sullyClint Eastwood no es poético, es prosaico. Por eso se habla tanto de su clasicismo fílmico: porque recupera la contundencia (y el valor simbólico) de los hechos en la estructura de la narración por sobre el poder subjetivo de transferencia de la metáfora.

Clint Eastwood, sin embargo y sin contradicciones, utiliza en su prosa fílmica un recurso poético preponderante para ejercer sobre ella las epifanías de su contar… Ese recurso es la metonimia.

Clint Eastwood filma siempre sobre personas más que sobre personajes; individualidades más que individualismos; lo que se puede representar de una sociedad a partir de estas personas, de estas individualidades: he ahí la metonimia.

Clint Eastwood, por ello, filma desde la vida de Mandela hasta la vida de un francotirador-asesino apostado en Iraq sin contradicciones, con la misma búsqueda (pasión) metonímica y con el mismo rigor prosaico, clásico, estético y fílmico aunque, como bien dijo Nuria Silva en su nota sobre El francotirador, lo peor de esa película quizás sea lo mal montada que está.

Clint Eastwood, a diferencia de El francotirador, filmó Sully con una gran pericia cinematográfica basándose en la vida del Capitán Chesley Sullenberg, su tripulación completa, sus pasajeros, y el extraordinario aterrizaje de emergencia que realizó en el año 2009 en pleno río Hudson, en la ciudad de New York, en el helado invierno de enero en esa parte del mundo, salvando la vida de 155 pasajeros y toda su tripulación.

Clint Eastwood comienza su película en las horas posteriores a la hazaña del Capitán Sully, cuando la burocracia estatal, empresarial y sindical, pese a que ninguno de los 155 pasajeros sufrió lesiones de consideración, juzgó (quería juzgar, o comprobar más exactamente) el aterrizaje impresionante como un hecho-curioso, contradictoria y ridículamente- “erróneo”.

Clint Eastwood filma, entonces, a partir de este juicio y sus vísperas, al sujeto cartesiano por antonomasia: el Capitán Sullenberg, quien, a pesar de ser un héroe para la ciudad, el país, el mundo, su familia, sus amigos, duda… Duda realmente si su maniobra fue la correcta, y si la misma lo fue o no, precisamente, porque su vida fue la correcta.

Clint Eastwood, sin embargo, esquiva (aunque sin escapar del todo) lo metafísico y/o existencial en ese entrecruce que despierta la duda y, aprovechando su prosa fílmica, sienta su enfoque en una noción más primaria, aunque no por ello menos compleja: la intelectualización de la pasión de una persona que lo puede volver -involuntariamente- metonimia de lo social. Esa pasión, para el Capitán Sullenberg, es el vuelo.

148970Clint Eastwood filma, a través de una gran interpretación de Tom Hanks, cómo el Capitán Sully, a pesar de sus idas y vueltas familiares, de sus idas y vueltas sociales, de sus idas y vueltas económicas, de sus idas y vueltas profesionales y psicológicas, es, por sobre todas las cosas, un apasionado del vuelo: su vida fue volar y justamente toda duda se licúa -se va licuando a lo largo de la película con una elegante serie de flashbacks- en la intelectualización (su recorrido, su trayectoria…) de esa pasión que, por lo visto, es lo único seguro que tiene en la vida. Eso, y las 155 vidas que efectivamente salvó en una maniobra de aterrizaje única y extraordinaria en la historia de la aviación mundial realizada en apenas 208 segundos.

Clint Eastwood encuentra aquí, entonces, un componente más que, finalmente, termina atravesando de lado a lado la película: entre lo extraordinario y la excelente performance de vuelo de un hombre, la incertidumbre de la duda, de si lo extraordinario fue producto de un error, de un milagro, de la suerte, o, simplemente, del trabajo bien hecho de una persona que conjugó toda la pasión de su vida, en el vuelo, en ese vuelo, en ese aterrizaje haciendo, simplemente, lo correcto.

Clint Eastwood juega con esta suerte de paradoja: si lo extraordinario y el trabajo bien hecho de una persona entrenada para hacerlo son sucesos complementarios o reflejos opuestos de, en este caso, una misma maniobra (el accidentado y exitoso aterrizaje).

Clint Eastwood apela, por ello, para ello mejor dicho, a una de las matrices modernas más solventes tanto para la ciencia ficción como para los cuestionamientos marxistas sobre los “medios de producción”: el razonamiento excesivamente lógico de las máquinas versus el componente emocional e inestable del hombre.

sully_imax_trailerClint Eastwood, teniendo en cuenta todos estos componentes, con toda su tradición de western encima, anuncia en Sully desde sus primeros 10 minutos, un duelo: a la hora de la verdad, la reacción de un hombre es lo que divide la vida de la muerte. A la hora de la verdad, la reacción del Capitán Sully fue lo que separó la vida de la muerte de 155 pasajeros. A la hora de la verdad, la verdad, aparentemente, solo puede ser concebida en los hechos: su textura son los hechos precisamente. Su presencia son los hechos. Y esos hechos, para terminar de personalizarla, se deben volver simbólicos y el Estado (la otra contraparte del duelo) es el que va a confrontar con sus peritajes y juicios estos símbolos a través del uso de las máquinas y sus lógicas binarias y algorítmicas de “perfección”.

Clint Eastwood, entonces, reivindica -especialmente en su final, con las imágenes verdaderas de la hazaña- el poder del símbolo que construyó a partir de la metonimia y la prosa fílmica encadenando sus relaciones, sumándolas: el Capitán Sullenberg es un símbolo; la burocracia estatal es un símbolo; el rescate coordinado de bomberos, policías y rescatistas es un símbolo; New York es un símbolo; el Capitán Sullenberg pagando su “propio” trago en un bar es un símbolo. ¿De qué? Ahí es donde Eastwood redobla su apuesta (política) y deja lugar a su magnífica subjetividad de artista: Quizás Sully tan sólo sea el símbolo de la sociedad estadounidense moderna; de un deber ser, más bien, con cierto romanticismo (¿idealismo?) en el que dicha sociedad se debiera moldear, organizar y, sobre todo, reflexionar.

Clint Eastwood es, sin dudas, un moralista y no tiene ningún problema con el hecho de serlo. Aunque es un moralista sin demagogia y por eso sus mensajes incomodan a cierto progresismo de cotillón más pacato que tilingo. De allí que Sully pueda resultar demasiado “correcta”, aunque no por ello es demagógica, justamente, y en el esquive del golpe bajo recupera todo mérito simbólico.

sully_clip_onthehudsonClint Eastwood sabe que la incomodidad de su moral es problema de su público; por ello los interpela constantemente, expresando una batería de “valores” insoslayables: la experiencia de la vejez y su sabiduría por sobre el ímpetu de la juventud (Jinetes del espacio), la dura cultura del trabajo por sobre la conveniente cultura de la vagancia y la delincuencia (Gran Torino), la consistencia de luchar duro por un sueño, por sobre el ventajismo y la manipulación de los oportunistas (Millon Dollar Baby), el poder de la amistad entre hombres y su nobleza (Jersey Boys). Por todas estas cuestiones, en Sully el “trabajo bien hecho” del Capitán Sullenberg prima por sobre cualquier especulación simulada de máquinas, ingenieros, abogados y burócratas que lejos de haber enfrentado la hora de la verdad como él la enfrentó desde la cabina de su avión perdiendo altitud apenas despegaba, simplemente, hacen pijoteras elucubraciones desde sus cómodos escritorios y sillones de oficinas diseñadas, únicamente, para estas elucubraciones.

Clint Eastwood, en definitiva, deja en claro con Sully que, a pesar de sus 80 años, a pesar de su trumpismo, a pesar de su pseudo fachismo (según cierto sector facho de la crítica justamente), a pesar de todos sus “a pesares”, sigue siendo un narrador extremadamente lúcido, absolutamente confiado y seguro en su estética, en su poder narrativo, fílmico, en las decisiones que toma con sus actores, sus ángulos, su fotografía, su música, sus montajes y, sobre todo, en la experiencia que le da -superando cualquier duda- tener 60 años de rodajes delante y detrás de las cámaras, para aspirar siempre a realizar un cine de excelencia que no deja indiferente, para bien o para mal, a ningún espectador que lo consuma… Como lo hizo, por lo visto, el Capitán Sully, con 40 años piloteando aviones, aterrizando magistralmente en el Hudson, en invierno, con los dos motores apagados por un impacto contra aves, sobrevolando una de las ciudades más densamente pobladas del mundo, sin dejar que ninguno de los 155 pasajeros sufriera, casi, daño alguno salvando todas -en el amplio sentido de la palabra- sus vidas con ese extraordinario aterrizaje forzoso. Con ese extraordinario trabajo bien hecho.

Sully: Hazaña en el Hudson (Sully, EUA, 2016), de Clint Eastwood, c/Tom Hanks, Aaron Eckhart, Laura Linney, 96′.