Por Nuria Silva.

‘Un acto único, sublime, inédito’, ésa es la misión. Hacia allí van los payasos por aire, por tierra y por mar. Llegan de Argentina, España, México, Francia, Alemania, Rusia, Brasil… de todas partes del mundo. Pero no son las nacionalidades las que marcan las fronteras, sino las distintas escuelas a las que cada uno pertenece, porque si bien la idea principal es la de conglomerar a todos estos artistas, los discursos de los entrevistados son heterogéneos. A la disertación tradicionalista de una dupla de payasos criollos que apunta los cañones contra el clown de teatro y el Cirque du Soleil, definido por ellos como una gran empresa que toma elementos del circo, le replica la de aquellos que trabajan en el mencionado espectáculo. A la del más académico, la del absolutamente autodidacta. A la del hombre, la de la mujer. Pero esto que podría ser entendido como una conflagración y que, de hecho, algunos pasajes de la película presentan como tal, termina siendo provechoso al objetivo principal de muchos (por no decir todos) de los que nos dedicamos a esto: derribar la idea infundada del payaso como un personaje exclusivamente infantil. Los habrá oscuros, dulces, anarquistas, policías, pesados, pudorosos, nudistas, prostitutas y hasta una Testigo de Jehová.

Sólo para payasos es una película empírica, una docu-ficción que alterna entrevistas a varios miembros importantes del mundo clownesco (de todos los estratos) con cuadros humorísticos improvisados que dan forma a la historia principal. Los testimonios van desasnando al espectador sobre los orígenes (inciertos) del payaso, para luego discurrir acerca de las distintas problemáticas a las que los modernos tuvieron que hacer frente en determinados y nefastos momentos históricos, como el del franquismo en España y el de la dictadura militar en Argentina, y la importancia del rol del payaso como actor social. Presentes están los Payasos sin fronteras, el grupo Catalinas Sur, y el Circo Manija, perteneciente al taller de artistas del Borda, entre otros no agrupados, callejeros, errantes, pero igualmente vitales.



Aunque el universo felliniano es ineludible, vale aclarar y destacar -de paso combatimos cualquier prejuicio- que Martelli, sin negar la influencia del director italiano, edifica un mundo auténtico. A cada clown o grupo de clowns (desde la ficción y desde el documental) le/s asigna una sensibilidad fílmica acorde al espíritu que le/s corresponde. Algunos tendrán mayor relevancia que otros en el marco ficcional de la película, pero la resolución comunitaria, casi sindical, de los payasos genera una impresión de masa energética indivisible, en movimiento constante, incluso con los egos presentes. El zepelín-bus ayuda a esta idea de pujanza. El montaje rítmico y métrico la vuelven ligera y entretenida. La variedad de clowns facilita la identificación.
El título pareciera demarcar a un grupo selectivo de espectadores, pero la película busca a las claras aproximarse al entendimiento de que todos somos payasos, regla básica para construir el propio cuando se decide encarar la técnica, desde el lugar que sea. No hay persona en el mundo que no tenga una particularidad ridícula que pueda ser explotada. Crear o reconocer al propio payaso significa desnudar todo lo que se oculta, se restringe, a causa de la mirada ajena, aquello que pensamos mil veces antes de, simplemente, hacer y ser, para luego exponerlo crudamente ante esas mismas miradas. Es, básicamente, cagarse en el mundo y usar esa mierda como abono para que crezca algo nuevo, distinto y esencialmente libre. Como cuando de chicos mostramos orgullosos nuestras cagadas. Anarquía y payaso van de la mano.

Solo para payasos (Argentina, 2013), de Lucas Martelli, c/Tortell Poltrona, Luisito y Pacusito, Chacovachi, Petarda, Toto Castiñeiras, 105’.