El recurso con el que comienza Stud Free Pub es interesante: alude a Poltergeist para pensarse a sí misma como un mecanismo similar que pretende, desde lo documental, rescatar lo que hubo antes de lo que hay ahora. Con la conciencia de que la historia no funciona por la preservación –el propio documental parece dar cuenta de ello en la limitación de los archivos visuales de la época-, sino por la superposición de capas geológicas –algo que se construye cubriendo lo ya existente- o por la destrucción –algo que ocupa el lugar de otra cosa que se destruyó-, el documental intenta resolver esa pérdida de lo material desde el entrelazado de los recuerdos. En un primer nivel de esa recordación aparece la recuperación de los que fueron dueños del lugar, que se ponen en camino para volver a ese espacio que ya no existe. La memoria de esos dueños se articula en relación directa con el espacio. Se sitúan para ello en la puerta misma del edificio que hoy ocupa el predio que era el Stud. Reconstruyen desde su propio recuerdo el espacio que no está y del que ni siquiera las imágenes pueden dar cuenta de su totalidad –hay una filmación en la que se ve el cartel de noche, hay imágenes del interior del bar y del patio interno-. Hay algo allí que bordea lo arqueológico, como si el documental estuviera quitando las capas de la superficie hasta llegar a la estructura de ese animal perdido del que quedan los huesos como testimonio de su presencia.

Los recuerdos de los músicos –de los que constituían el centro de esa escena en aquel momento como Charly García, el Indio Solari, a los emergentes como Richard Coleman o Diego Frenkel, y hasta los grupos pop que quedaron en esa época como Autobus o Cosméticos- van limpiando ese cuerpo hasta darle forma. Eso y las fotos y las filmaciones que quedaron –y que traen de vuelta a bandas enormes como Clap y Fricción- van reconstruyendo las partes. El primer escenario ubicado en un rincón. El segundo escenario, más amplio y con el lugar ya sin mesas. El patio interno y la parra como techo. Los afiches con la estética punk/new wave propia de la época, fotocopiados hasta donde diera el presupuesto. Y hasta esas lagunas de la memoria que parecen llegar a todos los músicos que no pueden recordar los detalles de cuando se subían al escenario a tocar, que son como los huesos que le faltan a todo esqueleto sobre el que el tiempo y la tierra que ha quedado sobre ellos han trabajado.

Si en ese punto el documental parece lograr con cierta aproximación la reconstrucción del cuerpo de lo que fue el Stud Free Pub, lo que le queda es la recuperación de algo que iba más allá del espacio físico. Algo que ni siquiera el eventual edificio preservado hubiera podido representar. Porque a fin de cuentas, lo que hace a un lugar no es el espacio en sí mismo, sino los que lo habitan. Algo de eso queda en claro cuando se advierte que lo que fue una caballeriza se convirtió en un bar. Y también cuando se recupera la memoria de lo que fue el barrio –el recorrido que hacen Bobby Flores y Lalo Mir en el recuerdo de lo que era esa zona del Bajo Belgrano en ese pasado es notable por el contraste con el hoy-, que con el cambio de sus habitantes, se fue convirtiendo en otra cosa.

Lo que quiere Stud Free Pub no es el recuerdo del espacio, sino el alma que habitaba en ese esqueleto, lo único que puede recobrar, al menos como memoria, la vida de ese cuerpo que hoy se recupera de las ruinas. Y entonces es allí donde el concepto de “experiencia” comienza a aparecer. La experiencia musical que involucra a buena parte de las bandas de la época, pero por sobre todo, la construcción del abajo del escenario como un espacio de encuentro de músicos. Stud como el lugar donde los músicos iban a ver y escuchar bandas, sin necesidad de saber quién iba a estar. Y también como la meca a la que arribaban los productores de las discográficas, buscando algo nuevo para sus lanzamientos, en la época en que el rock nacional se había vuelto un negocio rentable. Los registros de ese pasado incompleto van delineando el espíritu del cuerpo. Los recuerdos de la forma en que surgieron y se construyeron las escenografías de las actuaciones, pero también el antes y el después que implicaba que los propios grupos armaban y desarmaban sus instrumentos (la anécdota de Christian Basso esperando a la mañana en la puerta con su contrabajo que algo pasara y se lo llevara de allí es fundamental para entenderlo). La conjunción de los dueños, los músicos y los periodistas del circuito de la época –no por nada circulan allí Tom Lupo, Alfredo Rosso, Claudio Kleiman y Sergio Marchi- es lo que va decantando en la conformación de ese espíritu. Que quizás encuentre su representación más acabada en la entrevista de Tom Lupo a Sumo –la única en la que además se ve el mítico “camarín” del Stud- cuando estaban presentando su primer disco. Pero la imagen más acabada del lugar aparece en otro momento. En esa larga sucesión de escenas de la fiesta de casamiento de Pipo Lernoud, y que parece estar desajustada del registro del documental, sin embargo, aparece la forma más clara en que funcionaba el lugar: como un espacio de amistad y camaradería, marcado por los músicos y periodistas que terminan tomando el lugar como propio.

Stud Free Pub debe verse no solamente como la reconstrucción de ese esqueleto enterrado por los años y los nuevos aires de una ciudad que demuele y olvida –lo mismo que ha hecho con otros espacios como Einstein, Zero, La Esquina del Sol-. Lo interesante es ponerla en relación con otras películas –pienso especialmente en Cemento o La Organización Negra o en Héroes del 88– para comprender que entre unas y otras están saliendo de la mera arqueología para sumergirse en una topografía de la cultura urbana de la Buenos Aires de los 80. Una topografía que no solamente marca las líneas principales de un plano que rehace el trazado de la ciudad, sino que piensa en los recorridos de ese pasado brillante que todavía persisten como memoria. Lo arqueológico y lo topográfico se distancian de lo melancólico, de eso que pasa por la añoranza de lo que fue como hecho simple y distanciado de una mirada más amplia. Recuperan de una manera vital el último gran momento de efervescencia de la cultura argentina como parte de un prisma que todavía está incompleto, que requiere aún de más búsquedas para que el tiempo no termine de arrasar con aquello que la supuesta modernidad ya se ha llevado puesto.

Calificación: 6.5/10

Stud Free Pub. Una buena historia (Argentina, 2019). Director: Ariel Topo Raiman. Guion: Ariel Topo Raiman, Damian Originario. Fotografía: Ariel Topo Raiman, Nicolas Raiman,  Alejandra Martin. Música Original: Ian Raiman. Duración: 90 minutos. Disponible en www.comunidadcinefila.org/studfreepub