berberian_sound_studioCrunch. ¡Qué buena idea argumental tenía Berberian Sound Studio! Prometía desde el vamos y despertaba expectativas, sobre todo cinéfilas, porque se paraba en un ángulo distinto para poner bajo el microscopio la alquimia del acto cinematográfico, más precisamente de espaldas a la pantalla, es decir cuando todo lo que queda es el sonido. Creo que más de una vez deberíamos volver a ver algunas películas con la butaca al revés, no es menos absurdo que con los ojos vendados pero sí más cómodo. Pero no estamos ahora acá para proponer divagues.

La película de Peter Strickland –que antes que director fue experto y experimentador en el tema- nos pone en la bizarra odisea de Gilderoy, un ingeniero de sonido inglés que viaja a Italia para la supuesta post producción de un film de equitación o cosa parecida -pero más bien poco- a lo que finalmente será un típico giallo: harta distancia entre lo que ingenuamente venía ideando el apocado y titubeante Gilderoy y la imprescindible contundencia de los cuchillazos, gritos y mazazos varios de un spaghetti slasher. Primera arbitrariedad del guión, el hombre venía bastante mal informado y ese es apenas el tropezón inicial en la constante penumbra del estudio donde tendrá que desarrollar su trabajo. Luego vendrán un productor de humor cambiante que va desde el abrazo bien tano a la furia típicamente peninsular y la agresión desatada, la relación enrarecida con las mujeres que hacen el doblaje (acierto de Strickland el resaltar la dualidad entre la violencia ejercida por el productor con las scream queens que son a la vez víctimas preferidas en cualquier giallo de Fulci, Argento, Bava, Lado, Lenzi y sigue la lista de depravados), y las pesadillas diarias que involucran cada vez más su vulnerable personalidad tanto con la historia de brujería y crimen que aborda el film como con el clima asfixiante que se vive en cada sesión de estudio.

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Slash. Lo que cumple y dignifica en lo formal, Berberian Sound Studio resigna en profundidad con el material abordado: mientras la puesta en escena lo encaja al espectador sin posible salida en el laberinto de consolas, cables, cintas y cabinas de grabación (además de personajes desquiciados) en una clara sugestión de que los creadores de un género tan demencial como el giallo son igualmente sádicos y diabólicos, la espiral descendente de Gilderoy amontona y licúa arbitrariamente –total las pesadillas no requieren explicación más que en el diván- todos los ingredientes con tal de darnos a entender que ya el pobre tipo no sabe si trabaja en un film del lado de afuera o es un personaje más. Es obvio, pero no puedo dejar de mencionarlo: el bueno de John Carpenter, que con En la boca del miedo zarandeó feo a Sam Neill o, más aún, cocinó hasta las tripas a Udo Kier –ese sí que era un canto de amor y miedo al cine- con el siniestro telefilm Cigarette Burns, podría haber aprovechado mejor semejante material border. Encima es fan del horror italiano, cartón lleno.

Splat. Como homenaje cinéfilo, Berberian Sound Studio tira muy apreciables guiños estéticos a la hinchada, al igual que lo hacen las secuencias que muestran la cocina del desmadre del giallo, donde todo el tiempo estamos de espaldas al furor visual de la proyección, y los cráneos destrozados son zapallos y repollos puntillosamente reventados por Gilderoy y sus asistentes. Toby Jones (Los juegos del hambre, Capitán América, Frost/Nixon) al frente de un reparto de desconocidos se lleva todos los laureles como el atribulado sonidista, más por su talento para cargarse un rol incómodo que por su rostro de duende, que ayudó a que muchos encontraran (por si hiciera falta) reminiscencias lyncheanas en la película de Strickland, como se lo hace con casi toda otra que incluya por lo menos una secuencia donde se confunden en forma opresiva la realidad y los sueños.

Berberian Sound Studio (Reino Unido, 2012), de Peter Strickland, c/ Toby Jones, Cósimo Fusco y Susanna Cappellaro, ‘92.