Gregory Peck es el pistolero del título, anunciado como más rápido y letal que Wyatt Earp o Billy The Kid al principio de la película, que erige una leyenda para mejor socavarla. Porque Rango ya está harto de no tener patria, paz ni sosiego, y se le nota. Vale decir, creció. Se ha dado cuenta de que esa misma potestad absoluta que le permitiera disponer de vidas ajenas acabó haciendo a la suya prisionera de la errancia. Y vuelve, si no a la casita de los viejos, al pueblo en el que vive la mujer que hace ocho años dio a luz un hijo al que no ha visto nunca. Una buena para Rango: el sheriff es un viejo compañero suyo de malandanzas que se retiró a tiempo. Se sabe, la ley puede ser un absoluto, pero quienes la encarnan son humanos. Y la humanizan, por suerte. Así que no hay violencia en la recepción, aunque sí liga de moral y puritanas fruncidas haciendo lobby, lo que se presta a una de las secuencias más serenamente subversivas del orden establecido que se hayan filmado jamás. Pero el problema, para el cansado Rango, es que su viejo amor, ahora maestra de escuela, ya no quiere verlo. Y así se lo dice ella al sheriff, mensajero entre ambos. Claro que todo habrá de complicarse, comenzando por los pibes que se ratean del colegio cuando se enteran que el pistolero cuyas mentas idolatran hace tiempo en el salón principal del pueblo, y siguiendo con un adolescente que se sale de la vaina por desafiarlo para hacerse hombre antes de lo conveniente, y tres recién llegados con ánimo de venganza. La película de King se concentra espacial y temporalmente durante las pocas horas matutinas de espera en la taberna, hasta un sólido final sin estridencias, tan seco como la banda sonora sin canciones que se atiene al sonido ambiente y no permite fuga afectiva convencional alguna. El final incluye una maldición que es bíblica no en el sentido mítico sino ético del término.