desafío es el que se le se propone al espectador de la serie, tal como lo hicieran los libros Elige tu propia aventura. Paso a paso, la audiencia debe elegir entre dos opciones el destino de Stefan.

La historia es demasiado sencilla y solo se sustenta en el truco, o en el juego con el espectador, que por curiosidad, recorre el camino que indica la ficción. El guion no solo es chato, sino que además no arriesga nada. Los debates, críticas y controversias que caracterizan la serie están completamente ausentes. El sustrato ideológico que el programa supo construir en todas sus temporadas, aquí se reduce a provocar al espectador a elegir entre dos marcas de cereales para el desayuno de Stefan, lo que resulta muy pobre para el estándar al que Black Mirror nos tiene acostumbrados.

Estamos frente a una historia elemental, una narrativa floja, y en ausencia de un corte final realizado por el director. Entonces, claramente no estamos frente a una película (como insisten en denominarla), sino más bien frente a un juego, o una mera experiencia audiovisual. Esta nueva forma de ver ficción conlleva grandes pérdidas, ya que lo interesante cuando nos enfrentamos a una fabula son justamente las decisiones que otros tomaron en la construcción de esa historia y que los espectadores nos comprometemos a descifrar.

Este capítulo quedo lejos de la ambición de Brooker de reflexionar sobre la incidencia de la tecnología en nuestras vidas. En él solo está presente la pretensión de instalar una nueva forma de ver contenido. Bandersnatch no tiene nada interesante para mostrar más allá del artificio y del trucaje, distanciándose totalmente de las emisiones anteriores.

Black Mirror (Reino Unido, 2011-2018). Todas las temporadas disponibles en Netflix.