bncff33cmaaodbjEl cine es cuestión de fe. Y el creyente/espectador suele meterse con frecuencia en los más variados templos/salas en busca del milagro, en busca de la revelación, de la obra maestra oculta. Hay veces en las que entregarse a estos rituales resulta más fácil que otras: el prestigio del director, más un elenco consagrado y unos cuantos premios sobre las espaldas presuponen un terreno favorable para la ceremonia, aunque no infalible. Pero cuando esta conjugación no sucede, la materialización del prodigio se vuelve un poco más compleja. Sin embargo, no siempre se trata de andar en busca del tesoro perdido; los hallazgos suelen aparecer allí donde uno menos lo espera, y el cine argentino cada tanto ofrece algunas muestras interesantes al respecto: un gesto, una manera de estar, de ocupar el espacio con la sola presencia del cuerpo como lo hace Fabiana Cantilo en la reciente Aire libre de Anahí Berneri, resulta gratificante. Un salto al vacío, como lo viene haciendo Caetano desde Francia, poniendo a una actriz como Natalia Oreiro en un papel que se contrapone al erotismo y la sensualidad de su imagen de estrella internacional, resultar revelador. Incluso comediantes como Daniel Aráoz o José “Yayo” Guridi han dado sorprendentes muestras de talento cinematográfico en películas tan disímiles entre sí como El hombre de al lado y Fase 7 respectivamente.

Siguiendo esta premisa, dispuesto a creer y a entregarme, me metí a ver Socios por accidente. La ecuación era la siguiente: por un lado, directores interesantes (Nicanor Loreti, autor de esa perla negra llamada Diablo, y Fabián Forte, que estrenó recientemente La corporación) y, por el otro, actores de los que, en principio, poco cabía esperar (José María Listorti y Pedro Alfonso, ambos personajes salidos de la factoría Tinelli). El resultado parecía indescifrable. Temía lo peor, pero al mismo tiempo me esperanzaba vagamente con que sucediera el milagro.

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Lo que me pasó mientras miraba Socios por accidente es que una sola frase se me venía a la cabeza: “No alcanza…está bien, pero no alcanza”. No alcanza, pensaba, con superar la factura técnica a la que nos tiene acostumbrados este tipo de películas, en general mal filmadas y plagadas de malas decisiones (valga como ejemplo la flamante Bañeros 4 y todas sus antecesoras). No alcanza con evidenciar la pertenencia a la clase B a partir de los cameos de varias figuras del cine under local y de la utilización abrupta de la elipsis, sin mediar construcción formal alguna, para pasar de un lugar a otro (de la selva a la ciudad en este caso). Eso es un error, no economía de recursos. No alcanza con ponerle una peluca ridícula a Listorti si lo que se consigue es la configuración casi idéntica de su personaje televisivo, a punto tal de incluir, con leves variantes, su famoso latiguillo “¿Le gustó o no le gustó?” No alcanza con el trabajo cuidado de la puesta en escena para disimular los baches de un guión flojo y la inmediatez de los gags, los cuales están más cerca de los peores números que ofrece cualquier espectáculo de café concert o stand up que del tono que la comedia, en su condición de género, reclama.

Mientras miraba la película en la sala y escuchaba a la gente reírse de los mismos chistes que noche tras noche se reproducen con igual ineficacia en la televisión, pensaba que Socios por accidente está destinada a ser ese tipo de películas que marcan y acentúan la distancia -cada vez más grande e irreversible- que existe entre la crítica cinematográfica y el público en general. Esto no es nuevo, y son pocas las veces en que la crítica ha incidido sobre la suerte de una película, ya sea defendiéndola o denostándola. A Socios por accidente probablemente le vaya bien, pero no es esto lo que me preocupa, cada uno es dueño de elegir qué quiere ver o de qué manera divertirse. Lo que me preocupa es la repetición de la fórmula más allá del formato, que el público vaya en busca de un mismo chiste, de un mismo efecto, así se trate de cine, teatro o televisión. La igualación de la experiencia, la quita de lo particular, el desprecio por las variables formales del lenguaje y el foco puesto en su consecuente homogeneización, es algo sobre lo que la industria del espectáculo viene trabajando hace tiempo y que el público en general acepta sin oponer demasiada resistencia, sin la más mínima reflexión. Pasaré por ingenuo, pero eso es lo que me preocupa.

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Cuando voy al cine busco ver cine, más allá de lo industrial o independiente que sea el producto, más allá del alto o bajo presupuesto con el que se trabaje. Cuando veo televisión sólo espero aquello que el medio, dentro de sus limitaciones, puede ofrecer. Lo mismo vale para las otras disciplinas. Por eso es que la película de Loreti y Forte me generó más dudas que certezas. Por eso quiero creer que su mera realización responde más a un ejercicio comercial que les permita, en un futuro no muy lejano, poder hacer realmente lo que les interesa (el propio Adolfo Aristarain lo hizo en su momento) que a una firme convicción sobre las posibilidades de la comedia y del cine en general. De suceder lo primero, la fe continuará intacta. Si prevalece lo segundo, la decepción será enorme y el escepticismo reinará.

Aquí pueden leer un texto de Marcos Vieytes sobre esta y otras películas relacionadas.

Socios por accidente (Argentina/2014), de Nicanor Loreti y Fabián Forte, c/José María Listorti, Pedro Alfonso, Anita Martinez, Ingrid Grudke, 90’.