Jane Austen solía elegir como motivo de su escritura las trivialidades del día a día, de las fiestas, picnics y bailes. La casa de campo era el espacio donde se iluminaban las aventuras, las historias sentimentales, la política y la intriga. Ella escribía para todos, para sí misma, para su familia, para sus contemporáneos, para el futuro. Con perspicacia caracterizaba a sus criaturas mundanas, ya que había impresiones que quedaban por fuera de su demarcación, y por mucho esfuerzo que le dedicara se trataban de emociones poco decorosas para la época. Por ejemplo, una joven que frecuentaba la casa parroquial no hablaba con entusiasmo y menos podía arrojársela a que sea protagonista de un momento romántico. Austen tenía el don del equilibrio. Contaba con un arsenal de recursos para evitar las escenas de pasión. Los encuentros se realizaban en la naturaleza, al aire libre, y la noche era descripta con solemnidad y sencillez.

El acento, en las novelas de Austen, siempre está puesto en el carácter. A partir de los lugares comunes y las trivialidades, refulgen los personajes y penden ante nuestros ojos sus más excéntricas peculiaridades. Sus talentos, sus virtudes, sus modales –ya sean seductores o extravagantes–, figuran a los personajes y trazan sus esquemas vinculares. También, se destaca una nota penetrante que suena distinta al de otros escritos de principios del siglo XIX: el sonido de la risa. Las adolescentes de quince años ríen. Ríen entre amigas, ríen delante de un padre, ríen si alguien se sirve sal en vez de azúcar, ríen en los bailes, ríen si una de las hermanas conversa con el muchacho que le gusta, simplemente ríen porque son adolescentes. La risa en Austen es impersonal e inescrutable. Y, también, delinea el carácter.

Las transposiciones de las novelas de Austen, producidas por la BBC, suelen presentar un humor frío, distante, muy semejante al clima invernal. Se realizaron varias versiones de Emma, de las cuales las más recordadas son la de 1996, protagonizada por Gwyneth Paltrow, y la osada Clueless (1995) de Amy Heckerling. La adaptación de 2020 está dirigida por Autumn de Wilde –fotógrafa y directora de videoclips[1]–, protagonizada por Anya Taylor-Joy, y se destaca por el deslumbrante diseño de arte y ofrecer un relato picaresco y satírico parecido al de Heckerling.

El personaje de Emma Woodhouse es definido, por Jane Austen, en la primera oración de la novela: “bella, inteligente y rica, con un hogar agradable y un temperamento feliz”. En efecto, la contraparte de tal algarabía se expresa en “su capacidad de imponer demasiado su voluntad, y su tendencia a pensar demasiado bien de sí misma”. Es decir, ante todo, Emma posee un peligro muy poco advertido: es engreída y superficial. Cualidades que sobrevienen con más fuerza, luego de que su institutriz, la señorita Taylor, contraiga matrimonio y abandone Hartfield. Así, la joven, intentando sobrellevar el vacío emocional, empleará una serie de trabajos de manipulación sentimental generando en su entorno una telaraña de confusiones, enredos, malentendidos que pondrán a prueba su propio valor personal.

El trabajo de la puesta en escena, propuesto por Autumn de Wilde, se aproxima al de Sofia Coppola en María Antonieta (2006). Los colores vívidos, el coqueteo incesante con la estética kitsch, el juego pictórico con los retratos artísticos que solían realizarse en el período –antes del advenimiento de la fotografía–, los estampados, los adornos florales, los banquetes, las tazas de té y las mansiones palaciegas conforman esta narrativa caleidoscópica, adentrándonos en una experiencia visual memorable. A su vez, todos los elementos de la puesta en escena y su diseño de arte colaboran en acentuar ese rasgo incómodo de Emma Woodhouse: la ostentación.

Si revisamos la interpretación brindada por Paltrow en el 96, encontraremos que esa cualidad amenazante es desplazada por un rostro angelical, rasgos de bondad y amabilidad dentro de un relato sentimental, alegre y luminoso. En Clueless, Alicia Silverstone arremetía con una caracterización más contemporánea, situada en el corazón de Beverly Hills, con teléfonos celulares, atuendos de Christian Dior, música de No Doubt y Radiohead, libros para adelgazar y dibujos animados. La excentricidad y superficialidad de Emma son sabiamente exploradas por Heckerling en esta versión en la que, además, se traza un paralelismo con la ostentación característica de los años 90. La adaptación de Heckerling trascendió precisamente por ser una sátira a las costumbres de una época y de una clase social determinada.

En ningún caso, Emma Woodhouse es mala persona. La superficialidad no la contamina en su espíritu. Simplemente es inocente. Es hija de un padre recientemente viudo, y lleva adelante una casa, cuidando a su progenitor de los males del frío y las comidas pesadas. Pensemos que Emma es un coming-of-age, una novela de formación, de pasaje de estadio: de la niñez a la adolescencia. La Emma de Anya Taylor-Joy trabaja conscientemente esa etapa de maduración, sostiene una lengua mordaz, una mirada ácida y manifiesta un comportamiento millennial snob, petulante, absorta en su propósito de hacer de celestina de sus amigas. Y, Autumn de Wilde, siguiendo los pasos dados por Heckerling, le otorga una buena inyección de juegos de seducción y temática sexual a la historia. Hay una serie de escenas que no aparecen en la versión del 96 ni en la novela. Se trata de escenas íntimas, donde los personajes están solos, realizando acciones de la cotidianeidad como es, por ejemplo, el aseo personal. El cuerpo desnudo, un bebé que se tira un pedo, un sangrado de nariz repentino, una mujer calentándose el culo contra un hogar son aspectos de nuestra vida cotidiana, pero que siempre parecieran no tener lugar en los relatos romántico-históricos. Precisamente porque son “poco decorosos”.

Si Jane Austen debía contenerse y restringir las escenas pasionales en los momentos románticos, Autumn de Wilde hace justicia divina y provoca que Anya Taylor-Joy juegue libremente con una frutilla contra su boca, buscando seducir al hombre que le gusta. El despertar sexual también es un aspecto importante de la adolescencia y no se le hace caso omiso. Por eso es sumamente interesante la incorporación de la escena íntima y personal, del cuerpo desnudo que se descubre a sí mismo en su sexualidad.

Por otro lado, como mencionaba líneas más arriba, la risa es un componente fundamental en Austen. En esta nueva versión, se lo incluye y explora desde la sátira –como crítica social a las costumbres –, a partir de personajes excéntricos que son empujados a situaciones random como si fueran marionetas. El humor utilizado es refrescante en su descaro e inteligencia. Lo políticamente incorrecto arremete en la pantalla grande, generando carcajadas inesperadas en el espectador. Bill Nighy lleva a cabo un Mr. Woodhouse inolvidable, amplificando las peculiaridades y extravagancias de ese personaje recientemente viudo y a cargo de una hija de quince años.

La nueva versión de Emma es un llamativo ritual de pasaje de estadio, de una adolescente encontrándose con su sexo y con el sexo opuesto, descubriendo su femineidad, enfrentándose con el obstáculo de la soberbia y fanfarronería de la perfección para aprender una lección de vida: la humildad. Descarada, atrevida y entretenida, la ópera prima de Autumn de Wilde y nueva versión del clásico literario, será recordada por su estética e inteligencia interpretativa.


[1] Realizó la tapa del disco “Sea Change” de Beck, la contratapa de “Extraordinary machine” de Fiona Apple, fotografió a los YeahYeahyeahs, Arcade Fire, TheRacounteurs, Maroon 5, Norah Jones, Wilco. Dirigió videoclips de Florence + The Machine, Starcrawler, The Lemon Twigs, entre otros.

Calificación: 9/10

Emma (Gran Bretaña, 2020). Dirección: Autumn de Wilde. Guion: Eleanor Catton, Jane Austen. Fotografía: Christopher Blauvelt. Montaje: Nick Emerson. Elenco: Anya Taylor-Joy, Angus Imrie, Letty Thomas, Gemma Whelan, Bill Nighy. Duración: 124 minutos.