Una mujer de paradero desconocido aparece muerta en una playa. Ese hecho azaroso en la rutina de la protagonista resulta lo suficientemente impactante como para sumir en el olvido el insulto que irrumpe segundos antes en su teléfono celular. Una muerte ajena, un signo por el momento indescifrado, y apenas un alto en el camino de Emmanuelle hacia el encuentro con Olympe, el club feminista que busca impulsarla como presidente de una de las empresas más importantes de Francia. Esa corporación, sin embargo, ya cuenta con un candidato y -no casualmente- se trata de hombre, de allí que comiencen las negociaciones de las integrantes del club que se mueven con astucia milenaria en los largos e incontables pasillos en donde se tejen las influencias. ¿Qué las diferencia de sus pares masculinos?, se preguntarán algunos malintencionados desprevenidos que -ante el lobby que se desarrolla frente sus ojos- caen en la sutil trampa que les tiende la película. ¿Existe un modo de ejercer el poder exclusivamente femenino? ¿Qué puente puede tenderse entre las mujeres que pugnan por hacerse un lugar en las largas mesas en las que se toman la decisiones y las que, sin nombre, yacen ahogadas en el olvido?

La película de Tonie Marshall ofrece una particularidad que la ubica un poco aparte de otras tantas que podríamos identificar como de temática feminista: Emmanuelle Blachey (Emmanuelle Devos) no se ajusta al estereotipo de mujer fuerte, casi maquinal (y allí está como ejemplo extremo, ineludible y recurrente, la Isabelle Huppert de Elle), que suele erigirse como columna vertebral de este tipo de cine. Su principal virtud es, por el contrario, la empatía, una gracia manifiesta, una sensibilidad que acorta las distancias al momento de entablar relaciones «públicas» -conversar, cantar viejas canciones, acompañar la elección de un vino- que ella impregna de una delicada intimidad y que se cristalizan en negocios provechosos para la compañía de turbinas eólicas en la que desempeña una función ejecutiva. Por supuesto que Emmanuelle sufre las exigencias de su vida laboral, pero pese a las jornadas interminables que le ocasionan roces familiares, algunos desencuentros y una batería de somníferos, nunca se la ve ostensiblemente nerviosa ni extenuada. Y esto es virtud de la actuación de Emmanuelle Devos, cuya emocionalidad elude los pliegues gestuales de las neurosis femeninas que suelen ostentar este tipo de roles.

Emmanuelle no es, sin embargo, una figura puramente protocolar, anfitriona ultraprofesionalizada, cálido adorno para el regocijo masculino, sino alguien que se impone con aplomo en una reunión de ejecutivos (en su mayoría hombres) que quieren tener siempre la última palabra. La vemos deslizarse con sigilo en un ejercicio formal de esgrima diplomático en el que todos, sin excepción, pasean sus cuerpos ingrávidos por lujosos salones en donde las burbujas del champagne se cruzan con las artes de la política. Claro que, mientras en ese mundo predominan las reverencias palaciegas (las frases calculadas, las verdades dichas a medias, los silencios precisos), en los estratos más bajos los cuerpos de las mujeres sufren violencias más prosaicas. No creo en la solidaridad femenina, sostiene Emmanuelle ante ese ofrecimiento que, según la organización que lo impulsa, sería vital para la causa feminista. No tiene que creer, le responden. No es una religión, es política. De ese primer intercambio, desde el escepticismo inicial hasta el convencimiento último, Emmanuelle sufrirá una transformación: la visita a una plataforma marítima -y esa noche que comparte con las operarias que allí trabajan- empieza a crear en ella una conciencia sobre las violencias que viven sus congéneres en contextos menos favorables. Aunque muy pronto, cuando se precipite la elección del candidato y las mujeres empiecen a disputarle espacios a los hombres, la violencia aflorará también en los despachos relucientes.

Sin embargo, la transformación de Emmanuelle parte sobre todo de una relectura de su historia personal. Porque, entre tantas cosas, busca una explicación para el suicidio de su madre, quien en un acto de desesperación último decidió arrojarse al mar cuando ella tenía apenas diez años. Y en esta búsqueda va distanciándose progresivamente de la interpretación del padre, representante del discurso «progresista intelectual» -de un velado machismo- sobre la condición femenina. El padre -que además encarna el punto de vista del espectador desprevenido- le cuestiona a Emmanuelle su obcecada voluntad de dirigir, su necesidad de estar siempre al mando. Pero, ¿por qué las mujeres deberían mitigar ese fuego que las convoca al gobierno del mundo? ¿No es acaso este tabú -el que hace del poder un sueño vedado a las mujeres- el origen de la fragilidad que en el pasado llevó a Emmanuelle a una internación en una clínica psiquiátrica? ¿No es también el causante del sentimiento de inutilidad que condujo a su madre a la muerte?

La número uno se hace estas y otras preguntas y reflexiona, ante todo, sobre la naturaleza del poder, un poder que se muestra masculino, violento, procaz, extorsivo. Los interrogantes reverberan en un paisaje azul plomizo de altas torres por el que se mueve la protagonista y trazan una estampa melancólica que se prolonga en el mar en invierno. El agua es el motivo recurrente que envuelve a la mujeres: las que trabajan en la plataforma marítina, las que se arrojan al mar sin despedirse, las que fueron empujadas y flotan a la deriva. Es el agua a la cual, en la Edad Media, atadas de pies y manos, se arrojaba a las mujeres para comprobar su condición de brujas; si flotaban se verificaban las sospechas, si se hundían éstas se disipaban, aunque al momento de esa constatación el destino de las acusadas estuviera sellado de manera irremediable. Esta «ordalía del agua» emerge ahora desde lo más oscuro de los tiempos para conjurarse en el final de la película cuando Emmanuelle le rinde homenaje a esa NN que se cruza al comienzo en su camino. Un homenaje que la liga a la vida y a la tristeza de su madre -que es a su vez la vida, y la tristeza de todas las mujeres- y que es en sí mismo una reparación. Los cuerpos anónimos encallados en la arena son el símbolo de la postergación y la invisibilidad, y el punto de partida de una lucha por el reconocimiento. Porque, junto a las preguntas que formula, La número uno insinúa también una respuesta, la posibilidad de instarurar un nuevo orden (una nueva ética, una nueva política) anclado en una dimensión sensible de las relaciones humanas. Una lucha que se prolonga hacia el futuro en la imagen de una niña que corre por la playa, muy cerca de ese mar donde se extingue el deseo pero donde el deseo también puede nacer.

Acá se puede leer otra crítica de la película.

La número uno (Numéro une, Francia, 2017). Dirección: Tonie Marshall. Guion: Tonie Marshall, Marion Doussot. Fotografía: Julien Roux. Edición: Marie-Pierre Frappier  . Elenco: Emmanuelle Devos, Suzanne Clément, Richard Berry. Duración: 110 minutos.