Primero, antes que todo: No soy un fanático a ultranza del cine de Tarantino. Admiro de modo enérgico sus tres primeras películas radicales y distintas a todo lo que estaba sucediendo en el cine mainstream allá por comienzos de los 90. Recuerdo que en el año 95 le pedí enloquecido a mi papá ir a ver Pulp Fiction, película que por estos días cumple 25 años, porque me habían llegado comentarios de que la primera película de Tarantino, Perros de la calle (que si mal no recuerdo no había llegado a los cines comerciales), era algo nuevo de toda novedad. Se decía que su imaginario conjugaba Godard con Kubrick entre mil y unas influencias. A mis 16 años, Uma Thurman bailando a lo Anna Karina con el gordo travieso de Travolta, en una historia alucinada que combinaba policial con existencialismo, que iba y venía en el tiempo y conjugaba citas de una cinefilia excitante, funcionaba como el ingreso perfecto al mundo del cine clásico. En el medio de la proyección, mi viejo -que era un fanático dogmático de Bergman y Kurosawa- empezó a insultar a la pantalla por la velocidad de los diálogos que lo mareaban, y por el contenido soez de las conversaciones. Desde el inicio, entonces, el cine de Tarantino fue para mí velocidad e invención alucinada y a la vez la concepción de un cine distinto en términos de representación estética.

El cine de Tarantino fue una bomba que hizo saltar por los aires al sistema de representación cinéfilo en general. En Pulp Fiction ya estaba ese artilugio a base de cita sobre cita cinéfila, que con el paso del tiempo se transformaría en su sello más distintivo. Tarantino y su mirada como una multiprocesadora en donde la historia del cine tenía una reactualización en cada plano, en cada secuencia, en cada decisión de montaje. Sus películas, desde el comienzo, encarnaron un gesto posmoderno de deconstrucción de un lenguaje y de reformulación del mismo. Lo que lo transformó en un autor trascendente, por fuera de la mera pose cool, es que esa gestualidad encarnaba una mirada profunda sobre la historia del cine, anclada en el amor por los géneros y por figuras icónicas, olvidadas, que en la batidora Tarantino volvían a la vida mejor que nunca.

En sus tres primeras películas –Perros de la calle, Pulp Fiction y la injustamente olvidada Jackie Brown-, además de todas las decisiones de puesta en escena (y de esos guiones en estado de gracia), hay un gesto amoroso hacia los protagonistas últimos de estas historias. Cada uno de esos perdedores radicales hicieron del cine de Tarantino un sistema que derivó en revolución mirando al pasado, nunca como mero gesto nostálgico sino para bucear con ansias de innovar y de pensar al cine como un sistema de signos vital y que siempre mira al futuro. Así como Nirvana representó, en la historia del rock, a la banda que terminaría clausurando un período de la historia de la música contemporánea, el cine de Tarantino fue la clausura y a su vez un reinicio en la historia del cine. Es decir, nadie salió indemne del virus Tarantino y de sus arrebatos y locos estallidos de violencia, violencia gratuita por momentos, y violencia que opera como síntoma de un mundo mucho más amplio, ese mundo social en el que circulan cada una de sus ficciones.

Luego de esta triada inaugural, el cine de Tarantino perdió algo de sustancia. Sus películas siguieron siendo notables desde la faceta técnica (las bandas de sonido son fabulosas pero Tarantino es mucho más que un dj o un musicalizador genial, porque la música en su cine tiene un sentido armónico con el plano y con la puesta en escena,) pero la etapa que se inaugura con Kill Bill y que se cierra con Los 8 más odiados a mí siempre me significó un cine que tiene mucho de cáscara, en donde la perfección de cada plano no representa otra cosa más que el goce propio del triunfo de la técnica o de la estética en detrimento del corazón de la obra.

Este recorrido tiene que ver con que Había una vez… en Hollywood es para mí, sin dudas, la película más conmovedora, emotiva y personal del cine de Tarantino, y la película en donde este conjunto de referencias que todos entendemos como cinefilia es más funcional al relato específico que se desarrolla dejando de lado la función de ser un mero artefacto referencial a cierta historia del cine. Había una vez… en Hollywood narra con el tono épico de la saga del gran Leone (una de las referencias más evidentes y sacras a la hora de pensar la historia de Tarantino dentro del cine) la historia de tres seres puramente cinematográficos que triunfan desde la ficción como artífices de representación y que logran, más allá de esta significación, conmover con pequeños gestos, encarnando una época como si de fantasmas se tratara. La acción transcurre al comienzo de un modo irreal, y todo pareciera ser parte de un sueño, o de una gran fábula (como menciona Victoria Lencina en su nota sobre el film en esta revista) contada por un narrador desconocido, que podría ser el propio Tarantino. Es justamente ese carácter de fábula el que ofrece el tono sobre el que la película se asienta y se fortalece desde ese principio lánguido a ese final operístico, que casi, podríamos pensar, opera como testamento cinematográfico (¿qué filmar después de filmar esta declaración radical y rabiosa de amor al cine?).

Brad Pitt está increíble como Cliff Booth, Leonardo DiCaprio genial como el actor venido a menos Rick Dalton, y Margot Robbie da vida a una maravillosa Sharon Tate; juntos son tres espectros que sobrevuelan en un mundo que pareciera ir a contramano de ellos mismos. Un actor entrando en la más radical decadencia; un perdedor furibundo que vive con su perro y se encuentra sospechado de haber asesinado a su mujer; una joven actriz en ascenso. La excursión de Pitt a la granja de psicóticos, en lo que es un claro homenaje al cine de Román Polanski -principalmente a Repulsión, que para quien escribe estas líneas es la obra maestra del director polaco-, es una escena de una violencia condensada y de una materialidad tan espesa que pone los pelos de punta, con una economía de recursos que hiela la sangre una y otra vez.

Otra escena epifánica e irreal es la entrada de Margot Robbie/Sharon Tate al cine y la relación entre las morisquetas de la actriz en una comedia de enredos protagonizada por el inolvidable Dean Martin y sus expresiones deslumbrantes en la platea. Esa escena representa la madurez del cine de Tarantino, como una mamushka opera como la mejor representación del cine dentro del cine, allí donde vemos a una Sharon Tate imaginaria viendo a la Sharon Tate real, que no es otra cosa que mera representación. Esta lógica de la película dentro de la película también sucede en la escena en la que Rick Dalton/DiCaprio actúa en el film dentro del film. Aquí, el cine de Tarantino cambia de registro transformándose en algo nuevo, algo conmovedor como ese instante al que llega el personaje de DiCaprio al salir de la aparente mediocridad que le depara su carrera, logrando a ojos de una niña realizar lo que será “la mejor actuación de su vida”. Triunfo del cine como mecanismo de representación capaz de irradiar luz allí donde no la hay.

Había una vez… en Hollywood es, por otro lado, la película de Tarantino de las últimas dos décadas (quizás desde las Kill Bill) en donde el tratamiento de la violencia resulta más complejo. Acá la violencia está condensada y va avanzando a medida que se desarrolla el relato, que pareciera estar al caer en la ya mencionada escena en la que Clive Booth/Brad Pitt entra en el reducto de la secta, y que se desencadena de manera furibunda y gloriosa en la escena final en donde Tarantino acelera el ritmo y nos despeina con sus manejos notables del tiempo y de la acción cinematográfica pensada como pura coreografía. Es allí donde aparece el perro de Brad Pitt como el otro gran protagonista del relato. La furia tentacular de ese animal contra los hippies, que representan la alienación en estado puro (y que ofrecen una corrosiva mirada sobre la década de los 60 y lo que fue el movimiento hippie y la naciente cultura joven), se origina en esa declaración de amor de Tarantino al cine. Porque lo que pareciera, en definitiva, decirnos el cine de Tarantino en su obra más crepuscular es que el cine es un lugar mejor que la vida, o que el cine es mejor que la vida pero esto solo puede suceder pensando al cine como materia viva. Viva como sus amadas referencias al spaghetti western, a Pam Grier, al cine de artes marciales, y a todos los retazos de baja y alta cultura cinéfila. En eso, Había una vez… en Hollywood es más Tarantino que ninguna otra película de Tarantino. El final, en el que el cine logra reescribir la historia (la de verdad), como en la aldrichiana Bastardos sin gloria, es el mejor reflejo de su espíritu. Para Tarantino, el cine es lo mejor que tiene la vida para darnos, y viendo Había una vez… en Hollywood pareciera difícil no darle la razón.

Calificación: 9/10

Había una vez… en Hollywood (Once Upon A Time….In Hollywood, Estados Unidos/Gran Bretaña/China, 2019). Guion y dirección: Quentin Tarantino. Fotografía: Robert Richardson. Montaje: Fred Raskin. Elenco: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Emile Hirsch, Margaret Qualley, Dakota Fanning, Bruce Dern, Luke Perry. Timothy Olyphant, Al Pacino. Duración: 161 minutos.