Lo que nunca queda claro luego de verla es cuál es la motivación de los autores de la película. En la historia de Soledad Rosas hay anarquía, familia, amor, política, tragedia. Nada de eso parece atravesar una película que lo mira todo desde lejos, tal vez desde la normalidad, como si no sintiera lo que siente la protagonista sino a través de la empatía bienintencionada de personajes normales.

La posición anarquista de los protagonistas empieza y termina en una serie de enunciados enfadados, vivir en construcciones abandonadas, hacer explotar un petardo en un barrio cheto y en el hurto de materiales para la venta en el circuito comercial. Es, como suele ser, una hermosa posición estética más que una posición política. Cuando quiere ponerse política es difícil separarla de un virtuoso liberalismo de tribu. Pero esto es una opinión personal, he escuchado defensas apasionadas, cariñosas y justas del anarquismo. Soledad no es una de ellas. Más bien lo ve como una adolescencia persistente y tardía, una rebeldía con causa justificada. Las acciones del grupo al que se une Soledad (Vera Spinetta) no pasan de una búsqueda de la propia supervivencia por fuera de los carriles formales, el reparto de volantes y un programa de radio del que no logramos saber nada. Edo (Giulio Maria Corso) es uno de los miembros del grupo, el más crispado en sus declaraciones, al punto de volverse un poco pesado y aburrido. De este se enamora Soledad sin que logremos vivir ese enamoramiento, sentirlo en la pantalla. Debemos comprender y asumir que eso ha ocurrido. La fascinación de ella no parece ser otra cosa que reacción contra los padres.

La dirección es muy correcta, con dedicación y profesionalismo, aunque los diálogos son algo fríos y no logran saltar del papel a la realidad. La falta de interés que genera todo está sellada en el guion, en la tibieza del acercamiento a la anarquía, la política y el amor.

La película mira a Soledad con los ojos de tres personajes secundarios que son la encarnación de una normalidad individual, distendida y de buenas intenciones. El primero, contra los padres severos y conservadores, es la amiga de la madre con la que se va a Italia. La que intenta proteger a Soledad sin forzarla, la del pelo con mechones sueltos y ropa amplia, la que mira con mirada tierna. El segundo, en el Estado, es el fiscal que no se toma muy en serio las actividades del grupo, pero resulta obligado a detenerlos por un personaje oscuro que parece responder a intereses impuros. El tercero, y el que sella esta mirada de la película sobre el personaje, es la celadora de la cárcel. Como a los dos anteriores, se le dedican primeros planos donde se puede ver la pena y la compasión que le genera Soledad.

Todos estos personajes muestran que hay una normalidad amable y sensible, que se contrapone al abuso de poder por alguna clase de maldad que queda fuera de campo. La rigidez de los padres, la brutalidad de algunos policías y el oscuro personaje que persigue al grupo son anomalías, contingencias que podrían subsanarse si se hicieran las cosas bien como lo hacen la amiga, el fiscal y la celadora. Bien en el sentido de correctamente y en el sentido de bondadosamente. Esta es la estrategia electoral del macrismo: diluir el conflicto y la lucha de poder en una imagen según la cual las prolijas instituciones han sido ocupadas y saqueadas por una banda anormal que las ha profanado y las ha usado para su provecho.

Si esa visión es alejada de la realidad lo es aún más del anarquismo que, como la propaganda macrista, cree que la dominación y la opresión son evitables pero, al revés que el macrismo, cree que las instituciones son causa o reproducen esta dominación.

Esta visión de la realidad esteriliza la historia que queda imposibilitada de desplegar sus pasiones. Ni siquiera puede transformar al amor en su causa porque los amantes nos dan más lástima que empatía. Sentimos su final más caprichoso que trágico y a sus motivaciones más infantiles que épicas.

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Soledad (Argentina/Italia, 2018). Dirección: Agustina Macri. Guion: Agustina Macri y Paolo Logli (basado en el libro Amor y Anarquía de Martín Caparrós). Fotografía: Daniel Ortega. Montaje: Natalie Cristiani. Elenco: Vera Spinetta, Giulio Corso, Marco Leonardi. Silvia Kutika, Luis Luque, Fabiana García Lago. Duración: 103 minutos.