Tesis sobre un homicidio transcurre durante buena parte de su metraje en el espacio físico de los tribunales (ámbito curiosamente igualado al Malba y a casi todo paraje capitalino por la deslucida chatura cromática carente de toda temperatura más o menos estimulante) y simbólico de la justicia, como El secreto de sus ojos, también con Ricardo Darín, pero no tiene la pátina lumínica dorada de esta, ni secundarios desplazados atractiva y eficazmente como Francella y Gioia, ni un grado de idealización tal sobre la mujer que la vuelva folletinesca, ni menciones más o menos concretas a la historia argentina que trasciendan el marco de la ficción y nos permitan discutir con lo real extra cinematográfico o con la realidad de la mirada del director, aún sin entidad. Se me ocurre que una forma de definirla sería decir que es El secreto de sus ojos lavada. La única virtud de esta condición sería, si tal fuera su naturaleza, que no plantea ningún tipo de falsa creencia, pero cuando el escepticismo conceptual está acompañado de inanidad estético anímica, el espectador pierde como en la guerra. Ya lo dijo Delon en una de Melville: ‘nos volvimos escépticos, sobre todo en cuanto al escepticismo’, y por eso las películas del director de Un flic tenían una puesta en escena lúdica, pese a tanto automatismo existencial y pesimismo, que incluía color, precisión narrativa y un materialismo abstracto excitante, suma de evidencias amorosas de la relación con el cine, que aquí parece darse menos que con la televisión. Pero ¿cómo llegué a Melville desde Tesis sobre un homicidio? Creo que a través del descreimiento, acaso único punto fuerte de la película de Goldfrid, que termina con un plano en que hasta la dimensión religiosa como fuente de sentido posible se cruza con cierta gastada cinefilia cainita, tratando al menos de construir algo sólido. Nunca lo consigue este thrillerpsicológico (la inestabilidad perceptiva lo marca, aunque también adolece de falta de rigor en el punto de vista) al que le vendría bien un poco más de perversión (siempre y cuando encontrara los actores que pudieran imponerla sin esfuerzo) y le sobra la obsesión superficial de Darín, que sólo se asomó al abismo sombrío de la metafísica cuando Bielinsky le dio el marco adecuado en El aura.

A los protagonistas les sobra una mujer o, lisa y llanamente, las mujeres, sea quien sea el que haya asesinado a la víctima circunstancial de esta película en la que el crimen no se esclarece porque lo que interesan son los motivos. Ya sabemos que la pregunta sobre estos últimos es la que nunca tiene respuesta, y en ese sentido la posta la tiene Villazán, personaje lateral que la puesta en escena hace callar sagazmente en una de las contadas ocasiones en que lo que vemos no resulta obvio o, peor aún, representado sin gracia. Lo obvio nos gusta y vamos a ver películas policiales y de otros géneros porque nos dan un marco previsible con reglas más o menos claras. Debajo de toda investigación criminal propuesta por ellas acecha el posible establecimiento de la verdad que nos haga sentir seguros, menos solos, definitivamente satisfechos. El problema radica en este último adverbio, ya que el precio a pagar por cualquier certeza o propósito es el fin.
Todas estas cuestiones subyacen a la película, pero su densidad no consigue instalarse en medio de diálogos que son demasiado rápidos al modo clásico pero plásticos, o demasiado lentos, suenan huecos en algunos actores, mecánicos en otros, casi siempre insustanciales. Entonces sólo queda la dimensión un poco deportiva de saber quién cometió el crimen, al modo del whodunit. En vista de las ambiciones ontológicas, también será defraudada esa expectativa, pero ya sabemos que lo que importa es el transcurso y no el resultado, a menos que el espectador sea un cinéfilo bilardista, en cuyo caso contará con el beneficio de no distraerse con el sexo. Como les pasa a los personajes, por otra parte, que lo practican con interés tan poco genuino como el de la cámara al filmarlos. Fuerza bruta es el nombre de la compañía circense-teatral-performática cuya actuación favorece el clímax dramático final, pero nada dice del pulso estable y el acabado prolijo de esta ficción desalmada.