Steven Wonder: Sobre el documental Spielberg, por Andrés del Pino

Cachorros del cine. Spielberg, el  documental de HBO que revisa/homenajea la obra del crédito de la periferia de Cincinatti, y que no generará grandes cambios en la opinión del soberano (los que lo cuestionan o detestan seguirán haciéndolo por las mismas razones de siempre, tal vez sumen algunas, y los que lo aman o siguen con relativa atención y aprecio tal vez hasta encuentren también más motivos), empieza con el impactante plano de un amanecer en el desierto. Así como cada vez que Scorsese aparece explicando su historia cita invariablemente el sol y el calor  desde los títulos de Duelo al sol (King Vidor, 1946) y su epifanía que motivó que al salir del cine le preguntara a papá “por qué toda esa gente ahí afuera no estaba en la sala y se perdían eso”, lo mismo ocurre con Spielberg citando la magnánima Lawrence de Arabia (David Lean, 1962) como la razón fundamental para desistir de ser director de cine (la primera vez que la vio) así como para decidir que no podía ser otra cosa que eso (a la octava o décima al hilo). Como usted y yo, Steven la sigue viendo: él cada vez que está por arrancar con un nuevo proyecto, nosotros preferentemente las tardes de lluvia.

Las dos horas y media que se toma Susan Lacy para hacer este documental son exageradas pero igualmente dinámicas, aunque se las hubiera merecido Brian De Palma, quien en sus breves apariciones pone aquí buen condimento, justo lo que le falta al cholulo pero insuficiente homenaje que le rindieran recientemente Noah Baumbach y Jake Paltrow (De Palma, 2015). Ya que estamos: si bien un entusiasta del cine muy probablemente se quede hasta el final de Spielberg, claramente lo mejor está en los primeros 40 minutos, en sintonía tal vez con quienes piensan que el director dio lo mejor en su primera década como tal. Allí nos encontraremos en un muy bien planificado desorden a Tiburón (1975) (cuyos entretelones de producción no por conocidos dejan de ser sabrosos y elevan la epopeya de uno de los últimos clásicos hawksianos), el justificado entronamiento como muchacho maravilla a los 29 años y luego pegar la vuelta a las home movies iniciáticas (un verdadero arsenal de cortos en 8 mm que atestigüan la temprana cinefilia de Steven, que choreaba vaya a saber cómo pedazos de películas de Ford o Hawks para empalmarlas en sus palotes cinematográficos en 8 mm alternando el bélico y la ciencia ficción), el corto Amblin (1968) que seducirá al presidente de la Universal, Sid Sheinberg, en adelante su visionario padrino, y la llegada a la increíble Duel (1971).

Allí ya están las brasas para un festín de testimonios que hilvanarán dinámicamente este exhaustivo documento: la familia Spielberg (papá, mamá, hermanas), indudables protagonistas por razón que luego apuntaremos, críticos, guionistas, el gran Vilmos Zsigmond, John Williams, el citado Sheinberg, Tom Hanks, Leo Di Caprio, un divertido e inteligente Richard Dreyfuss (muy similar a su personaje en Tiburón) y un más que larguísimo etcétera coronado por sus compañeros del “movie brat pack”: De Palma, con el mismo rictus entre distendido y burlón de siempre, Martin Scorsese, feliz y divirtiéndose como nunca (aquí no tiene que hacer de sacerdote supremo del cine, tan sólo se detiene tanto en elogiar la “película dentro de la cabeza” que siempre tiene su amigo cuando filma, como en recordar la cinefilia en patota y su intromisión en el sistema en los 70 :“fue como colarse en la fiesta”), Francis Coppola quien hace la simple como perfecta definición del cachorro más joven del grupo: “hace las mejores películas comerciales sin dejar de ser muy personales y virtuosas”, y finalmente, tan serio como Coppola pero al fin entrañable socio del homanejeado, George Lucas. Así pasa el análisis de una soberbia secuencia de Duel (la del restaurant rutero) pero también las anécdotas sobre las sesiones (cinéfilas y gastronómicas) de los cachorros cinéfilos, tanto en el recuerdo presente como en muy divertidas filmaciones que seguramente eran de Spielberg. Quien, de paso y sin tener que ver con nada, cuenta para el documental una sabrosísima anécdota de la gran cagada a pedos de De Palma a Lucas cuando éste les mostró entusiasmado un anticipo de la primer Star Wars. Imperdible.

Terapia exitosa. En fin, así de acumulativo viene este Spielberg revisitado, donde puntualmente se despliega un análisis de su filmografía (salvo pocas omisiones, como la despreciada Siempre, La Terminal o Tintín) enhebrada casi invariablemente con su propia vida. Es más, esa referencia sistemática por momentos lleva a preguntarnos: ¿es en este documental la obra de SS un McGuffin para en realidad contarnos la atribulada vida de su autor? Del joven, esmirriado, discriminado por judío y solitario adolescente de barrio que encontraba en sus películas refugio porque otra cosa no le interesaba ni encontraba su lugar en el universo juvenil, nos comentan tanto sus hermanas Anne, Nancy y Sue como el propio protagonista de este especial: “en mis películas quería el mundo de cuento de hadas que no tuve en mi vida”, dirá en un momento, así como su visión de la infancia como espacio de sabiduría, esto último manifestado en varias entrevistas de archivo donde una y otra vez tiene que responder lo mismo sin abandonar su beatífica sonrisa. Así, sin meternos con algunos títulos más ampulosos como E.T. o El imperio del Sol o Inteligencia Artificial, tomemos como ejemplo Encuentros cercanos del tercer tipo (1977), donde por un lado aparece Zsigmond alabando la maestría del joven cineasta para contar y para inventar efectos especiales y trucos de edición que luego serán choreados a diestra y siniestra, Spielberg confesando que lo influyó mucho 2001 (Kubrick, 1968), que ya lo había copiado en un corto en 8mm cuando era pibe (que también se muestra), pero también tomándose tiempo para señalar que la subtrama del fuerte conflicto personal y familiar del protagonista tiene mucho que ver con él y sus obsesiones (el personaje de Dreyfuss y la absurda montaña que tiene en la cabeza y no termina de armar en su living) como el drama de la separación de sus padres, tal vez el momento más dramático del documento junto con la experiencia de llevar a la pantalla La lista de Schindler. Pero todo tiene final feliz, este documental es también una de Spielberg.

Cal y arena. Pero más arena. Y si en drama estamos, un punto crítico y de quiebre de la obra spielberguiana fue cuando apenas teniendo un solo fracaso (“todos la odiaron” dirá de 1941 y lo adjudicará a un temprano complejo de todopoderoso que lo llevó a similar depresión que su amigo Scorsese luego del rotundo fiasco de New York, New York aunque no a abismos químicos como éste) y redimiéndose con la trilogía de Indiana Jones (Lucas cuenta que no fue tan fácil hacer una clase B después de todo), parece que los críticos igual no lo querían mucho y lo consideraban poco más que un exitoso artesano comercial. Así fue que apareció El color púrpura (1985) como una oportunidad de ser tomado en serio. Sabiamente este documental presenta esa experiencia desde el testimonio del critico David Edelstein, entre otros, como excesivamente edulcorada a tono con aquella afirmación del “mundo de cuento de hadas”, desde la fotografía hasta la flagrante autocensura de cierta escena clave del libro de Alice Walker. A partir de allí la filmografía de Spielberg irá estructurándose entre las fuentes de referencia cinéfila (aventuras, ciencia ficción) y la tan criticada faz de narrador histórico –que también tenía su idolatrado Ford- o de la actualidad política que evidentemente también lo conecta con otro clásico como Frank Capra: desde Lincoln hasta El puente de los espías pasando por La terminal, Caballo de guerra o Munich.

El cineasta total. El cineasta total en realidad lo imaginaba Jerry Lewis y no era precisamente Steven Spielberg. Pero en este documental, fuera de lo apuntado, también se subraya su imaginación sin límites que lo obliga obsesivamente a planificar cada pequeña escena y estar atrás de la cámara, por más ejército de asistentes y técnicos que haya, lo cual al fin y al cabo tiene que ver con la calidad de espectador que tiene el director para seducir con lo que está narrando, o para anticipársele como solía decir Hitchcock. Lo mismo para marcar actores, lo cual vemos en filmaciones de E.T. jugueteando para meter en papel a Drew Barrymore y Henry Thomas, o en el testimonio de Liam Neeson y una anécdota sobre cómo fumar un cigarrillo en La lista de Schindler. Así como también el film de HBO nos habla del carácter abarcativo de este autor para crear ese monstruo llamado Dreamworks y subirse al cambio de los tiempos, aplicando su inteligencia a mejores alternativas tecnológicas para su cine pero también al mundo de los negocios. Y esa es la parte menos interesante de esta verdadera cabalgata con fondo épico de John Williams, quién otro.

Spielberg (EEUU. 2017), de Susan Lacy, c/Steven Spielberg, Martin Scorsese, Daniel Day Lewis, Richard Dreyfuss, John Williams, 147’.

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