5473-la-mary-reestreno-_168A mitad de camino entre el noir psicológico y el sexploitation, La Mary es una película fuerte en sus problemas, exacerbada, ridícula y maravillosa. A la vez espantosamente retrógrada e increíblemente moderna, La Mary solo podría ser considerada un clásico por quienes la ven con ojos de nostalgia. Tinayre, ese viejo maestro de la plasticidad de la imagen, tan afecto a maltratar a su esposa en la pantalla, ese gran director del cine clásico argentino que era mejor para componer planos que para narrar, intenta darle a La Mary una cierta fluidez narrativa, pero el material pareciera resistirse a las superficies pulidas. La Mary avanza de a golpes. O, podríamos decir también, fiel al viejo espíritu moderno del noir clásico, Tinayre hace en su vejez una película moderna que busca, sin embargo, construir ese universo redondo y coherente que era propio del cine mejor armado. Tinayre mismo forma parte de ese universo autosuficiente que se resquebraja por todos lados: en la cuidada (y, sospechamos, costosamente producida) ambientación de época, el propio Tinayre entra a formar parte de las referencias del pasado cuando sus personajes van a ver en 1940 una de sus películas al cine.

Un elemento fundamental que funciona como puente entre esta película y el cine clásico es la presencia de Olga Zubarry, una mujer de más de 40 para 1974, gran actriz de la época dorada que alcanzó el éxito protagonizando El ángel desnudo, dirigida por Carlos Hugo Christensen, película famosa por haber incluido el primer desnudo parcial del cine argentino (en realidad, un falso desnudo de una actriz que por entonces era menor de edad). Susana Giménez, por entonces joven también aunque no menor de edad, le ofrece a la cámara en La Mary varios desnudos completos, frontales, setentistas.

10102014_0929_protagonistas_la_mary.jpg_1508290738Uno de los hallazgos de esta película es la figura (extraña, casi diría única) de lo que podríamos llamar una bruja católica: una mujer obsesionada por la pureza y la virtud, que como contracara de su obsesión se vuelve un ave de mal agüero que predice desgracias e irradia represión. La Mary, producto de un aborto frustrado, criatura bastarda e impura, carga sobre sí todo el catequismo de barrio, obsesiones de vieja (que no comparten, por ejemplo, las demás mujeres de su familia y de su familia política, mucho más pragmáticas) y carga de esa pulsión a toda la película. La paradoja de esa fuerza proletaria encorsetada es la que llena de histeria a La Mary y le permite elevarse con contorsiones de la mayor artificialidad. Frases como: “Lo lindo del matrimonio es llegar caliente al altar” encierran toda la fuerza y todo el encanto de esta película sucia, sufriente y loca.

Susana Giménez y Carlos Monzón, la pareja del escándalo, que anclan la película en una época, en el exploitation, en el juego evidente con la carrera de boxeador y la carrera de mostrar piel, quedan envarados en la fuerza del argumento psicologista que los atraviesa: cargados de vitalidad, perfectos para los papeles que les toca interpretar, le ofrecen a la película toda la fuerza de su fotogenia y todas sus limitaciones como intérpretes incapaces de transmitir profundidades psicológicas de folletín. El resultado es doblemente poderoso, por lo plástico y por lo tosco, por el realismo de sus cuerpos y el antirrealismo de sus gestos.

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La película se alimenta de estas contradicciones y las potencia: a la histeria de los personajes le suma histeria narrativa. A la histeria narrativa le suma una moraleja sexual curiosamente libertaria: la idea trágica, pegajosa, inestable de que la virtud mata.

La Mary (Argentina, 1974), de Daniel Tinayre, c/Susana Giménez, Carlos Monzón, Alberto Argibay, Dora Baret, Olga Zubarry, Leonor Manso, Juan José Camero, María Rosa Gallo, 109’.