michael-shannonLos ojos de Michael Shannon son un arma de doble filo. Saltones, ojerosos, oscuros, forman el tipo de geografía extraña de la que se puede enamorar una cámara, esa cosa que llaman fotogenia, esos accidentes humanos que parecen haber sido creados para estar en una pantalla. Pero ahora que vemos a Shannon cada vez en más papeles, con más protagonismo, con más primeros planos, empezamos a sospechar que tal vez exista una fotogenia excesiva. Y hay que saber filmarla.

La presencia de Shannon en cámara (y, dicen, en teatro) es innegable: si está en plano, no podemos dejar de verlo, al punto de que parece casi ridículo enterarse ahora de todos los papeles secundarios que hizo en su larga carrera de hormiga hasta llegar a los protagónicos (Internet dice, y parece mentir, que actuó por ejemplo en Pearl Harbor y Vanilla Sky). Su presencia es tal que, con una carrera relativamente corta (si no contamos esa ficticia carrera de actor secundario que le quieren endilgar), ya parece haber quedado encasillado en un recoveco más bien oscuro: entre loco y asesino, su rango en cine cubre desde la enfermedad psiquiátrica hasta la hijaputés más fría, pero no mucho más que eso. Shannon tiene una presencia demasiado fuerte, y lo fuerte, en Hollywood (reino de lo blando), sólo funciona del lado de los malos, o por lo menos de los desviados.

El problema con Shannon, portador de esa fotogenia extraña, es que aporta a sus papeles más de lo que algunos de sus papeles parecen necesitar. No hace mucho, por ejemplo, en El hombre de acerodonde Zack Snyder quiso hacernos creer que Shannon podía ser un militar nacionalista extremo, obsesionado con salvar a su planeta a cualquier precio, una idea que, en principio, podría ser comprensible para el espectador sobre todo en Estados Unidos. Sin embargo, el tipo, con el brillo de sus ojos, le aporta a ese villano una locura que desborda cualquier justificación argumental. Y El hombre de acero, de Zack Snyder, no podía soportar ningún tipo de desborde.

Ahora la cartelera nos muestra otra vez el perfil de Shannon con The Iceman y, aunque la película soporta mejor los excesos que invoca su actor protagonista, algo queda ahí que no puede resolverse. The Iceman está basada en hechos reales, pero una cosa es evidente: en la vida real, Richard Kuklinski no podría haber tenido nunca (y de hecho no la tenía) semejante cara de asesino a sueldo. Shannon es, tal vez, demasiado perfecto para ese papel cinematográfico: podemos verlo descuartizar cadáveres congelados, ¿pero realmente podemos creer que Winona Ryder vivió toda su vida al lado de ese hombre y nunca sospechó que escondía algo siniestro y ominoso?

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No se trata de qué tipo de papel se le da para interpretar a Shannon, sino de evaluar si el marco que lo contiene es capaz de soportar las sacudidas de sentido que él imprime con solo pararse frente a la cámara. En Solo un sueño, de Sam Mendes, Shannon interpretaba a un enfermo mental (fue el primer papel que lo hizo conocido al público y por el cual estuvo nominado a un Oscar), posible origen de su encasillamiento como actor en Hollywood.  ¿Qué mejor que un papel de desquiciado para Shannon? El problema es la intensidad que trafica Shannon. En una película blanda, de contenido social anacrónicamente pasteurizado, con una locura simbólica y simpática, la fuerza de Shannon no hace más que poner en evidencia el tinglado de sentidos que quiere armar Mendes con su película.

Pasa lo opuesto, para hacerle justicia al gran actor que es Shannon, con el papel que interpreta en la serie Boardwalk Empire: el agente Van Alden tal vez sea un poco demasiado estricto y roce el fanatismo religioso, pero no es en sí un personaje desequilibrado, sino apenas uno moral en un mundo corrompido. Sus parlamentos no son frases “de loco”, sino juicios duros. Sin embargo (Scorsese de por medio), Boardwalk Empire sabe de cine, entiende lo que pasa cuando se pone a ciertos actores frente a la cámara (como pasa, a su vez, con Steve Buscemi), puede soportar sacudidas de sentido porque no es una estructura rígida. En ese marco, Shannon despliega todo su arte.

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Quien parece haber entendido cabalmente a Shannon (y no podía ser de otra forma) es Werner Herzog, que lo eligió como protagonista de My Son, My Son, What Have You Done? Frente a frente, cara a cara, la cámara de Herzog se ubica frente a los ojos de Shannon y todo tiembla. El abismo, siempre amenazante, de Herzog hace eco en un actor que desata sentidos.

Las fuentes de Internet dicen (y esto sí parece más creíble) que en su larga carrera como actor de teatro, en un momento Shannon interpretó la obra Woyzeck, posiblemente el punto más alto al que ha llegado la literatura de los desquiciados y la literatura en general. En cine, en 1979, el papel de Woyzeck lo interpretó Klaus Kinski, dirigido por Werner Herzog. Otro de esos locos.