Peter Parker, el mismísimo Spider-Man (Jake Johnson), no se hace el canchero, es canchero. Esto quiere decir que conoce de qué la va, tiene la cancha recorrida, es consciente de sus logros y también de sus malos momentos – como buen canchero, los menciona con gracia autoparódica. Es rubio, de ojos celestes, menemista y acaba de morir.

Pará ¿cómo? ¿rubio? El Hombre-Araña no es rubio. Ah, no, pasa que este Hombre Araña es casi el que conocemos. Casi. Porque resulta que es de otra dimensión.

Vamos de vuelta: a Miles Morales (Shameik Moore) – un pibe de ciudad, afro-latino, querido por todos en el barrio – le gusta pintar graffitis y escuchar a Post Malone y Swae Lee. Tiene el potencial, claro, pero todavía no podemos decir que sea canchero. Digamos que tiene onda, o puede tenerla, pero copado en serio, no, ese es su tío. El que no es policía como su papá, que no le anda diciendo “te quiero” el primer día de clases para que todos lo carguen en ese colegio cheto al que lo obliga a ir, porque sí, sabemos que quiere “lo mejor para él”, pero vamos, no podemos decir que eso no sea meter presión. Y nada que sea forzado puede considerarse canchero, esto es una ley. 

¿Pero qué tiene que ver Miles Morales con la muerte de Peter “Spider-Man rubio” Parker? Bueno, digamos que pudo ayudarlo, no se animó y el Hombre-Araña se murió. Culpa, responsabilidad. Un poco lo que siente con el padre, pero con el tono de tragedia que se necesita para que una araña radioactiva de otra dimensión venga y te pique.

Spider-Man muere para detener a Kingpin, el malo, de destruir el universo queriendo recuperar a su familia (que murió por su culpa, la palabrita que se repite). También, en otro nivel, el Spider-Man rubio y menemista muere porque, seamos honestos, eso ya no es la representación de la juventud. Peter ya no es el chico urbano que te representa; Miles multiracial, lleno de dudas y presionado por los padres y la sociedad multiracial, que habla inglés y español alternados, que es una minoría, ese es el chico promedio hoy, él es -potencialmente- Spider-Man. Pero él mismo no puede hacerse cargo de eso aún. Mucho menos de creerlo.

Y de pronto, una lluvia de Hombres (y Mujeres) Araña, de distintas dimensiones quieren ayudarlo a que lo entienda. Y, claro, también quieren detener a Kingpin (Liev Schreiber) de un segundo y último intento. Pero la trama es lo de menos. Esta es una película de tono y ritmo, de imágenes. Abstracciones y colores, perfectamente equilibradas, difíciles de procesar al comienzo. Porque estos no son los muñequitos hiperrealistas estilizados de Pixar, este es un 2D arriba de un 3D que usa puntitos y cuadros de historieta y le faltan frames entre los movimientos y donde el fuera de foco es más una superposición de colores de historieta mal impresa que otra cosa.

El punto es que no controlamos la pelota. Como a Miles, nos falta cancha. Y a medida que la cosa avanza, cuando las dimensiones converjan todas juntas, en medio de una psicodelia multicolor, milagrosamente (por obra y gracia de Phil Miller y Christopher Lord) no nos vamos a perder. La película ya no se va a hacer la canchera, va a ser canchera. No nos va a hacer ruido ni el Chancho-Araña (John Mulaney) que es prácticamente un dibujito de la Warner, ni el fondo de colores. Todo se va a entender bien, porque Lord y Miller traen la estética a la historia, destruyen la trama y la mandan a otra dimensión. Solo queda Miles y su salto de fe. Peter B. Parker (un Spidey viejo, divorciado, gordo y cansado) es la única imagen -como eco- que queda de Peter, el “verdadero”, el que se fue con Disney y los Avengers. Que se lo queden, porque Sony Animation (¿Los de la película de los Emoji, posta?) con Lorde y Miller nos muestran que el personaje es más que quien use la máscara: Spider-Man es, ante todo, un símbolo.

Esa culpa, devenida en responsabilidad, ese hacer lo que hay que hacer aunque todo esté mal alrededor, aunque se sea un incomprendido con máscara y telarañas, eso es la esencia del personaje. Cualquiera puede estar debajo de la máscara, cualquiera puede ser el Hombre-Araña. Incluso Miles, incluso vos. En este punto Lord y Miller alcanzan el aspecto arquetípico del personaje: La araña que soporta diez veces su peso, a nivel emocional también, porque es la araña-persona, y no es una, hay muchísimas en cada punta de la telaraña, esa es la spider-people.

Por eso las distintas estéticas (el comic, el animé, el noir, el cartoon, etc.) conviven y chocan y explotan, no solo como un recurso para graficar las múltiples dimensiones que convergen, sino para expresar, con imágenes de alto impacto, diferentes personalidades, diferentes individuos, que conviven, que pelean juntos una lucha de todos los días.

Miles quería ser canchero, como su tío, o como Spider-Man. Pero aprendió que ser canchero no es vivir sin que nada importe (o trabajar para un súper villano, para el caso). Ser canchero es entender -de a poco, con tiempo- quién sos y sentirte bien con vos mismo, tus habilidades y limitaciones, abrazar la responsabilidad sin culpa (al menos intentarlo), hacerse cargo de lo que uno deba cuidar, los vínculos, las personas, tu ciudad. Llevar la máscara es tener un talismán para relajarte de esa presión, es liberarte de la culpa y la obligación, es no victimizarse ni culpar a otros. Es, también, saberse acompañado aunque luches solo: Cuando Miles se pone el traje no se vuelve Hombre-Araña, que otros Hombres-Araña lo presionen a serlo tampoco. Solo al saberse Hombre-Araña, al dar ese salto de fe, es que se vuelve tremendamente canchero.

Spider-Man: Un nuevo universo (Spider-Man: Into the Spider-Verse, Estados Unidos, 2018). Dirección: Bob Persichetti, Peter Ramsey y Rodney Rothman. Elenco: Shamek Moore, Jake Johnson, Hailee Steinfeld, Nicolas Cage. Duración 117 minutos.